Saca Agua con Alegría de la Fuente de Salvación

Cuando San Juan relata acerca del soldado que abrió el costado de Cristo en la Cruz, además de mencionar la corriente de sangre y agua que salió inmediatamente, también citó dos apartes bíblicos para explicar el significado de este evento: “Porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: No Le quebrantarán ningún hueso”. Y también otro pasaje de la Escritura dice: “Verán al que traspasaron” (Juan 19, 36-37). La primera cita es de las regulaciones del Antiguo Testamento con respecto a la prohibición de romper los huesos del Cordero Pascual. De este modo, San Juan da una clara indicación de que Jesús es el verdadero Cordero pascual. El significado de las palabras de San Juan Bautista también se aclaran: “He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn 1,29).

La segunda cita es de la profecía de Zacarías:

Y derramaré sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén, un espíritu de gracia y de oración y pondrán sus ojos en Mí, a quien traspasaron. Llorarán por Él, como uno llora por un hijo único, y harán duelo amargo por Él, como se hace por un primogénito… En aquél día se abrirá una fuente para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavarlos del pecado y la impureza. (Zac 12, 10-13, 1)

Con esta cita, San Juan enseña que la fuente que el profeta predijo que se abriría para la limpieza del Pueblo de Dios, debe entenderse como la Sangre y el Agua que provienen del Corazón de Cristo.

En las últimas dos Cartas Circulares hemos meditado en la corriente que fluye desde el Corazón de Cristo como el río que da alegría a la ciudad de Dios. En esas meditaciones anteriores vimos la alegría de la alabanza y adoración perfecta que proviene de esta corriente, y la alegría de la luz de la contemplación que también brota del Cordero que fue asesinado. En el pasaje del profeta Zacarías vemos un tercer aspecto de esta corriente: que limpia del pecado. Porque en esta corriente también se encuentra el cumplimiento de la profecía de Ezequiel: “Voy a rociar agua limpia sobre ti para limpiarte de todas tus impurezas, y de todos tus ídolos te limpiaré” (Ez 36, 25). Esta rama del río corresponde a la tercera finalidad del sacrificio, así como a la tercera relación fundamental en la Obra de los Santos Ángeles: la expiación. Al igual que las otras dos corrientes, esta rama del río deleita al pueblo de Dios. En este caso, la alegría consoladora del perdón se puede encontrar al “bañarse” en esta corriente, la cual comenzó a fluir desde el corazón de Jesús en la Cruz, y que continúa fluyendo en la Iglesia a través de los Sacramentos. De manera especial fluye a través de los sacramentos del bautismo, la confesión, la santa unción y la eucaristía. ¿Cómo podemos entrar en esta corriente para beneficiarnos de su poder de limpieza? El primer y principal requisito es la fe. Muchos leprosos vivieron en Israel durante el tiempo del profeta Elías, y muchos se habían bañado en el Jordán. Pero solo Naamán fue limpiado de su lepra debido a su fe. Muchas personas tocaron a Jesús cuando pasó a través de la multitud, muchos de los cuales  sufrían alguna herida del cuerpo o del alma. Pero solo la mujer con la hemorragia de sangre fue sanada. Porque ella tocó su manto con fe. El buen ladrón se benefició de esta corriente del costado de Cristo, mientras que el otro ladrón, que se hallaba tan cerca de esta fuente salvadora, no lo hizo. Es la fe la que nos acerca y nos pone en contacto con esta corriente purificadora.

Más allá de la fe, para beneficiarnos de esta corriente de misericordia expiatoria que fluye del corazón de Cristo, también necesitamos contrición. La obra de preparación de San Juan Bautista para la venida de Cristo, consistía principalmente en preparar un pueblo apto para el Señor, mediante un bautismo de arrepentimiento. Esto significa que reconocemos nuestro pecado, lo confesamos al sacerdote de Dios, tenemos un verdadero dolor por nuestro pecado y la firme resolución de no volver a pecar. Al igual que las personas que vinieron a San Juan Bautista, nosotros también debemos preguntar una y otra vez: “¿Qué, pues, debemos hacer?” para descubrir lo que es necesario para un verdadero cambio de vida.

Pero aunque la fe y la contrición son necesarias, no son suficientes. También es necesario practicar la misericordia. Como Jesús mencionó con frecuencia en sus enseñanzas y parábolas: a menos que perdones a los que te ofenden, no serás perdonado. La orden de perdonar si deseamos ser perdonados, corresponde a la naturaleza misma de la corriente que fluye desde el Corazón de Cristo. Esta corriente es una “a Jesús el Mediador de la Nueva Alianza y a la Sangre purificadora que habla mejor que la de Abel” (Heb. 12,24). A diferencia de la Sangre de Abel, que clamó a Dios por venganza (cf. Génesis 4,10), esta sangre clama por perdón y misericordia. Si la sangre de Abel el justo clamó por venganza, ¿cómo es que la Sangre del verdadero justo, Hijo de Dios, no clamó más por venganza, sino por perdón? La diferencia es que esta sangre fluyó del Corazón cuya oración fue “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Esta oración define la naturaleza de la corriente que fluye de Su Corazón y determina la disposición requerida para tener acceso a este río de gracia.

Nuestra participación en la obra de expiación de Cristo

Pero más allá del hecho de que Dios perdona nuestros pecados, también nos da la capacidad de compartir la obra redentora de Cristo de reparar el daño resultante de nuestros pecados. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de esta posibilidad de cooperación:   

La Cruz es el único sacrificio de Cristo “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, “se ha unido en cierto modo con todo hombre”, Él “ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida […] se asocien a este misterio pascual”. Él llama a sus discípulos a “tomar su cruz y a seguirle” porque Él “sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas”. Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor. (CIC 618)

Este llamado a ser parte de la cruz de Cristo, debe ser visto no solo como un acto de la justicia de Dios, sino también de su amor misericordioso por nosotros. Porque al permitirnos compartir Su sufrimiento y muerte, Él también nos permite compartir Su gloria. La relación entre la cruz y la gloria se repite en todo el Nuevo Testamento. Cristo mismo dijo a sus apóstoles después de su resurrección: “¿No era necesario que Cristo sufriera estas cosas para entrar en su gloria?” (Lucas 24,26). Los escritos de los Apóstoles hacen una conexión repetida entre la cruz y la gloria. Por ejemplo:

Pero si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, siempre que suframos con Él para que también podamos ser glorificados con Él. (Rom 8, 14-17)

Porque nuestra tribulación momentánea y leve nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida; porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles; porque lo que se ve es transitorio, pero lo que no se ve es eterno. (2 Cor 4, 17-18)

Pero alégrate en la medida en que compartas los sufrimientos de Cristo, para que también puedas regocijarte y alegrarte cuando se revele su gloria. (1 Pedro 4,13)

Pero lejos esté en gloriarme de mí, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo lo estoy para el mundo. (Gálatas 6,14)

La cruz: la escalera a la gloria

La conexión entre la Cruz y la gloria tiene dos caras. Primero, la Cruz es el único camino para nosotros hacia la gloria futura del cielo. Como dijo una vez Santa Rosa de Lima: “Aparte de la Cruz no hay otra escalera por la cual podamos llegar al cielo” (CIC 618). Como dice San Pablo, seremos glorificados con Él siempre que suframos con Él (cf. Rom 8,17). La aceptación de la cruz es una condición necesaria. Si Jesús, siendo el Hijo, aprendió la obediencia a través del sufrimiento, (cf. Hebreos 5, 8) ¿no deberíamos estar preparados para soportar la disciplina amorosa de Dios para ser considerados sus hijos legítimos? Así mismo son las aflicciones pasajeras que nos preparan para la gloria eterna (cf. 2 Cor 4, 17-18). Los santos y los escritores espirituales, constantemente han enseñado que el sufrimiento cristiano proporciona una preparación necesaria para nuestra unión con Dios.  

Pero hay otra conexión entre la cruz y la gloria, que es un poco más misteriosa. Nuestro Señor, en el momento en que Judas salió de la última cena para traicionarlo, declaró: “Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado, y en Él Dios ha sido glorificado; si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto” (Jn 13, 31-32). Este pasaje muestra que la Cruz no solo es el medio para la gloria futura en el cielo, sino que también es en sí misma una glorificación aquí y ahora. El mundo tiene sus propios estándares de lo que constituye grandeza y gloria. Las riquezas, la fama, el poder y el placer son las cosas comunes que se usan para medir la gloria y la grandeza de la vida de una persona. Pero Cristo, que dijo: “Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados serán cuando los hombres los aborrezcan” (cf. Lc 6, 20-22), ha establecido nuevos estándares para la grandeza y la gloria. Él ha dado la Cruz como el estándar con el cual debemos medir. La cruz es la medida porque es la manifestación de la mayor de las virtudes: el amor (cf. 1 Cor 13,13). “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). En la cruz, Jesús no sólo entregó su vida; sino que lo hizo en medio del mayor sufrimiento. En lugar de la gloria de las riquezas, se vació a sí mismo y fue despojado voluntariamente de todo por amor a nosotros. En lugar de la gloria de la fama, sufrió la mayor humillación por amor a nosotros. En lugar de la gloria del poder, se volvió completamente impotente, clavado inmóvil en la Cruz por amor a nosotros. En lugar de la gloria del placer, sufrió el dolor más intenso de cuerpo y alma posible por amor a nosotros. Tal es el glorioso amor del Redentor. 

Debido a que los fieles de Cristo están llamados a la santidad, también están llamados a tener el honor de participar en el amor redentor de Cristo. No hay santificación sin crucifixión con Cristo. San Juan de la Cruz estaba tan convencido de esta verdad que utilizó las siguientes fuertes palabras:

Si en algún momento, mi hermano, alguien intenta persuadirte, ya sea prelado o no, de una doctrina que es más amplia y más placentera, no le creas y no aceptes la doctrina incluso si la confirmara con milagros, sino más bien penitencia y más penitencia y desapego de todas las cosas. Y nunca, si deseas poseer a Cristo, búscalo sin una cruz. (San Juan de la Cruz, Carta al Padre John de Santa Ana

San Juan de la Cruz está diciendo lo mismo que San Pablo les dijo una vez a los Gálatas: “Si nosotros mismos o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8). El evangelio que hemos recibido contiene las palabras de Cristo que le dijo a sus apóstoles: “Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24; Mt 10, 38-39; Lc 14, 27).

La verdadera dignidad y gloria de cualquier criatura consiste en ser un “compañero de trabajo con Dios” (cf. 1 Cor 3, 9). Y no hay mayor obra que la obra de la redención amorosa de Cristo en la Cruz. Los sufrimientos de nuestra vida pueden transformarse en nuestra gloria si los unimos a los sufrimientos de Cristo, para la salvación de nosotros mismos y de los demás. “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no complacernos a nosotros mismos. Que cada de nosotros uno procure de agradar a su prójimo en lo que es bueno, para edificarlo. Porque tampoco Cristo buscó su propia complacencia” antes bien, como está escrito: los oprobios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí” (Rom 15, 1-3). El sufrimiento que nace en unión con Cristo manifiesta su gloria en nosotros: la gloria de su amor divino. Es un amor que tiene sed de nuestra propia santificación y de la salvación eterna de los demás.

Los ángeles de Dios marcan a los miembros de la Iglesia que expresan tal amor con la señal de Aquel cuya alma estaba “triste hasta la muerte” (Mt 26,38) por los pecados de los hombres. Tal marca sirve como una protección especial, como se indicó en el profeta Ezequiel: “y Yahveh le dijo: «Pasa por en medio de la ciudad, por Jerusalén, y pon por marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y se lamentan a causa de todas las abominaciones que se cometen dentro de ella». Y a los otros oí que les dijo: «Pasad tras él por la ciudad y matad. No tengáis una mirada de piedad, no perdonéis; matad al anciano y al joven, a las doncellas, a los niños y a las mujeres, hasta el exterminio. Pero no os acerquéis a ninguno que está marcado con la cruz en la frente. Y comenzad por mi santuario”. (Ez 9, 4-6).

Cuando se le mostró al profeta Ezequiel la corriente que salió del costado del templo, también se le mostró que el paso del tiempo no disminuye, sino que aumenta la profundidad de esta corriente. Pues este torrente se hincha de acuerdo con el principio mencionado por San Pablo: “Pero la ley se introdujo de modo que abundase el delito; más donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (cf. Rom 5,20). Dentro de la Iglesia, cada vez que hay un aumento en el pecado y el escándalo, Dios levanta nuevos hombres y mujeres marcados por los ángeles que lloran y se lamentan de todas las prácticas repugnantes en la Ciudad de Dios, la Iglesia. (cf. Ez 9, 4) Todos los miembros de la Obra de los Santos Ángeles están especialmente llamados a entrar en las profundidades de esta corriente de la gracia de la expiación: el amor vicario que está dispuesto a soportar espiritualmente las cargas de los demás. No estamos llamados a acusar a los pecadores, sino a interceder por ellos con seriedad y fidelidad. Un medio especial para aprender a participar en la obra intercesora de Cristo, es a través de la observancia semanal de la Passio Domini. En la Passio Domini acompañamos a Jesús en oración, y en una ofrenda de nosotros mismos durante las horas de su agonía en el Jardín,  todos los jueves por la noche y todos los viernes durante las horas de su sufrimiento y muerte en la Cruz,  (en la medida en que nuestros deberes de estado así lo permitan). De esta manera podemos trabajar con los santos ángeles implorando las gotas de la sangre redentora de Cristo por las diversas intenciones de la Iglesia y especialmente por los sacerdotes, canalizando las aguas de su gracia hacia los miembros de su cuerpo que más lo necesiten.

Especialmente durante la temporada de Cuaresma, a los fieles cristianos se les ofrece la oportunidad de experimentar la dignidad y la gloria de participar en la obra redentora de Cristo, al observar actos especiales de penitencia y oración. Se alienta a los miembros de la Obra de los Santos Ángeles, a una observancia aún más fiel y ferviente de la Passio Domini durante esta temporada. A través de esta práctica pueden conocer la alegría de la que habla el profeta Isaías: 

En ese día dirás: Te daré gracias Señor, porque después de enojarte conmigo, tu ira se aplacó y me has consolado. Ciertamente Dios es mi salvación; tendré confianza y no temeré, porque el Señor es mi fortaleza y mi canto es Él, Dios, quien ha sido mi salvación. Con gozo sacaré agua de las fuentes de salvación. (Is 12, 1-3)