El Misterio de la Navidad y los Santos Ángeles

Navidad es la fiesta de la alegría, pues nació el Salvador, y los Ángeles son mensajeros de la alegría. En preparación para esta solemnidad, queremos caminar junto con los santos Ángeles a través del Adviento. En la imagen colocada en esta carta, podemos contemplar el motivo de la Navidad. Observemos algunos aspectos, mirando al Niño JESÚS, rodeado de luz, pues Él mismo es la Luz del mundo.

1) El DIOS invisible se hace visible – la Admiración de los santos Ángeles

Todos los santos Ángeles se admiran ante este acontecimiento, deseando ardientemente poder contemplar al divino Niño. Incluso los serafines, aquellos que el profeta Isaías (cap. 6) vio en el santuario cantando el “Santo, Santo, Santo”, y los que están cerca de DIOS y lo rodean, miran hacia el Niño JESÚS aquí en la tierra.

Fue en la aurora de la creación, cuando DIOS dijo: “Hágase la luz… y DIOS separó la luz de las tinieblas” (Gn 1,3-4). Durante la prueba de los Ángeles, DIOS se había ocultado. No conocemos exactamente como fue esta prueba, pero, después de ella, los Ángeles fieles fueron recompensados con la visión beatífica de la Santísima Trinidad. En la luz de esta visión, los santos Ángeles contemplan el misterio de DIOS, Quien es Espíritu, mirando el rostro del PADRE que está en el cielo (cf. Mt 18,10). También pueden contemplar la belleza de DIOS en su creación y en las creaturas, especialmente en el hombre, creado según la imagen y semejanza de DIOS. Pero algún día DIOS mismo iría a aparecer en una forma corporal, y fue el arcángel Gabriel quien recibió la honra de anunciar a la Virgen. Así podemos entender que para los Ángeles sería un nuevo “hágase la luz” en el establo de Belén. Lo que para los pastores tal vez fue algo idílico, para los Ángeles fue como una nueva revelación cuando DIOS apareció en la carne. Podemos bien imaginar, que, para los ojos de los Ángeles, aquél pobre establo estaba todo iluminado.

También podemos imaginar, que ya durante el embarazo de María, los Ángeles se encontraran en una gran expectativa y deseo de ver a DIOS en la carne (cf. 1 Pd 1,12) como diciendo: “Ven, Señor Jesús”. Y cuando JESÚS nació, los santos Ángeles irrumpen en el júbilo de la Navidad, cantando el “Gloria”. Ahora DIOS había salido de su invisibilidad y podía ser visto por los hombres. La tierra se iluminó. Los santos Ángeles son los “maestros de la admiración”, que ahora, mucho más todavía, quedan pasmados por la humilde apariencia de DIOS Hijo, presente en el pesebre, y, al lado de María, de José y de los pastores, ellos contemplan al recién nacido, el Verbo encarnado. Escribe el beato Columba Marmión: “Ellos vieron en Él a su Dios y este conocimiento coloca a aquellos Espíritus puros en la admiración de una humildad tan incomprensible, porque Él no quería unirse a la naturaleza de ellos: “pues Él no vino a ocuparse de los Ángeles, sino de la descendencia de Abrahán” (Hb 2,16).

Nosotros, los hombres, vemos a nuestro Señor velado en el Pan de la Eucaristía. Los padres de la Iglesia establecen una relación entre el pesebre y el altar. Sobre este altar está colocado el Niños JESÚS, el verdadero Pan bajado del cielo. San Atanasio explica: “Belén significa Casa del Pan, porque allí el “Pan vivo del cielo” bajó a nuestra tierra, y a partir de ahora, se hará presente en todas nuestras iglesias” (PG 28,688d). Nosotros lo contemplamos por la fe. Pero los Ángeles lo ven también en la luz clara, por lo tanto, están delante de este Sacramento con una gran admiración. Así que el santo Cura de Ars decía: “Oh, si yo tuviese los ojos de los Ángeles para ver al Señor, presente aquí sobre el altar. Como lo amaría. Él está, Él nos espera. DIOS mío, que lástima que no estemos totalmente penetrados por tu santa presencia”. El amor de DIOS en el misterio de la encarnación fue, en cierto sentido, “incomprensible” también para los Ángeles. Ninguna criatura puede comprender el amor de DIOS, pero cada criatura lo puede adorar.

2) Dios reconcilió consigo al mundo – la amistad de los Ángeles con los hombres

En medio de la imagen podemos observar a cuatro Ángeles mirando al Niño JESUS. Los santos Ángeles consideran también su propia misión futura. Observamos en ellos diversos símbolos, indicando que ellos quedarán en la tierra con los hombres, acompañando y serviendo a nuestro Señor.

El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir. Por eso, también los Ángeles se disponen a servir y seguir al Señor en Su humillación. Sobre esto Orígenes escribe: “Y los cielos se abrieron” (Ez 1,1). No era suficiente que un cielo se abriera, varios cielos se abrieron, y los ángeles bajaron hacia aquellos que deberían ser salvados. Ellos no bajan de un cielo sino de todos los cielos… Cuando ellos vieron a CRISTO viviendo en la tierra, el verdadero Principe de los ángeles, ellos bajaron directamente del cielo, para seguir a su Señor y obedecer Su voluntad. Mientras ellos servían al Hijo de DIOS, se dijeron entre sí: Si Él baja del cielo adentro de un cuerpo mortal, y se viste con carne mortal, si el sufre en la cruz y muere por los hombres, entonces ¿podemos quedarnos tranquilos y cuidar de nosotros mismos? ¡Venid todos los ángeles, bajemos del cielo!” (Homilías a Ezequiel, 1,7).

La cruz es el símbolo del amor misericordioso de DIOS, y de la paz que está llegando, pues escribe San Pablo: DIOS reconcilió al mundo consigo… por la sangre de su cruz (Col 1,20). De hecho, los Padres de la Iglesia y la Liturgia, vieron en el cántico de los Ángeles y, en el anuncio a los pastores durante la Noche de Navidad, el comienzo de una nueva era de fraternidad entre todas las creaturas dotadas de inteligencia.

Tenemos un ejemplo de san Germano de Constantinopla, dirigiéndose a nuestra Señora: “Después de tu parto, los ejércitos de los Ángeles del ministerio celestial salieron y cantaron los himnos al Dios por ti concebido, y cuando ellos anunciaron que la gloria en las alturas se consumara, declararon que a la tierra había llegado la paz”, y que a partir de ahora no habría más “enemistad, por causa del muro de separación entre los hombres y los ángeles, entre el cielo y la tierra, sino que a partir de ahora comenzará a construirse una comunicación unánime entre las dos partes, tanto de los Ángeles como también de los hombres, y se ofrecería la misma adecuada glorificación al único Dios.” (PG 98,341).

Por el pecado y por la expulsión del hombre del paraíso, los ángeles se consideraban enemigos del hombre pecador, que se había hecho enemigo de Dios, y un muro los separaba. Ahora, con la aparición del Hijo de Dios en la tierra, los cielos y la tierra se unieron, “los Ángeles bajaron hasta el género humano en la tierra, y los hombres fueron elevados a la misma glorificación celestial del único Dios”. Y san Juan Cristóstomo escribe que los espíritus celestiales “desde el nacimiento del Salvador, ya no despreciaron a los hombres, sino que los consideraron como compañeros y co-dignatarios suyos”. (PG 62,321-322). Esta es la Buena Nueva del Evangelio: “Dios en la tierra, el hombre en el cielo, y todo queda unificado entre sí: Los ángeles se unieron con los coros de los hombres, los hombres se aliaron con los ángeles y las otras virtudes celestiales. La guerra cesó, la reconciliación ha llegado, los demonios huyeron. Y se vio la vida del cielo trasladada a la tierra, cómo las potestades celestiales confiadamente se relacionan con nosotros, y cómo los ángeles ahora habitan continuamente en nuestro mundo” (In Matth. hom. 1,2; PG 57,15D).

Una maravillosa oración del Missale gothicum, para la fiesta de Navidad, expresa bien estos pensamientos: “Dios Omnipotente y Eterno, que por tu encarnación, como una piedra angular,  restauraste la antigua discordia entre Ángeles y hombres, causada por la trasgresión junto al árbol antiguo, concede a tus siervos, que se alegren de tenerte en la bienaventuranza de esta solemnidad, como compañero revestido de la carne, que sean conducidos a la unión con los habitantes celestiales, sobre los cuales tú colocaste tu Cuerpo que asumiste.”

Y junto con la amistad con los ángeles, el Señor nos conceda también el poder de imitarlos y de llevar una vida angélica. Por esto, la Palabra divina bajó del cielo, “para hacer de los hombres ángeles”, de transformar a las almas tan profundamente, que no solamente quedasen libertados de la maldad más oscura, sino que sean también elevados a la cumbre de la virtud. […] ¿Quién podía expresar la sabiduría de sus preceptos, la virtud de sus leyes celestiales y esta vida angelical tan ordenada? Él nos introdujo en una vida, él despidió por nosotros mandamientos; él introdujo un orden tal, que todos los que se sometieran a él, se transformarán en ‘ángeles’ y serán semejantes a Dios en la medida que sea posible… “

3) Primeros Evangelizadores de la buena Nueva

En la parte de abajo de la imagen, vemos tres Ángeles, y en la cinta está escrito: Annuntio vobis gaudium mágnum (Os anuncio una gran alegría). Los Ángeles son los mensajeros del Evangelio.

El primer anuncio de la llegada del Mesías al mundo se realiza en el templo (Lc 1,17), al sacerdote Zacarías. El anunciador es San Gabriel, quien ya en el Antiguo Testamento tuvo la tarea de revelar al profeta Daniel los tiempos de la llegada del Mesías (cf. Dn 8,16-26; 9,20-27; 10,4ss). El Ángel define su mensaje como una “Buena Nueva” (1,19). Esto es el significado del Verbo griego euaggelizô “traigo una buena noticia”, lo que en español significa evangelizar. San Lucas usa aquí, por primera vez, este término, pronunciado por los Ángeles.

Apareciendo DIOS mismo en los rasgos humanos, el Ángel no se limita a llevar a los pastores el mensaje divino, sino que además es mediador de la “Luz inaccesible” (1 Tm 6,16) de la presencia de Dios, que envuelve a los pastores infundiendo “gran temor” (Lc 2,9) por la manifestación repentina de lo sobrenatural, penetra en lo íntimo de los corazones, abriéndolos a la fe. Ellos, de hecho, van deprisa a Belén a ver al Niño, contando aquello que les fue dicho (2,17) por el Ángel, suscitando la admiración entre los presentes. Y luego los pastores vuelven a sus lugares “alabando y glorificando a Dios” (2,20).

La pobreza de la señal ofrecida a ellos por el mensajero celestial: “encontrarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” no desilusiona a los pastores, a quienes fue primeramente anunciado el nacimiento del Mesías, el Señor. De hecho, como dice san León Magno “…al final del anuncio, se acrecentó la exultación de innumerables Ángeles para hacer más excelente el testimonio con el brillo de los sonidos del ejército celestial, que unánimemente cantan al Señor: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14).” (Nono 39, discurso de la Navidad del Señor ).

La evangelización, que los Ángeles proclaman en el nacimiento de Jesús, no se limita solamente a Israel, representado por los pastores, sino que se extiende también a los pueblos paganos, de los cuales los reyes magos son las primicias: Los espíritus bienaventurados “de hecho comprenden que la Jerusalén celestial está para ser formada por todos los pueblos del mundo” y de esto se alegran (ibid. p. 52,2). Proclaman, por lo tanto, casi contemporáneamente la Buena Nueva a los judíos y a los paganos, incluso con modalidades diferentes: la fulgurante aparición de la Estrella en el cielo de Belén descrita por Lucas (cf. 2,9-14), corresponde en el cielo del Oriente, a la aparición de un fenómeno astral descrito por Mateo (cf 2,1ss), que podemos justamente suponer que es de marca angélica. ¿No son los ángeles los regentes del cosmos? A quien, si no a ellos, el Padre celestial podría confiar el encargo de hacer surgir “la estrella (del Mesías)” (Mt 2,2), que sea identificable con el cometa de Haley, como creen algunos, o según la hipótesis de Kepler, con una conjunción de los planetas de Júpiter y Saturno, o con una “estrella nueva”, o como suponen otros, con un fenómeno luminoso en la atmósfera terrestre?

Queridos hermanos, cuando en el año 1969, los primeros hombres regresaron de su visita de la luna, el presidente americano R. Nixon declaró, que esto había sido el mayor acontecimiento en la historia de la humanidad. Luego le contestó un famoso predicador diciendo que esto no es cierto, ya que el mayor acontecimiento en la historia es el Misterio de la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de DIOS. Todos esperamos una bonita celebración del nacimiento del Niño JESÚS, pero necesitamos dar un paso más. Los pastores no se quedaron en el campo, alegrándose con la gloria del Señor que los envolvía, sino que luego se dirigieron a la gruta de Belén. Guardemos un ardiente deseo de ver al Niño JESÚS y de encontrarlo también en nuestros días. Invitemos por eso a los santos Ángeles…

Oración: Santos Ángeles, primeros evangelizadores de la Buena Nueva, haced que todos los hombres, por vuestra intercesión, tengan el don de la fe en Cristo el Señor, único Mediador entre el cielo y la tierra, solamente por quien podemos ser salvos.