Carta Circular

La ciencia de la Cruz y la comunicación del Espíritu Santo

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Imitación de la muerte de Cristo

En verdad, es importante aprender a vivir bien; pero es igualmente importante aprender a morir bien. San Pablo testimonia: «pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1,21). De hecho, Jesús une de manera inseparable ambos aspectos, pues para vivir como Él vivió, debemos tomar diariamente la cruz sobre nosotros y negarnos a nosotros mismos (Lc 9, 23-24). Quien pretenda ganar su vida, la perderá, y quien la pierda, ganará la vida eterna (Jn 12, 25).

Cristo nos habría podido redimir con una sola de Sus acciones durante Su vida terrena, pues cada una de ellas poseía un mérito perfecto e infinito. Sin embargo, Él prefirió redimirnos mediante Su muerte en la Cruz, pues con ella quería superar la muerte del hombre y podía manifestar la plenitud de Su amor. Conmovido por esto Pablo expresó: «Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (1 Co 5, 1-15).

Nuestra participación en la muerte y resurrección de Cristo, es decir, de Su gracia, nos es comunicada mediante el bautismo: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 3-4; CIC 1227).

El bautismo es la fuente de gracias de la que brota toda la vida en Cristo (Ef 5, 21; 1 Cor 16, 15 ss). Es el sacramento de la fe, en cuya luz reconocemos a Cristo (Mc 16, 16). En la carta a los Hebreos se le denomina incluso «iluminación» (Hb 10, 32; CIC 1216). Con todo, constituye apenas el comienzo del conocimiento de Cristo por la fe, por eso «en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del bautismo» (CIC 1254).

El Espíritu Santo, con sus siete dones, es quien nos asiste en el anhelo por profundizar en el conocimiento de Cristo, a fin de que Cristo more en nuestros corazones por la fe y podamos ser capaces, mediante el amor, de alcanzar el conocimiento pleno de Cristo y ser colmados con la plenitud de Dios (Ef 3, 16-20).

Conocimiento de la eficacia de la muerte y resurrección de Cristo

En el conocimiento, por la gracia, del Señor crucificado yace la perfección del don de ciencia. San Pablo testimonia: «juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas para ganar a Cristo, y ser hallado en Él.., y conocerle a Él, el poder de Su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en Su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 8.9a.10-11).

Desde un punto de vista histórico, la muerte y la resurrección de Cristo constituyeron también la condición para el pleno envío salvador del Espíritu Santo. ¿No dijo Jesús en la última cena: «porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito»? (Jn 16, 7). A este respecto, el papa Juan Pablo II anota: «El Espíritu Santo vendrá cuando Cristo se haya ido por medio de la muerte en la cruz; vendrá no sólo después, sino como causa de la redención realizada por Cristo, por voluntad y obra del Padre» (Encíclica sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo, Dominum et Vivificantem = DV, 8). «Cristo, describiendo su «partida» como condición de la venida del Paráclito, une el nuevo inicio de la comunicación salvífica de Dios por el Espíritu Santo con el misterio de la Redención» (Enc. DV, 13, cfr. 14, 61).

¿Por qué, pues, la muerte y la resurrección de Cristo constituyen el medio apropiado para alcanzar este máximo don del Espíritu Santo? Dicho brevemente: porque sólo podremos participar de la vida de Dios en la medida en que estemos dispuestos a ello y nos configuremos a semejanza de Él. Paradójicamente, la cruz es causa de la configuración a la vida de Dios, que no es otra cosa que la entrega infinita, pues «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). En esto radica la vida de la Trinidad, en la cual participamos por la gracia. Un amor así es más fuerte que la muerte. En este sentido, el misterio de la Cruz -más allá de la infinita propiciación por nuestros pecados- constituye un misterio, según el cual hemos de ser configurados a fin de saborear su fruto de vida eterna.

Nuestra muerte como sacrificio de entrega amorosa

El destino de todo hombre es morir y volver a resucitar. El misterio de la muerte y resurrección de Cristo obrará la resurrección de todos los hombres al fin del mundo. Sólo quienes hayan muerto en la gracia de Cristo, resucitarán gloriosos. Al igual que Cristo, los hijos de Dios están llamados a hacer de su muerte una ofrenda de entrega amorosa. En esto radica la ciencia de la muerte en Cristo. No puede haber, sin embargo, sacrificio sin ofrenda.

La muerte como sacrificio sólo es posible con el fuego del amor. En cualquier forma de holocausto o inmolación una vida es tomada, algo palpable es consumido por el fuego terreno como señal externa de la entrega total a Dios. El santo Padre, refiriéndose a Cristo, escribe: «El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio, que se ofrece en la Cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la Cruz es un acto propio de Cristo, también Él «recibe» en este sacrificio, al Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después -él solo con Dios Padre- puede «darlo» a los apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad» (DV, 41). 

La verdadera esencia del amor

Por esencia, el amor verdadero siempre se entrega a sí mismo al amado como don. En el amor sobrenatural el alma hace a su divino Amado una perfecta entrega de sí mismo y comienza a vivir con mayor profundidad en Él. Una entrega así constituye el núcleo del amor. La muerte de Cristo, querida por el Padre y anhelada por el Hijo, es la imagen perfecta para el perfecto amor divino. No hemos sido llamados sólo a imitar este misterio, sino a participar de él mediante nuestra unión espiritual con Cristo. El mutuo amor en Dios es el fundamento de donde procede el Espíritu Santo, y también en Él somos amados. El santo Padre nos enseña: «Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios «existe» como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor (Enc. DV, 10).

Cristo se hizo -como nosotros- un hombre mortal, para que pudiésemos, mediante la muerte y por virtud de su muerte, participar de Su filiación divina y de Su gloria. Una muerte santa por amor es más que un acto pasajero: es un estado de permanente entrega que continúa viviendo en el amado y que brilla eternamente en el cielo como un estado glorioso.

La cruz y las pruebas a la luz de Dios

Con mucha frecuencia quedamos apegados a una idea bastante estática de perfección y la llegamos a comparar con un estado de reposo. Tanto es así, que hasta cierto punto veamos las pruebas, cruces y sacrificios como cargas que hay que llevar tras de sí. Sólo muy pocos ven las cruces y las pruebas desde el lado de la gloria como un misterio de la transformación en Cristo, como una escala que conduce al cielo. ¿Acaso no se dice en la Obra de los Santos Ángeles: «¡Las pruebas son una gracia!»? La perfección en la vida espiritual no constituye un estado de inactividad; es, más bien, el máximo estado de una actividad plenamente abarcadora, un estado del más perfecto acto de dar y recibir en amor, para el cual somos instruidos a través de la cruz en las pruebas. ¡La muerte, entonces, es la puerta que conduce a la vida!

Cristo nos asegura: «No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Ap 1, 17). En esta misma perspectiva, san Pablo nos exhorta: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con Él» (Col 3, 4).

El carácter revelador de las llagas de Cristo

Cuando en el Apocalipsis Juan ve el cordero, exclama lleno de admiración: «Entonces vi… un Cordero, como degollado» (Ap 5,6). En la liturgia de la Misa, la Iglesia da testimonio de este misterio con las siguientes palabras: «Qui immolatus iam non moritur, sed semper vivit occisus!»: «¡Pues una vez inmolado, ya no muere más, sino que vive para siempre como el cordero que fue degollado!» (Prefacio de Pascua III). A modo de interpretación podemos decir: «Él, que se inmoló, ya no muere más, sino que vive permanentemente este acto de amor inmolado!»

Testimonio de esto son las llagas gloriosas de Cristo, razón por la que las conserva para siempre en la gloria. No se trata, sin embargo, de que sólo contemplemos y veneremos las llagas de Cristo, dignas de adoración, sino de que las veamos y comprendamos como una revelación de la vida trinitaria. Si no logramos comprender el carácter de revelación de la pasión y de las llagas de Cristo, jamás llegaremos a imitarlo perfectamente en Su amor. La perfecta imitación de Cristo supone que hayamos comprendido Sus sentimientos y Su estado interior, tal como nos encarece san Pablo: «Lo que importa es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. […] Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 1, 27; 2, 5), es decir, los sentimientos de humildad y de amor hacia el Padre en su voluntad a la Cruz. En otro pasaje recalca que tenemos el espíritu de Cristo, si participamos de su Espíritu (1 Co 2, 10 ss. 16).

En el espíritu de amor y con el don de ciencia comenzamos a comprender el significado pleno de la muerte de Cristo. Sus llagas transfiguradas son más que una mera prueba de Su pasión, son más que una mera dicha para Su humanidad gloriosa. Las llagas de Cristo son señales y revelación de quién es Cristo, de quién es el Hijo en la Santísima Trinidad.

La unión hipostática, después de la Santísima Trinidad, constituye el misterio más grande que existe. Es, al mismo tiempo, el mayor prodigio que pudo haber realizado Dios. Pero fue desplegado: el Dios-hombre quiso morir y resucitar de entre los muertos; quiso también elevar el pan y el vino transformándolos en Sí mismo, a fin de que al recibir las sagradas especies, pudiésemos ser incorporados en Su Cuerpo que es la Iglesia. La pasión del Señor, el Santísimo Sacramento, la Iglesia constituyen más desvelamientos de aquello que está a la vez oculto y revelado en el objetivo de la Encarnación, es decir, «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10).

»La presencia eucarística de Cristo, su sacramental «estoy con vosotros», permite a la Iglesia descubrir cada vez más profundamente su propio misterio, como atestigua toda la eclesiología del Concilio Vaticano II, para el cual «la Iglesia es en Cristo un sacramento, o sea signo o instrumento de la unión íntima con Dios y de unidad de todo el género humano» (Lumen Gentium 1). Como sacramento, la Iglesia se desarrolla desde el misterio pascual de la «partida» de Cristo, viviendo de su «venida» siempre nueva por obra del Espíritu Santo, dentro de la misma misión del Paráclito-Espíritu de la verdad. Este es precisamente el misterio esencial de la Iglesia como proclama el Concilio (Enc. DV, 63).

La humanidad de Cristo como Revelación de Dios

La vida de Cristo y, más aún, el Misterio pascual, es como un drama, que nos permite arrojar una mirada a la vida trascendente de la Trinidad, pues todo lo que Cristo hace, lo hace Dios, teniendo en cuenta que Cristo es el Hijo único del Padre. De esta manera se manifiestan las perfecciones de la Divinidad eterna. Así pues, lo que Cristo hace en el tiempo y como hombre, revela algo de lo que el Hijo es en la eternidad.

La palabra ‘persona’, proviene del término latino ‘persona’ y designa la máscara que era utilizada por los actores en los antiguos dramas para representar el carácter típico de un personaje determinado. Igualmente, aunque de una manera incomparablemente más elevada, la humanidad de Cristo representa la segunda persona divina de la Santísima Trinidad y la revela, al revelar a Dios de una manera tan única. Además, por razón de la Unión hipostática no sólo se hace visible el Hijo (aunque sólo asume una naturaleza humana), sino que el rostro humano de Cristo desvela también quién es el Padre, pues Cristo, el Hijo, es el «resplandor de su gloria [del Padre] e impronta de su sustancia» (Hb 1, 3). El Hijo sólo puede ser reconocido como Hijo en relación con el Padre: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9).

 

La distancia entre las dos naturalezas de Cristo es ciertamente infinita; sin embargo, están unidas en la Persona divina. Por eso, no se trata sólo de una simple analogía del ser, sino de la misma y única Persona, que actúa en sus dos naturalezas, la divina y la humana.

La doble revelación y la cruz de Cristo

El punto culminante de la vida de Cristo es Su pasión, Su muerte y Su resurrección. Cristo mismo la llama Su elevación, Su ser-levantado, con todas las posibilidades de belleza y de paradoja que ello implica. Es el acto por excelencia del Hijo de Dios en la carne y por eso un momento decisivo, no sólo en la obra de la redención, sino también de la revelación de Dios.

1. Relación con el Padre desde su condición de Hijo

La Cruz de Cristo es la máxima revelación de Dios; constituye, en un doble sentido, el punto culminante de la revelación del Hijo.

En primer lugar, revela plenamente Su relación personal de Hijo con Su Padre, pues en la Cruz, Cristo puso a prueba Su amor al Padre y su obediencia al Padre: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo [.] esa es la orden que he recibido de mi Padre (Jn 10, 17-18). Su obediencia constituye un acto de puro amor: «Pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).

Un texto catequético aclara: «Teniendo en cuenta este trasfondo [de la obediencia de Cristo] el misterio de la Cruz (theologia crucis) adquiere un significado ejemplar. En primer lugar, debido a allí se manifiesta la Paternidad de Dios. Aun cuando entrega a Su Hijo a la muerte, no se muestra como un Dios inconmovible e indiferente hacia los hombres, sino como Dios de bondad y de amor (El Espíritu de Dios en el mundo, publicación de la Comisión teológico-histórica para el año jubilar 2000, pág., 18).

2. Comunión del Hijo con el Padre en el soplo del Espíritu Santo

En segundo lugar, la Cruz no constituye solamente el punto culminante de la misión de Cristo, enviado por el Padre como Hijo; es, también, el comienzo del regreso del Hijo al Padre, con el cual es uno en la espiración del Espíritu Santo. En su muerte, revela la comunión con el Padre en el Espíritu Santo, originando así la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia: «Si alguno tiene sed, venga a Mí, y beba el que crea en Mí», como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 37-39).

En la Santísima Trinidad el engendramiento del Hijo no lo excluye del seno del Padre: los dos son absolutamente uno en esencia. Todo lo que el Padre posee es también del Hijo; por eso Su engendramiento del Padre constituye el fundamento para que el Espíritu Santo proceda de ambos, desde toda la eternidad, como de un solo principio y por una sola espiración (CIC 246). Todo lo que está en Dios es eterno; de ahí que también las divinas procedencias en Dios sean eternas y no secuenciales. Dicho de una manera espacio temporal podría expresarse de la siguiente manera: así como el Hijo es engendrado y procede del Padre, así también regresa Él al Padre en un abrazo de amor, que es la espiración del Espíritu Santo.

La Comisión Teológica para el Jubileo del año 2000 expresaba: «El misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús es el punto culminante de la revelación de la divina misericordia; es el don del Hijo a la misericordia del Padre en amorosa unidad por el Espíritu Santo. Es por amor que el Padre envía al Hijo al mundo; por amor, se entrega Cristo al Padre para salvar a la humanidad pecadora [.] Por amor, Cristo resucitado envía el Espíritu Santo a Su Iglesia: ‘¡Recibid el Espíritu Santo!’ (Jn 20, 22)» (Dios, Padre misericordioso, publicado por la Comisión teológico-histórica para el año jubilar 2000, pág. 64).

El Padre extendió Sus manos sobre el Hijo y lo ungió en el Espíritu (al momento de Su encarnación, de Su bautismo y de Su transfiguración), y el Hijo extendió Sus brazos en la Cruz para abrazar al Padre en el Espíritu en un amor nunca antes conocido en el mundo. Cristo es glorificado cuando vuelve al Padre, pues su regreso anuncia que es uno con el Padre y es, con Él, el origen del Espíritu Santo.

 

La comunicación del Espíritu a los hombres

Al morir, Jesús entregó Su espíritu (Jn 19, 30). «Históricamente, esta expresión significa que Jesús, al morir, devuelve al Padre el aliento de vida, que había recibido de Él; pero desde un punto de vista teológico, ello alude también al don del Espíritu concedido a los fieles [.] Este Espíritu, que Él mismo ha recibido del Padre, es dado por Jesús a los fieles en el momento de su muerte redentora» (El Espíritu de Dios en el mundo, pág. 59).

En la Cruz, Cristo también extendió Sus brazos hacia nosotros con amor y anheló que fuésemos acogidos en esa unión con Él y el Padre en el Espíritu Santo. Como el Padre ama a Cristo, así también Cristo nos amó en el Espíritu. De ahí que Cristo, en la pascua, espire el Espíritu sobre los Apóstoles como primicias de la Cruz -imagen y revelación de Su amor hacia el Padre. «Dicho brevemente, el fin último de la Encarnación -junto a la glorificación del Padre- consiste en la comunicación del Espíritu Santo a los hombres: ‘Cristo nos rescató de la maldición de la ley [.] a fin de que [por Él] y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa’ (Ga 3, 13-14). Este planteamiento es retomado por san Atanasio, quien declara lapidariamente: ‘El Logos asumió la carne, para que pudiésemos recibir el Espíritu Santo; Dios se hizo portador de la carne, para que el hombre pudiese ser portador del Espíritu’ (Sobre la Encarnación del Logos, 8). También Simeón, el neoteólogo, expresa: ‘El fin y la meta de toda la obra realizada por Cristo para nuestra salvación fue que los creyentes habrían de recibir el Espíritu Santo’ (Catequesis, VI)» (El Espíritu de Dios en el mundo, pág. 61).

El Espíritu Santo, precioso perfume de nardo de la santificación

Esta verdad sobre la comunicación del Espíritu Santo por la Cruz de Cristo está, para nosotros, contenida en el suceso alegórico de la unción de Cristo con el precioso aceite de nardo: «Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos [.] Vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramo sobre Su cabeza» (Mc 14, 1.3). Algunos protestaron por el aparente desperdicio, pero Jesús los reprendió, diciendo: «Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en Mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a Mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo par la sepultura. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya» (Mc 14, 6-9).

¿Por qué el Señor puso en el centro y para todos los tiempos este gesto de aquella mujer? Evidentemente, su atento gesto consoló al Señor, quien relacionó inmediatamente tal acto con su próxima pasión y muerte. Pero esta unción es recordada a causa de su vínculo con el Espíritu Santo. «Jesús es Cristo, «ungido», porque el Espíritu es Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (cf Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: Él les comunica su Gloria (cf Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (CIC, 690).

El frasco de alabastro es una imagen de Cristo hombre, del Ungido. Como es sabido, el alabastro es una clase de yeso transparente, a través del cual -dicho alegóricamente- brilla, en cierta medida, la Luz y la Promesa del Espíritu Santo, que se encuentra aún sellado en la humanidad de Cristo. El precioso perfume de nardo representa al Espíritu Santo. Durante la vida oculta y pública de Jesús, el Espíritu Santo es, hasta cierto punto, el don personal del Padre para Jesús, el cual aún no podía ser derramado sobre los Apóstoles. «El Nuevo Testamento destaca dos aspectos esenciales de la relación entre el Espíritu y Cristo: Cristo recibe el Espíritu antes de los acontecimientos pascuales; luego de su muerte y de su resurrección, es Jesús mismo quien da el Espíritu» (El Espíritu de Dios en el mundo, pág. 57).

Normalmente, uno abriría un frasco de alabastro para derramar el precioso perfume de nardo. Aquí, sin embargo, María rompe el frasco, anuncio profético del quebrantamiento de Jesús en la muerte. Según el plan de Dios, el Espíritu Santo (el perfume de nardo) sólo podría ser derramado con la ruptura del frasco (del cuerpo de Cristo). «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrará así en su gloria?» (Lc 24, 26).

Juan agrega un detalle significativo: «Y la casa se llenó del olor del perfume» (Jn 12, 3 ss). Inicialmente, el olor estaba sellado en el frasco, en el cuerpo de Cristo, pero cuando el frasco de Su cuerpo fue roto en la muerte, la unción del Espíritu Santo llenó todo el recinto, es decir, la Iglesia, Su Cuerpo místico. De ahí que el Señor manifieste: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).

 

Efectos para nuestra vida

El envío, en Pentecostés, del Espíritu Santo mediante el fuego y un viento fuerte (Hch 2,2-) está acompañado también -dicho bíblica y teológicamente- por un correspondiente envío de los santos Ángeles. «Y de los ángeles dice: El que hace a Sus ángeles vientos [espíritus], y a sus servidores llamas de fuego» (Hb1, 7). Hemos visto que el derramamiento del Espíritu es un efecto de la partida y regreso de Cristo al Padre a través de Su muerte en la Cruz. ¡Que estarealidad sea para nosotros, en la Obra de los santos ángeles, luz y estímulo, para que a través de nuestro recuerdo semanal de Su pasión nos hagamos más receptivos para el derramamiento de Su Espíritu en nuestros corazones y nos unamos aún más con los santos ángeles y obremos conjuntamente con ellos!

Oración