CC33 Escuchar

CC33 Escuchar

Escuchar

A través del silencio y el recogimiento, María se preparada y escuchaba la palabra de Dios en todo momento. Para estar abiertos al ángel y al llamado de la gracia, también debemos escuchar, esperando que Dios nos hable en cualquier momento que se nos brinde. “¡Estén atentos! ¡Estén alerta! Porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13, 33).

Docilidad al Santo Ángel

… Presta atención a él y escucha su voz, no te rebeles contra él. (Ex 23,22) 

La instrumentalidad como medio de perfección

A través de la Sagrada Escritura, Dios nos exhorta: presten atención y escuchen la voz del santo ángel. Esto significa que debemos ser dóciles: dispuestos a escuchar y obedecer su voz. ¿Cómo debemos ser dóciles a los santos ángeles de Dios? Podemos comenzar nuestra discusión sobre la docilidad a los santos ángeles, indicando el objetivo de dicha docilidad. Por nuestra docilidad a Dios, primero se nos da una participación en su naturaleza divina a través de la gracia. Esta vida divina de gracia es lo que  confiere al hombre su más alta dignidad. Más allá de esto, Dios  nos ha dado la posibilidad de ser sus “colaboradores”, sus instrumentos. Lejos de degradarnos, la capacidad de ser un instrumento de Dios es una de las formas en que el hombre se ennoblece aún más.

Los ángeles nos son enviados por Dios para ayudarnos en la adquisición de la vida divina de la gracia, y también para ayudarnos a convertirnos en instrumentos de Dios. Por un lado, cuanto más crecemos en la docilidad, más podemos ser santificados, y por otro, los talentos que Dios nos confió pueden invertirse de acuerdo con su voluntad. El deseo de ser el siervo de Dios se expresa maravillosamente en la oración comúnmente atribuida a San Francisco de Asís: “Hazme un instrumento de tu paz…” La humanidad de Cristo fue el instrumento perfecto de su naturaleza divina. Él, a cambio, fue el instrumento perfecto del Padre: “… yo no hago nada por mi propia autoridad, sino que hablo como el Padre me enseñó… Hago siempre lo que le agrada” (Jn 8, 28-29). María fue el instrumento perfecto del Señor: “He aquí la sierva del Señor…” (Lc 1,38). Los ángeles fieles “que obedecen sus órdenes” también se perfeccionan al ser los instrumentos por los cuales él realiza gran parte de su trabajo entre nosotros.  

Debe hacerse una distinción clara en cuanto a la diferencia entre instrumentos inteligentes y no inteligentes (o irracionales). Cada instrumento se usa de acuerdo con el modo apropiado para el instrumento. Se espera que los instrumentos irracionales, como una pala, un cuchillo o un pincel, actúen de acuerdo con los deseos razonados de quien los usa, sin prestar ninguna consideración razonada adicional. Como dice el profeta Isaías: “¿Se jactará el hacha sobre el que corta con ella, o la sierra se magnifica contra el que la empuña? ¡Como si una vara debiera empuñar al que la levanta, o la sierra se magnificara contra el que empuña, o como si un bastón levantara a aquel, quien no es madera!” 

Por otro lado, un instrumento inteligente presta sus propias fuerzas racionales al trabajo que debe realizarse. Un sirviente es un instrumento inteligente. Ya sea el sirviente  humano o angélico, este utiliza su propia inteligencia en el cumplimiento de las órdenes del maestro. Para ilustrar este principio, podemos considerar la explicación de la Iglesia sobre la inspiración de la Sagrada Escritura. Sabemos que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Dios es el autor de la Biblia y al mismo tiempo hubo hombres a quienes Dios usó como sus instrumentos para realizar esa tarea. El Concilio Vaticano II explicó esto de la siguiente manera:

Para componer los libros sagrados, Dios eligió a ciertos hombres a quienes empleó para tal tarea y mientras esto sucedía, hizo uso total de sus propias facultades y fuerzas, aunque actuara en ellos y por ellos, como a verdaderos autores  les fue confiado escribir lo que él quería  y nada más.

Cada instrumento presta sus propias cualidades para realizar el trabajo. Un escultor tiene muchos cinceles. Cada uno tiene una forma, tamaño y longitud diferentes. Cada uno efectúa el trabajo de forma única. Al mismo tiempo, Dios, el Artista Divino, ha dotado al hombre y al ángel con numerosos y diversos talentos. Cuando elige a ciertos hombres para lograr algo, no los usa como si fueran instrumentos sin forma. Más bien, usa sus diversos talentos y dones para realizar su trabajo. Así sucede con los escritores de la Sagrada Escritura, el primer punto es que Dios eligió a ciertos hombres. Es él quien los eligió, y eligió los que sabía serían los instrumentos correctos. El segundo punto es que estos instrumentos, “hicieron pleno uso de sus propias fuerzas y facultades”. Aplicaron sus propios esfuerzos humanos e inteligencia al trabajo en cuestión, imprimiendo así, un sello de su propia personalidad. Esto se hace evidente si comparamos los estilos, el vocabulario y la gramática propia de cada uno de los escritores sagrados. Todos son únicos.  

También puede notarse que la inspiración de la Sagrada Escritura, vino a través de la mediación de los santos ángeles. En particular, los “Cuatro seres vivientes”, ángeles del coro de los querubines, vistos por el profeta Ezequiel (10, 9-21) y por San Juan, como se describe en el Libro del Apocalipsis (4, 6-7), que han sido asociado a los cuatro escritores del Evangelio. El ser viviente que tiene la apariencia de un hombre, está asociada a San Mateo. El que tiene la apariencia de un león está asociado a San Marcos. El que tiene la apariencia de un buey está asociado con San Lucas. Finalmente, el que tiene la apariencia de un águila está asociado con San Juan. Una razón por la que los Padres de la Iglesia hicieron esta asociación, fue porque notaron ciertas características propias de cada una de estas criaturas, reflejadas en cada uno de los Evangelios. Esto indica que incluso los ángeles que trajeron la inspiración de Dios a la Sagrada Escritura, agregaron a esa inspiración sus propias características personales. Esto fue deseado por Dios, y es también deseado por Dios en el caso de cada instrumento, especialmente los instrumentos personales. Así lo expresa San Juan de la Cruz:   

[La Sabiduría Divina] desciende de Dios desde las primeras jerarquías hasta las últimas, y ​​de estas últimas sobre los hombres. Se dice correcta y verdaderamente en las Escrituras, que todas las obras de los ángeles y las inspiraciones que ellos imparten, también son otorgadas o realizadas por Dios. Por lo general, estas obras e inspiraciones se derivan de Dios por medio del ángel… Esta comunicación es como un rayo de sol que brilla a través de muchas ventanas colocadas una tras otra. Aunque es cierto que por sí mismo el rayo de luz pasa a través de todos ellos, sin embargo, cada ventana comunica esta luz a la otra con una cierta modificación de acuerdo con su propia cualidad. (Énfasis agregado)  

Sin embargo, el tercer punto importante con respecto a la inspiración de los escritores sagrados, es que “se entregaron a escribir lo que Dios quería que se escribiera, y nada más”. Ese es el ideal para un buen instrumento: él hace lo que el maestro quiere, nada más y nada menos. Para que este sea el caso, la herramienta debe responder a los movimientos del artista. Si el instrumento se resiste al artista, entonces el artista no puede realizar su trabajo como quisiera. Por lo tanto, Dios ordena: “¡Presten atención y escuchen su voz, no se rebelen contra él!” (Ex 23,22). 

Es de gran ayuda tener en cuenta, que a veces los instrumentos son mejorados con una perfección que va más allá de sus disposiciones naturales. Por ejemplo, no cualquier aceite es suficiente para la unción de los enfermos, sino solo aquel aceite que ha recibido una bendición especial. Con mayor razón, no cualquier hombre puede ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, sino solo aquel a quien se le ha dado la especial excelencia del carácter del sacerdocio. Del mismo modo, no cualquiera podría escribir los libros de las Escrituras, sino solo aquellos elegidos a quienes se les otorgó el don de profecía.

Con respecto a nuestro uso de los talentos que hemos recibido, examinemos las formas en que podemos ser instrumentos dóciles en la mano de Dios, para evitar resistir los movimientos del Artista Divino, cuando desea trabajar en nosotros. Solo entonces podemos decir con el profeta: “Señor, tú estableces la paz en favor nuestro,
porque tú eres quien realiza todas nuestras obras.” (Is 26,12). 

Escuchar como contrapartida del silencio

Como se mencionó anteriormente, nuestro Señor y Dios, a través de la palabra de la Sagrada Escritura, nos ordena que prestemos atención y escuchemos la voz del santo ángel. Estas palabras “prestar atención” y “escuchar” indican una especial atención y escucha activa de nuestra parte. Podemos oír muchas cosas a las que no prestamos atención. De hecho, entre más oímos cosas, menos tendemos a escucharlas. Es como el tráfico aquí en Detroit. Cuando alguien viene por primera vez, puede parecerle fuerte y constante, pero  después de un tiempo, llega al punto de ni siquiera notar las frecuentes sirenas de los carros de bomberos. Escuchar, por otro lado, consiste en el deseo de oír. Es el cumplimiento del santo silencio. El santo silencio proporciona una atmósfera beneficiosa para escuchar. Pero más allá de la práctica del verdadero silencio, para que el silencio sea fructífero, también debe ser atento. Un escritor espiritual lo explica en los siguientes términos:

El silencio a veces es ausencia de discurso, sin embargo siempre es el acto de escuchar. La mera ausencia de ruido, vacía de nuestra escucha de la voz de Dios, no es silencio. Un día lleno de ruido y de voces puede ser un día de silencio, si los ruidos se convierten para nosotros en el eco de la presencia de Dios, si las voces son para nosotros mensajes y solicitudes de Dios. Cuando hablamos de sí mismos y estamos llenos de nosotros mismos, dejamos atrás el silencio. Cuando repetimos las íntimas palabras de Dios, que Él ha dejado dentro de nosotros, nuestro silencio permanece intacto.

Escuchar no es una tarea simple, dados los muchos obstáculos que el mundo y nosotros enfrentamos. Este escritor hace una observación importante: “Cuando hablamos de sí mismos y estamos llenos de nosotros mismos, dejamos atrás el silencio”. Este es el primer y fundamental enemigo para escuchar: estar lleno de uno mismo. ¿Qué significa estar lleno de uno mismo? Una de las formas más comunes en que alguien se preocupa de sí mismo, es a través del orgullo o la vanidad. Pero también puede ser a través del estar absortos en sí mismos, actitud causada por la autocompasión.

Más obstáculos para la docilidad

El bello arte de escuchar debe ejercerse a nivel humano antes de que podamos esperar avanzar en la escucha de nuestros ángeles guardianes. Porque si un hombre no puede escuchar a los que puede ver y oír con sus sentidos, ¿cómo puede esperar estar atento a la voz del ángel a quien no puede oír con los sentidos?

Se necesitan dos cualidades para la docilidad: celo por conocer la verdad y humildad para aprender de los demás. Los consecuentes enemigos de la docilidad son, por un lado, la pereza y la complacencia, que son contrarias al celo; y por el otro, el orgullo que es contrario a la humildad.

Primero debemos considerar la pereza y la complacencia. La gente generalmente disfruta de estar “al tanto”, estar enterados de las cosas y alerta sobre lo que está sucediendo. Todos los medios de comunicación satisfacen ese apetito voraz. El problema de la pereza con respecto a la docilidad radica en la satisfacción del hombre por conocer las realidades y los hechos sobre las cosas, en detrimento o exclusión de conocer la Verdad. Esta pereza esta basada y se alimenta de la sensualidad de la curiosidad. La curiosidad es un vicio que busca gratificarse mediante el abuso del intelecto. Es como la glotonería de la mente o la impureza del espíritu. Está relacionado con el tipo de falsa amistad, que solo quiere usar al otro para la propia satisfacción personal. No podemos aprender a escuchar a los demás a menos que estemos dispuestos a satisfacer sus necesidades. Esto está relacionado también con nuestro deseo de escuchar para conocer a Cristo, la Verdad, a fin de servirle a él y a su Iglesia. 

Tomemos, por ejemplo, la historia de nuestro Señor cuando  va a hablar en la sinagoga de su ciudad natal, Nazaret. La gente sabía muchas verdades acerca de Cristo. Habían  oído hablar de los milagros realizados por él en Jerusalén. Notaron su conocimiento y elocuencia diciendo: “¿de dónde sacó todo esto?” Ellos saben de quién es hijo, y quiénes son sus parientes, etc. Están satisfechos con eso. Todas estas cosas son ciertas. Pero carecen de la verdad sobre Jesús. No reciben la luz de la Verdad que proviene del don divino de la fe.

De manera paralela, es muy común que los católicos estén enterados sobre lo que este obispo y el otro han hecho o han dejado de hacer; ellos saben que ha dicho el padre fulano de tal  y pueden decir qué hermana ha estado haciendo esto o aquello, etc., etc. Pueden hablar sobre las múltiples cosas que acontezcan en la Iglesia. Pueden hablar una y otra vez sobre estas cosas. Esto les da la sensación de que son buenos católicos, porque están preocupados por tales asuntos y están bien informados. Pero al final, conocen las verdades humanas sin siquiera acercarse, al menos un poco, al conocimiento de la divinidad de Cristo y su Cuerpo Místico. Son como la gente de Nazaret, que sabía mucho sobre la naturaleza humana de Cristo, pero sabían poco o nada sobre lo divino. Muchos católicos no están dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para la oración y el estudio, con el fin de ver y conocer la Verdad. La charla en sí misma es perjudicial para alcanzar el silencio necesario en la escucha de estas verdades mayores. Esta es una forma de pereza que es contraria a la docilidad: la complacencia por estar llenos de los hechos, sin el deseo de comprender la Verdad.

Otro escritor espiritual define la docilidad e indica otra actitud fundamental que también es contraria al celo por la verdad:

La docilidad por parte del que es dirigido, implica la disposición del alma que constantemente trata de escuchar y comprender, y desea ser sumiso a los consejos prudentes y desinteresados ​​que se le estén dando. … Ciertas personas no tienen los requisitos necesarios para ser dóciles. No saben escuchar. Hablan mucho con el pretexto de informar a su director; discuten extensamente sobre un laberinto de detalles absolutamente inútiles, sin la menor consideración por el tiempo y la memoria de su director. Van de un tema a otro sin completar nada, sin siquiera tener el deseo de examinar algo con un cierto grado de profundidad. No intentan entender. Su conversación parece ser una especie de necesidad biológica o psicológica, más que un medio de conocimiento y comprensión. No parecen manifestar ningún esfuerzo por captar un nuevo punto de vista o una nueva forma de ver las cosas. Su inteligencia nunca parece estar despierta. 

El escritor obviamente ha tenido alguna experiencia en dirección espiritual. Habla de la falta de voluntad para hacer el esfuerzo de escuchar, de comprender un nuevo punto de vista, una nueva forma de ver algo. Esto se da a menudo, porque el hombre no está dispuesto a cambiar su vida para conformarse a la verdad. Por esta razón, la persona habla sobre el tema sin abordarlo realmente. El celo por la verdad incluye el coraje para enfrentar la verdad y todas sus consecuencias. La verdad exige desapego de nuestros propios hábitos, desapego de nuestra preocupación por las opiniones de otras personas, desapego de nuestras propias opiniones, desapego de las cosas. Entre más apegadas estén las personas a estas cosas, menos pueden soportar la verdad. Tal fue el caso de los apóstoles la noche anterior a la muerte de Cristo. Él les dijo:

“Muchas cosas me quedan aún por decirles, que por ahora no podrían soportar. Pero, cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá solo lo que oiga y les anunciará las cosas por venir.” (Jn 16,12-13). El problema puede llegar a ser muy extenso, como lo describió San Pablo:

“Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos.” (2 Tim 4, 3-4).  

La relación entre obediencia y escucha se refleja en la etimología de las dos palabras. La palabra latina obedire (obedecer) proviene de la palabra audire (escuchar). La misma verdad se refleja en alemán: Gehorsam (obediencia) proviene de gehorchen, que significa escuchar. La voluntad de escuchar es el comienzo de la obediencia.     

Pero el otro elemento, el del orgullo, es igualmente peligroso, si no más que la pereza, para evitar que los hombres practiquen la docilidad. Esto también es evidente en la historia de Cristo cuando viene a su ciudad natal y predica en la Sinagoga. La gente no lo escuchó. Sus corazones estaban cerrados. ¿Por qué? ¡Porque él era el hijo del carpintero! “¿Qué puede tener él que decirnos? Es obvio que él no sabe nada que nosotros no sepamos”.

Otro poderoso ejemplo de la falta de voluntad para aprender debido al orgullo se ve en la historia del hombre que nació ciego. Jesús lo curó, y luego, cuando los fariseos descubrieron que Jesús había realizado el milagro en sábado, se negaron a aceptarlo como una señal del favor divino. El hombre que fue curado dijo a los fariseos:

“Respondió aquel hombre, y díjoles: Por cierto, maravillosa cosa es ésta, que vosotros no sabéis de dónde sea, y á mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye á los pecadores: mas si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, á éste oye. Desde el siglo no fué oído, que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego. Si éste no fuera de Dios, no pudiera hacer nada. Respondieron, y dijéronle: En pecados eres nacido todo, ¿y tú nos enseñas? Y echáronle fuera.” (Jn 9, 30-34).

Este es el tipo de argumento falaz más común, llamado ad hominum. En  el cual, en lugar de tener que lidiar con la fuerza y ​​la lógica de una discusión, ataca a la persona. Descartamos la persona que manejamos, al menos psicológicamente, con el fin de descartar la verdad que la persona presenta. Tomando un ejemplo más reciente, no hace mucho tiempo, en un artículo que el cardenal Ratzinger mostró con razón teológica y litúrgica sobre el porqué la música rock no es apta para su uso en la sagrada liturgia, ninguno de los que respondieron a la declaración del cardenal Ratzinger, intentó siquiera tocar sus argumentos teológicos, simplemente lo sacaron, diciendo que era demasiado viejo y que no estaba en contacto con las necesidades de los jóvenes de hoy, etc. Esta es una falta de docilidad grave y muy común. Desafortunadamente esta es una de las formas más comunes en que las personas descartan la verdad. Es un delito grave contra la docilidad. 

En la misma línea, pero con un giro ligeramente diferente, está nuestra tendencia a no prestar atención a la gente simplemente porque no nos sentimos atraídos por la persona. Este es el caso incluso cuando estamos de acuerdo con lo que esa persona dice, pero no le respetamos. Sospechamos que no es una persona sincera, que es engreída o que es orgullosa. No creemos que tenga algún don para hablar. Tenemos motivos para estar enojados con ella, o le tenemos envidia. Por cualquier otra razón, sentimos una antipatía natural hacia ella. Como consecuencia, no escuchamos lo que tiene que decirnos.

Estas tendencias son más notables cuando hablamos de nuestra docilidad hacia nuestro santo ángel, porque el ángel no solo nos habla directamente a nosotros. El ángel no en pocos casos, intentará guiarnos a través de las personas que nos rodean. Cuando al ángel no le es posible comunicarse con nosotros,  tratará de inspirar a cualquiera que pueda a nuestro alrededor, para que pronuncie las palabras que necesitamos escuchar.

Tendencias rebeldes

Otra de las tendencias, en cuanto a no prestar atención a las personas,  viene de nuestra falta de voluntad y rebeldía para someternos al otro. “El Señor DIOS me ha abierto el oído; y no fui desobediente, ni me volví atrás. Di mis espaldas a los que me herían, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y esputos.” (Is 50,5-6). Un amigo mío, cuando era joven, solía atormentar a su hermano ordenándole que hiciera cosas que sabía que su hermano planeaba hacer de todos modos. Por ejemplo, cuando veía a su hermano a punto de ponerse el abrigo, le decía: “¡Danny! ¡Ponte el abrigo!” Danny se enojaba tanto con él que se negaba a ponerse el abrigo. Preferiría salir así al frío en lugar de tener que someterse a su hermano. 

En cierto sentido, es una gran misericordia de Dios que no veamos a nuestros ángeles guardianes, pues nos presentarían en el espejo cristalino de su propio ser, la voluntad inexorable de Dios para nosotros. Esto sin duda, acabaría poco a poco con nuestro falso sentido de libertad, y por lo tanto nos llevaría a la rebelión. Dios es más suave para persuadirnos.

Torcer la verdad para encontrarnos con nuestra propia tendencia

Así como un recipiente debe estar limpio para recibir agua pura, también nosotros debemos guardar silencio para escuchar la palabra sin torcerla o cambiarla de ninguna manera. Hay un juego en el que se susurra una palabra a otra persona, esta a su vez deberá susurrarla a la siguiente, y así sucesivamente hasta alcanzar la última en el grupo; esta última entonces, anuncia la palabra recibida. Usualmente esa palabra es muy diferente de la que se dijo en un comienzo.

El problema es que incluso cuando tenemos buena voluntad para escuchar, a menudo ya estamos seguros de lo que el otro va a decir, de modo que cuando habla no escuchamos lo que dice, sino lo que pensamos que va a decir. Imitar al joven Samuel diciendo “habla Señor que tu siervo escucha”, y poder así recibir su respuesta, presupone tener la capacidad de escuchar verdaderamente, sin torcer la verdad. San Pedro menciona que incluso con la palabra escrita de Dios, no es difícil torcer la verdad (2 Pt 3:16). 

Docilidad a los santos ángeles

Habiendo hablado de la naturaleza de la docilidad en general, podemos hablar más particularmente de cómo ser dóciles a los santos ángeles. Es importante dejar algo claro desde el principio; cuando hablamos de ser dóciles a los ángeles, estamos interesados ​​en la iluminación que nos lleva a conocer las verdades eternas que santifican y perfeccionan nuestras mentes a la luz de Jesucristo. La razón por la que mencionamos esto es porque las personas tienden a trivializar drásticamente el papel del ángel en nuestras vidas. Sin duda, todos tenemos experiencias en las que el santo ángel nos ha ayudado en nuestras necesidades cotidianas. Por ejemplo, el ángel ha ayudado a encontrar nuestras llaves perdidas, o nos ha recordado que debemos regresar y verificar algo que necesitaba de nuestra atención, o el ángel nos ha ayudado a salir de una mala situación, etc. Estas historias son muy comunes. De hecho, son indicaciones verdaderas de la obra del santo ángel, y son muy buenas. Pero cuando hablamos de aprender a estar abiertos a los santos ángeles, sería un grave error pensar que estamos interesados ​​en descubrir formas de aprender a ser iluminados por el santo ángel, para que pueda ayudarnos con más frecuencia, en estos asuntos tan mundanos. Nuestro objetivo no es aprender a enseñarle a nuestro ángel trucos ingeniosos, ni cómo puede ayudarnos constantemente a encontrar objetos perdidos. La docilidad de la que hablamos va mucho más allá de las pequeñas preocupaciones de nuestra existencia diaria.

Dicho esto, podemos considerar cómo podemos ser dóciles al ángel. El primer punto importante es que, considerando el concepto de instrumentalidad, un artista generalmente usa un instrumento de acuerdo con la naturaleza propia del instrumento. El hombre es una criatura racional, por esta razon Dios quiere usarnos como una criatura racional. Nuestra cooperación requiere del uso de nuestra razón. El pecado, especialmente el pecado de las adicciones, en cierta medida priva al hombre del libre uso de la razón. Así, el hombre se rige no por la razón, sino por sus pasiones irracionales, con lo cual, la persona se vuelve menos capaz de ser un instrumento de Dios. Esto corresponde con la observación hecha por Santo Tomás, en cuanto a que entre menos el alma esté controlada por los sentidos, más abierta estará a las inspiraciones de los ángeles.

Relacionado con esto, el Beato Peter Faber enseñó que el vicio, particularmente el comer o beber en exceso, apaga a la persona de las inspiraciones de los ángeles buenos y los deja abiertos a la influencia de los ángeles malos. Es por eso que él personalmente decidió “ser muy moderado al comer y beber y en toda su actividad externa… dándose cuenta de que es muy importante que los espíritus malignos pierdan su capacidad de morar en su cuerpo e influir en su alma, ya que no pueden encontrar allí un corazón atontado por la comida y la bebida”.

Doctrina de la iluminación

Habiendo hecho esas observaciones preliminares, es útil considerar la forma en que los ángeles pueden iluminar al hombre. Santo Tomás enseña lo siguiente:

El intelecto humano no puede comprender la verdad universal en sí misma revelada; porque su naturaleza requiere entender, recurriendo a los fantasmas (imágenes). Entonces los ángeles proponen la verdad inteligible a los hombres, bajo las similitudes de las cosas sensibles. De acuerdo con lo que Dionisio dice, “es imposible que el rayo divino brille sobre nosotros de una forma distinta, a la de estar envuelta por la variedad de velos sagrados”. Por otro lado, el intelecto humano al ser inferior, es fortalecido por la acción del intelecto angélico. Y de estas dos maneras el hombre es iluminado por un ángel.

Santo Tomás indica dos cosas que el ángel hace para iluminar la mente del hombre: 1) Ellos tienen que fortalecer el intelecto del hombre y 2) Ellos necesitan proponer la verdad bajo la similitud de las cosas sensibles.

Con respecto al primer punto, el intelecto del hombre se fortalece por la acción del intelecto angélico. Esto se puede experimentar en un sinnúmero de distintos grados. Un místico francés describe este fenómeno en los siguientes términos:

Cuando el alma esta en completa sintonía con los ángeles, experimenta, por así decirlo, un aumento de sus facultades. Un astrónomo cuando mira a través de un telescopio descubre horizontes que su vista, sin ayuda, no puede alcanzar. El efecto producido en el alma es más o menos análogo a lo expresado anteriormente, cuando a través del contacto espiritual que le une al ángel, experimenta una repentina extensión de su mente y su amor.

El fortalecimiento de nuestra mente puede ocurrir de muchas maneras sutiles o no tan sutiles. Por ejemplo, sucede que vemos u oímos algo miles de veces y luego, de repente, a la milésima vez, le vemos como si nunca antes le hubiéramos visto. De pronto, hay una claridad que nunca antes había estado allí, y nos habla exactamente de lo que necesitamos saber en ese momento. Puede ser que de repente tengamos una nueva visión del significado de un pasaje de la Escritura, o la importancia de un evento en nuestras vidas nos lleve a una conversión más profunda.

Un ejemplo de esto es la historia de Whittiker Chambers. Era un comunista ateo. Un día, en la mesa del desayuno, levantó la vista del periódico de la mañana y su mirada cayó sobre la oreja de su pequeña hija. En un instante supo con certeza que tenía que haber un Dios Creador para que el oído existiera. Su vida entera cambió en aquel espontaneo e inesperado momento por un instante de comprensión. Ese es un ejemplo dramático de la forma en que el ángel puede fortalecer la mente para captar con claridad la verdad. Hay muchos otros ejemplos menos dramáticos de esto que nos ocurren todos los días.

El segundo punto importante de Santo Tomás, es que el ángel no puede comunicarse con nosotros a través de las especies inteligibles universales, de la manera como se comunican entre sí. Nuestro conocimiento se adquiere a través de los objetos particulares accesibles a nuestros sentidos. Deben, por lo tanto, iluminarnos de acuerdo con ese modo sensible. Esto significa que se comunican a través de imágenes. Hay múltiples ejemplos del uso de imágenes para la revelación, a lo largo de las Sagradas Escrituras. De hecho, la Biblia está ampliamente compuesta de símbolos e imágenes, cada una de las cuales tiene  gran profundidad de significado. Como dice el refrán: una imagen vale más que mil palabras. El conocimiento angélico es mucho más universal que nuestro conocimiento. Esta es la razón por la cual los ángeles usan imágenes, ya que las imágenes o los símbolos nos proporcionan la mejor forma de adaptabilidad a nuestra capacidad de saber comunicar un concepto universal.

Tomemos, por ejemplo, al azar, el pasaje del profeta Jeremías donde nuestro Señor le ordena al profeta que baje a la casa del alfarero para verlo hacer ollas. El profeta observa y ve que el alfarero a veces hace una buena olla. Pero cuando la vasija no toma la forma correcta, el alfarero comienza de nuevo, destruyendo lo que salió mal. De esto, el profeta aprende una lección para Israel, pero está destinado a ser algo mucho más grande que eso. En lugar de explicar simplemente en términos evidentes lo que Dios pretendía hacer con Israel, y cuando lo haría, él presentó la imagen del alfarero. Esta imagen contiene muchos niveles de significado que aplican no solo a la situación histórica transitoria del profeta.

Los ángeles nos enseñan a través de las imágenes de la Sagrada Escritura, o de los signos externos de los sacramentos, para elevar nuestras mentes al conocimiento de la verdad. Pero, de nuevo, el ángel no se limita a estos símbolos sagrados. Hay miles de cosas que llaman nuestra atención a lo largo del día. Esto produce un flujo interminable de imágenes sensoriales; a los santos ángeles les gustaría arrojar los insanos e inútiles a un segundo plano, y enfatizar en aquellos que son más refinados, correctos y saludables. El ángel puede combinar varias imágenes almacenadas en nuestra imaginación, para llegar a una nueva visión. Quiere reforzar las imágenes útiles para hacerlas más claras y nobles. Mientras que el diablo quiere hacer todo lo contrario.

Todo esto ocurre dentro del dominio de nuestro libre albedrío. No somos instrumentos ciegos, como dejamos en claro anteriormente. Debemos cooperar con este proceso. Primero hacemos esto protegiendo nuestras mentes de las imágenes falsas y peligrosas: las imágenes que alimentan nuestras tendencias pecaminosas y las preocupaciones mundanas. Es por nuestra propia mediación y reflexión que estamos dispuestos a recibir esta ayuda de los ángeles. San Pablo dio la siguiente exhortación:

“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4, 8). Esto, en pocas palabras, es una de las formas fundamentales para ser dóciles a los santos ángeles. Piensa en esas cosas y libera tu mente de las otras cosas que no son bonitas, bondadosas ni excelentes. 

Última palabra de advertencia

En conclusión, San Pedro nos da una directriz importante:

“…entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 P 1,20). Por esta razón, en la prudencia y la fe, tenemos el deber de someter todos nuestros pensamientos e inspiraciones al Magisterio de la Iglesia y a las reglas de la santa prudencia, y cuando corresponda, a un director espiritual o confesor. Esto evitará que seamos engañados o que seamos víctimas de las tonterías que pueden venir de nuestro propio espíritu humano o del espíritu caído. Una característica segura de los santos ángeles es que cuando guían e inspiran quieren anclarnos siempre más firmemente en la Iglesia y hacer que actuemos de acuerdo con las virtudes. Por lo tanto, pueden usar una imagen o un signo, pero esto tiene la intención de llevarnos a una comprensión más profunda que podemos verificar mediante la doctrina de la Iglesia o consultando a nuestro director espiritual  o a una fuente confiable.  Cuando el diablo usa signos, lo hace para halagar al ego y hacer que el hombre rinda su razón, para que ya no actúe de acuerdo con la prudencia y la fe, sino de acuerdo con el poder y la autoridad de los signos. El diablo comienza con cosas piadosas, pero por medio de ellas gradualmente aleja el alma de Dios. Este fenómeno se puede verificar en el hecho de que tales almas pierden cada vez más su docilidad ante la autoridad de la Iglesia, ante sus confesores y directores. Esto, sin embargo, toca el tema del discernimiento de espíritus, que esperamos tratar con mayor detenimiento en una conferencia posterior.