Sección 2 Adoración: El camino hacia la santidad

Hemos discutido cómo la adoración es la forma más alta de reverencia, gloria y honor debido a Dios. Pero ahora tenemos que ver cómo la adoración es también un medio para que el hombre se vuelva santo como Dios es santo. Hemos mencionado que el concepto de santidad contiene tres elementos básicos: 1) pureza; 2) firmeza y estabilidad; 3) integridad y bienestar. La adoración proporciona la manera perfecta para que los hombres crezcan en estas cualidades de santidad.

 “Busquen la paz con todos los hombres y la santidad: sin la cual nadie verá a Dios” (Heb 12,14)

La pureza ritual que fue prescrita en el Antiguo Testamento, con respecto al lavado del cuerpo, y qué alimentos comer y cosas tales como el contacto con los cadáveres y otras cosas “impuras” y llagas en la piel fue una prefigura de La verdadera pureza espiritual que Cristo vino a ofrecer a los hombres. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.”(Ef. 5, 25-27). San Pablo menciona la promesa y su cumplimiento en Cristo: “como Dios dijo: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros un Padre, y vosotros seréis para Mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.  Teniendo, pues, amados, tales promesas, purifiquémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, santificándonos cada vez más, con un santo temor de Dios” (2Cor 6, 16-18; 7,1).

Entrar en la presencia de Dios con el propósito de ofrecer adoración es en sí mismo una experiencia purificadora. El profeta Malaquías predijo: “He aquí que envío a mi Ángel que preparará el camino delante de Mí. Y de repente vendrá a su Templo el Señor a quien buscáis, y el Ángel de la Alianza a quien deseáis. He aquí que viene, dice el Señor de los ejércitos. ¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Y quién podrá mantenerse en pie cuando Él aparezca?. Pues será como fuego de fundidor y como lejía de lavanderos. Y Él se sentará para acrisolar y limpiar la plata; purificará a los hijos de Leví, y los limpiará como el oro y la plata, para que ofrezcan al Señor sacrificios en justicia.” (Mal. 3, 1-3).

La Carta a los hebreos indica que esto se aplica a la adoración ofrecida a Dios en el Nuevo Testamento cuando dice: “Así, habiendo recibido la posesión de un reino inconmovible, tengamos gratitud por la cual ofrezcamos a Dios adoración agradable, con reverencia y temor. Porque nuestro Dios es un fuego devorador” (Heb 12, 28-29). El profeta Isaías plantea la pregunta y la responde: “Aterrados están los pecadores en Sion, el temblor se ha apoderado de los impíos. ¿Quién de nosotros podrá habitar en el fuego devorador? ¿Quién de nosotros podrá habitar en las llamas eternas?  Aquél que anda en justicia y habla con sinceridad, el que rehúsa la ganancia injusta, y se sacude las manos para no aceptar soborno; el que tapa sus oídos para no oír proyectos sanguinarios, y cierra sus ojos para no ver el mal; éste morará en las alturas, su refugio serán las rocas fortificadas; se le dará su pan, y no le faltará su agua.  Tus ojos contemplarán al Rey en su belleza, verán una tierra muy lejana.” (Isaías 33, 14-17).

La adoración debe consistir en nuestra verticalidad en la presencia de Dios, despojados de toda falsa pretensión, abandonando toda justificación que provenga de nosotros mismos, dejando de lado toda aparente seguridad que provenga del mundo. El alma debe estar desnuda ante Dios, en el reconocimiento de su soberanía absoluta y nuestra dependencia absoluta. De esta manera, la adoración nos dispone y nos expone al amor purificador de Dios. 

Al igual que cuando el oro y la plata se refinan en un horno, todo  desecho e impureza salen a la superficie para que pueda eliminarse, así mismo sucede en la adoración. Cuando estamos realmente en silencio ante el Señor, a menudo nos encontraremos con gran cantidad de pensamientos y deseos sin valor, absurdos, profanos y banales. Estos son pensamientos que, fuera de la adoración, no dudaríamos en entretener, pero dentro del adecuado contexto de la adoración, su sinsentido y frivolidad se desenmascaran. Nuestra vocación de acercarnos al Dios santísimo y de ofrecerle adoración debería ayudarnos a poner todas las cosas en su adecuada perspectiva. De esta manera, podemos deshacernos de las muchas impurezas que se nos adhieren, que recolectamos durante todo el día, como el polvo del camino que se pega a nuestros pies. Esto se refiere no solo a las cosas que son pecaminosas, sino también a las cosas que no tienen valor ante el Rostro de Dios.

De esta manera, la adoración es una preparación para el cielo, donde esperamos escuchar a los ángeles cantar: “Alegrémonos, exultemos y demos gloria a Dios, porque la fiesta de bodas del Cordero ha llegado y su Esposa se ha preparado; y la han vestido de lino fino, espléndido y limpio” (Apocalipsis 19, 7-8). La adoración proporciona el camino para entrar en la Jerusalén celestial donde “nada impuro podrá entrar en ella” (Apoc 21,27).

“Dios es mi roca, mi fortaleza, en él me mantengo firme” (2 Sam 22, 2-3)

Como hemos visto, el segundo elemento de la santidad, es la cualidad de la firmeza y la estabilidad. Si un individuo no lucha por la santidad, está construyendo su casa sobre arena. El mundo está cambiando como la arena, pasará como un sueño. El hombre santo construye su casa en Dios, la Roca. “El camino de Dios es perfecto; la palabra del Señor es intachable. Escudo es Dios para los que en él se refugian. ¿Pues quién es Dios, sino el Señor? ¿Quién es la roca, sino nuestro Dios? Es él quien me arma de valor y endereza mi camino” (2 Sam 22, 31-33).

La adoración es una manera de establecer a Dios como la base firme de todo lo que hacemos en la vida. La adoración consiste en la sumisión de todas las cosas a Dios. Vivir en el espíritu de la adoración continua significa someterse continuamente, someter  nuestros pensamientos, deseos, esperanzas, planes y todas nuestras posesiones y valores a Dios. Debemos construir todo sobre él, nuestra Roca, y en él está nuestra fortaleza segura contra la tormenta. Como dijimos antes, las cosas que parecen ser una distracción deberían convertirse en nuestra oración. Es decir, si son dignas de consideración, entonces debemos elevarlas a Dios y someterlas a su juicio y designo. Cuando vivimos en este espíritu de adoración, podemos decir con confianza como San Pablo: “Tengo la certeza de que [nada] en toda la creación nos separará jamás del amor de Dios” (Rom 8, 38-39). Pues todas nuestras ocupaciones serán elevadas en un sacrificio de alabanza interminable a Dios.

Yo soy el Señor tu Dios; consagraos, pues, y sed santos, porque Yo soy santo” (Lev 11,44)

El elemento final de la santidad es el de la integridad. Se espera que las criaturas que están llamadas a compartir la santidad de Dios, posean “integridad”. En el Antiguo Testamento, esto se vio en la “completitud” necesaria de las ofrendas hechas a Dios. Estas debían ser sin mancha, sin defecto (Lev 4,28). De la misma forma, el sacerdote que debía servir en el altar, también tenía que estar libre de defecto físico (Lev 21,21). Estas reglas son vistas como figuras de la perfección espiritual y moral de los santos de Dios. Porque Cristo ha venido para limpiar su Iglesia para que sea “santa y sin mancha” (Ef. 5,27). 

Cristo dijo una vez: “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos.” (Mt 9,12). Cristo es el médico divino que ha venido a hacernos completos al darnos su totalidad: “De su plenitud, todos hemos recibido gracia sobre gracia” (Jn 1,16) para que “podamos ser colmados por la plenitud de Dios“ (Ef. 3,19) y alcanzar “la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef. 4,13). Recibimos su plenitud en la medida en que nos entregamos a él. La palabra “consagración” proviene de las dos palabras “cum” y “sacrare” que significan hacerse santos a través de la unión con aquello que es santo. A través del bautismo somos primero consagrados a Dios en Cristo. Esa consagración se renueva en la digna y ferviente recepción de cada sacramento. Esto es particularmente cierto con respecto a nuestra recepción del Santísimo Sacramento en el que el Médico Divino se entrega por completo a nosotros. La unión con Cristo que se gana a través de la Sagrada Comunión, se prolonga aún más a través de la práctica de la adoración del Santísimo Sacramento. En respuesta al don que Cristo nos da de sí mismo, nos  manifestamos entregándonos a Él, como un regalo en adoración,  consagrándonos por la búsqueda continua de una unión amorosa con él. Es de esta manera que llegamos a compartir su plenitud.

“Porque esta es la voluntad de Dios, tu santificación…” (1 Tes 4, 3)

Podemos concluir nuestras consideraciones sobre la santidad de Dios y nuestra respuesta de adoración con algunos pensamientos tomados de la homilía de John Henry Newman llamada “Santidad necesaria para la bendición futura”. En esta homilía, el cardenal Newman plantea la pregunta:

El hombre es declaradamente débil y corrupto; ¿Por qué entonces se le ordena ser tan religioso, tan sobrenatural? ¿Por qué se le exige (en el lenguaje fuerte de las Escrituras) que se convierta en una ‘nueva criatura’? Dado que él es por naturaleza lo que es, ¿no sería un acto de mayor misericordia de Dios salvarlo por completo sin esta santidad, que es tan difícil, sin embargo (como parece) tan necesaria  para él?

El cardenal Newman responde a esta pregunta: “Incluso suponiendo que un hombre de vida impía sufriera por querer entrar al cielo, él no sería feliz allí; de modo que no sería misericordioso permitirle entrar”. ¿A qué se refiere con esto? Cardenal Newman explica, que estamos equivocados si imaginamos que el cielo es un lugar similar a la tierra, como si los placeres y actividades comunes y mundanos, con los que estamos familiarizados, fueran parte de las alegrías del cielo. (Como si el cielo fuera un gran campo de golf o una pista de carreras, o una estación de esquí, o alguna otra cosa similar). Nos equivocamos aún más, si imaginamos que el cielo es un lugar donde podemos deleitarnos simplemente haciendo nuestra propia voluntad y siguiendo nuestras propias inclinaciones, a donde quiera que ellas nos lleven. Como dice John Henry Newman, “Aquí [en la tierra] cada hombre puede hacer lo que le plazca, pero allí [en el cielo] debe hacer lo que Dios desea”. El cielo se pasa en la presencia continua de Dios y en Su adoración ininterrumpida. El cardenal Newman dice: “El cielo no es como este mundo; yo digo que es más como una iglesia”. Señala que en la iglesia no escuchamos ni hablamos de preocupaciones mundanas, sino que escuchamos única y exclusivamente acerca de Dios. Por lo tanto, la iglesia es como el cielo porque en ambos hay un solo tema: la religión. De esto queda claro que el hombre irreligioso, que no soporta servir, alabar ni adorar a Dios en este mundo, de ninguna manera se sentirá en paz en el cielo.

Por lo tanto, considerando que Dios es santo, y que Él no puede ser lo contrario, sino ser santo; y el hecho de que el cielo no es otra cosa que regocijarse en la presencia del Dios santísimo, está claro que la santidad, es una cualidad necesaria para los bendecidos en el cielo. La adoración es por esta razón, una práctica que debe ser parte esencial de nuestra formación en Cristo, para alcanzar la santidad, sin la cual nadie verá a Dios (Heb 12,14).

Cerramos con una oración de la Divina Liturgia de Santiago que sirve como prefacio a la Oración del Señor:

Santifica, oh Señor, nuestras almas, nuestros cuerpos y espíritus, y toca nuestros entendimientos, busca nuestras conciencias y expulsa de nosotros toda imaginación maligna, cada sentimiento impuro, cada deseo básico, cada pensamiento impropio, toda envidia, vanidad e hipocresía, toda mentira, todo engaño, cada afecto mundano, toda codicia, toda vanagloria, toda indiferencia, todo vicio, toda pasión, toda ira, toda malicia, toda blasfemia, cada movimiento de la carne y el espíritu que no está de acuerdo con tu santa voluntad y considéranos dignos, oh Señor amoroso, con valentía, sin condenación, con un corazón puro, con un espíritu contrito, con un rostro sin vergüenza, con labios santificados, para atreverse a llamarte, el Dios santo, Padre celestial, y decir:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.