CC49 Kyrie Eleison

CC49 Kyrie Eleison

“Kyrie eleison”

La primitiva iglesia conmemoraba tres días a la semana de una manera especial, el sufrimiento de nuestro Señor JESUCRISTO: el miércoles la traición de Judas, el viernes la Pasión de JESUS y el sábado Su sepultura. En estos días los fieles ayunaban hasta las tres de la tarde. Luego se reunían en una determinada iglesia de Roma con la presencia del Papa. Después salían todos en procesión por la ciudad hacia otra iglesia (estacional). Durante el camino se cantaba una letanía; el diácono recitaba solemnemente las invocaciones del Señor, y todo el pueblo respondía – en la lengua litúrgica griega, usual en aquel tiempo – : “¡Kyrie eleison – Señor, ten piedad de nosotros!”. Finalmente el Papa daba una señal, el pueblo callaba y empezaba la Santa Misa.

            Debe haber sido muy conmovedor, cuando el pueblo celebraba el sufrimiento de CRISTO, ciertamente también oprimido por las aflicciones de su tiempo y de su propia vida, y cuando pasaban por las calles suplicando ardientemente: “¡Señor, ten piedad de nosotros!” Cuántas aflicciones, cuánta angustia, cuántas preocupaciones sobre la suerte del país y de la ciudad, sobre los deseos grandes y pequeños de la propia vida se resolvieron y encontraron consuelo en esta santa aclamación.

            Cuando en la Edad Media los Papas no pudieron entrar en la Ciudad Eterna por casi 75 años, se perdió esta costumbre tan venerable. No había más procesión, no se cantó más la letanía. Pero hasta el día de hoy se ha conservado en cada Santa Misa esta súplica a la misericordia de DIOS: el Kyrie eleison.

            Cuando en el siglo pasado se acabó la guerra sangrienta de Crimea (Rusia), se erigió en los campos de batalla una cruz blanca elaborada en piedra, y allí no fueron inscritas otras palabras sino estas: “¡Señor, ten piedad de nosotros!” Esto fue realizado por aquella mujer valerosa, que en aquel tiempo fundó la Ambulancia Sanitaria. Ella había visto tantas crueldades y observado profundamente la miseria humana, que solamente estas palabras le parecían dignas y adecuadas: “Kyrie eleison”.

            Hoy experimentamos de nuevo el significado de esta súplica en este valle de lágrimas. Nunca se ha hablado tanto de paz, ni se han hecho tantas conferencias sobre la paz como en nuestros días. Y sin embargo, los hombres aún están entregados a este cruel flagelo de la guerra – pensemos solo en el sufrimiento que ha invadido la antigua Yugoslavia, Somalia y Camboya (aquí en México, Chiapas). Parece que la miseria se aglomeró y asaltó a los hombres. Miseria y aflicción tenemos siempre y en todos los lugares, pero muchas de ellas son silenciosas en las casas y muy escondidas en los corazones de los hombres.

            El hombre muchas veces es orgulloso y no quiere confesar su debilidad; quiere ayudarse a sí mismo, quiere realizar su propia vida y manejarla con sus propias fuerzas. Y si él aparentemente es muy firme y decidido; dentro, en su corazón, suplica con toda su miseria: “¡Señor, ten piedad de mí!”

            Así es la vida: nosotros no somos seres divinos, somos pobres criaturas, acosadas por una aflicción tras otra. Por algún tiempo las sobrellevamos. Pero en breve sentimos como se nos van las fuerzas, y buscamos a alguien que nos ayude. Esto no es cobardía no es miedo sino simple y llanamente la verdad. Así como el ahogado busca el apoyo, así cada corazón del hombre busca en las aflicciones a alguien que le puede ayudar. Y éste sólo puede ser Uno, Uno, que es más fuerte que todos los sufrimientos y todos los tormentos de este mundo. Éste es DIOS, el Omnipotente.

Vamos a considerar ahora para que seamos conscientes de lo que significa: El Omnipotente.

            Imaginemos a alguien que lucha contra el flujo de una corriente. Él no consigue levantarse por la fuerza contraria del agua. Siente como le fallan sus músculos, pues la corriente es más fuerte. Pensemos en el ímpetu destructor de una avalancha, y en otras fuerzas de la naturaleza como la tempestad, el volcán, el terremoto, todo esto no tiene poder contra DIOS. Y las fuerzas del cosmos, las estrellas, tan grandes que apenas podemos describirlas, todo esto tiene poco poder contra DIOS, como un pequeño mosquito que quisiera empujarnos y hacernos caer. Todo está en Su poder, es como un escarabajito en nuestra mano.

            Podemos también concebir a un joven fuerte, sano, a quien nadie parece derribar. Pero de pronto le llega algún virus de una enfermedad y él siente, que es impotente contra esto, impotente contra estos animalitos pequeñitos que destruyen su cuerpo. O a alguien optimista y que trabaja con alegría y tiene buenos resultados. Le sorprende una desgracia, una decepción que duele en su alma como una roca pesada de tal manera que él apenas puede conseguir hacer algunas cosas con gran dificultad. Estas son fuerzas contra las cuales el hombre todavía puede defenderse. Para eso tiene una firme voluntad. ¡Pero qué débil es él contra estos males! Pero para DIOS no es nada una enfermedad o la muerte; melancolía y tristeza no tienen ningún poder sobre ÉL. Él es el Señor y Señor ilimitado. Él puede desviar toda enfermedad según Su voluntad. Él creó el alma del hombre, Él puede fortalecerla en todo sufrimiento, darle valor y alegría tan pronto como Él lo quiera, porque Él es poderoso.

Acerca de esta omnipotencia escribió una vez el obispo Eberhard de Tréveris, más o menos hace cien años:

DIOS, “eterno y bienaventurado, en Su propia vida interior ve desde toda la eternidad todo un mundo delante de Sí, en Su pensamiento, y Él desea en Su vida divina que se haga realidad este mundo visible. Él quiere, y la luz extiende sus rayos hacia la creación; Él solamente quiere, y Su voluntad manda a los mares a sus límites, y se mueve la vida de las plantas, el mundo de los animales llena las montañas y los valles, los bosques y campos; Él lo quiere, e innumerables estrellas abren sus ojos brillantes en la bóveda del cielo en una belleza de luz, de la cual el transcurrir de milenios de años no puede quitar nada de su esplendor.

Una fuerza tal de voluntad supera infinitamente todo lo que podemos contemplar y experimentar en la vida terrestre. Nosotros podemos unir y separar las cosas y las fuerzas, no podemos crear una cosa nueva.

Una fuerza semejante de voluntad, como la que DIOS usa en la creación, no nos la podemos imaginar, aun cuando tuviéramos la fuerza imaginativa más atrevida y más ardiente. Imaginarlo no podemos, pero debemos pensar: así es y no puede ser de otra manera. Muchas cosas que son verdad y realidad no las podemos imaginar”. (De una homilía sobre el primer libro de Moisés, tomada de la Liturgia de las Horas.)

A este Omnipotente nos dirigimos, cuando pedimos ayuda y misericordia. ¿Entonces, sería ridículo de cuestionar, de dudar, si Él puede ayudarnos? Claro, muchas veces caemos en un engaño. Experimentamos el mundo que nos rodea como algo grande, superior a nosotros. Pero DIOS es para nosotros algo que está lejos, es algo incierto. Y sin querer estamos tentados a pensar que Él no tiene poder sobre las fuerzas de la naturaleza, o contra desgracias y miserias. Pero cuando nosotros buscamos conocer las cosas a la luz de la Revelación, todo se arregla. Entonces el mundo se vuelve siempre más pequeño y DIOS siempre más grande. Y sentimos entonces casi como una temeridad de preguntar: ¿DIOS nos puede ayudar? ¡Claro que puede!

Pero, ¿Él también quiere? ¡Cuántas veces se ha observado, que el rico es duro de corazón y avaro! ¡Que el poderoso no se preocupa de los pequeños! ¡Que el fuerte y el sano no tienen consideración de los débiles y enfermos! ¿Quizás no sea también así con DIOS? ¿Tal vez no tiene interés en nosotros? ¿Acaso Él necesita de nosotros para Su dicha y felicidad, cuando es tan fuerte y poderoso, y todo es propiedad suya? ¡Precisamente todo lo contrario! Si un rico es avaro, no se le puede llamar rico en realidad. Es un pobre hombre, su dinero no le pertenece, sino que él pertenece al dinero. Él está angustiado por eso y no encuentra alegría en su posesión. El rico verdadero no se deja dominar por su dinero, sino que dispone de él libremente y con generosidad. Cuando el fuerte no tiene consideración, en verdad es débil. Porque él está preocupado de errar, de no llegar a su meta, porque tenga que preocuparse también del débil, y él siente temor de perder su valentía y firmeza de decisión cuando piensa en ser compasivo.

            Pero DIOS es tan fuerte que puede al mismo tiempo atender a todos los necesitados. Es tan poderoso, que tiene alegría de preocuparse de las miserias. DIOS es tan poderoso, que al mismo tiempo es también inefablemente bondadoso, inefablemente suave y misericordioso. Y así sabemos entonces que también tenemos necesidad de DIOS. Él no es solamente fuerte, sino más poderoso que cualquier fuerza terrena, y más fuerte que toda miseria; Él es al mismo tiempo bondadoso, misericordioso y compasivo. En una palabra: Él no sólo puede ayudar, sino que Él también quiere ayudar.

            Siempre vamos a encontrar un corazón abierto en DIOS, el Todopoderoso, cuando nos dirijamos a Él: “Señor, ten piedad de nosotros”. El Kyrie eleison no es únicamente testimonio de la inmensa miseria de todos los tiempos, y de que el hombre necesita a alguien que le ayude. Nos dice, ante todo, que DIOS, el Todopoderoso, es también el “Todo misericordioso”.

            ¡Sigamos esta doctrina! Vayamos a DIOS con toda confianza en todas nuestras necesidades, porque Él es poderoso para ayudarnos, y es tan bondadoso que nos ayuda con alegría. Recemos con simplicidad y confianza, así como nos enseña el “Kyrie”.

            DIOS no siempre nos da enseguida lo que queremos. JESUS nos dice en el Evangelio, que nosotros “debemos orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1s). Por tanto, quien pide, debe considerar que debe pedir con perseverancia. ¿Por qué? Muchos deseos nacen de un impulso indefinido, de un capricho; pasan en cuanto no sean escuchados inmediatamente. Muchos deseos son buenos y justificados, pero deben ser antes purificados, y esto se realiza en la oración prolongada y perseverante. La oración prepara el alma para la recepción del don. Por eso, DIOS deja que los hombres pidan muchas veces, recen prolongadamente, a fin de que se desapeguen de los deseos inútiles, para que se fortifiquen en la confianza y se vuelvan dignos de recibir el don.

            Preparémonos, a que nuestras peticiones no sean atendidas inmediatamente; a que debemos rezar frecuentemente y muchas veces según las circunstancias, siempre de nuevo, como lo hace el “Kyrie”. No una vez, sino muchas veces, hasta que DIOS nos conceda lo que necesitamos. Y sí Él no nos lo concede, entonces habremos ganado una otra cosa: El alma encuentra la tranquilidad, aprende a ser humilde y a renunciar en la presencia continua de DIOS. Esto tal vez sea mejor aún, como si ella hubiera recibido lo que había pedido. Este don sería en verdad la mayor misericordia de DIOS: que el alma reciba la fuerza para renunciar a algo, que no servía para su salvación. (cf.: Romano Guardini, Predigten zum Kirchenjahr, Leipzig 1963, pp.218-225)

Desde el tiempo de los Apóstoles, los fieles han orado por todo el mundo, a fin de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (cf. 1 Tim 2,1-4). En este tiempo de preparación para la Pascua queremos hacer nuestras, todas las grandes intenciones de la Iglesia y de la miseria del mundo. Las grandes súplicas de la liturgia del Viernes Santo pueden formar y ampliar nuestra oración personal. Otra sugerencia: podemos contemplar las intenciones mensuales del Santo Padre, el Papa Juan Pablo II para todo este año.

Oración:

            Oh, Señor, en Tus brazos estoy seguro.

            Si Tú me sostienes, no tengo nada que temer.

            Si Tú me dejas, no tengo ya ninguna esperanza.

Te invoco, para que Tú me des, lo que es bueno para mí.

            Te invoco, para que Tú me quites, lo que puede dañar mi salvación.

            Solo a Tí lo dejo todo, porque Tú lo sabes y yo no.

            Ayúdame, conocerte a Ti, a creer en Ti,

                        a amarte, a servirte, a vivir por Ti.

Déjame morir en el tiempo, en el modo que a Ti Te agrade.

                                   John Henry Cardenal Newman