CC50 Temor de Dios

CC50 Temor de Dios

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El Santo Temor de Dios

En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre “Sal 31,20a”

Un rasgo característico de los Santos Ángeles es el temor reverente. Ellos llevan esta huella desde las alturas celestes, cuando son enviados a nuestras regiones terrestres. En esto también están unidos a DIOS en un amor ardiente, que tiene su origen en la visión beatífica de la Santísima TRINIDAD. Animados por la alabanza, de la esencia y de los milagros de DIOS, enseñan a los hombres la reverencia – la única actitud conveniente para una criatura delante de DIOS. Todas las maneras en que los Santos Ángeles aparecen, todos sus mensajes dirigidos a los hombres, a los cuales fueron enviados, están marcados por una profunda seriedad de la eternidad.

En la Sagrada Escritura siempre se hace hincapié en el santo temor, como así lo dice el Arcángel Rafael: “Bendecid a DIOS y glorificadle delante de todos los vivientes, pues ha mostrado en vosotros Su misericordia. Porque es bueno manifestar y pregonar las obras de DIOS” (Tb 12,6). Y también el Ángel, que proclama a los hombres con voz potente: ‘Teman a DIOS y glorifíquenlo… adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales” (Ap 14,7). Isaías podía ver al DIOS inefablemente Santo en su majestad inmensa. A Él lo rodean los ardientes Serafines y se regocijan en el Dominador todopoderoso del cielo y de la tierra el tres veces Santo (Cfr Is 6,1ss). El profeta queda profundamente conmovido y asustado, él se da cuenta: “Quien ve a DIOS debe morir” (Cfr Ex 33,20). Él se siente indigno y manchado. El DIOS Santo no puede tolerar pecado ni culpa en Su presencia, así el vidente se juzga entregado a la muerte: “¡Ay de mí, que estoy perdido!” Entonces uno de los Serafines toma una brasa ardiente del altar, toca su boca y dice: “… se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado.” Ahora él, está preparado para recibir lo Divino. (Muchos Padres de la Iglesia interpretan la brasa ardiente como el Mesías o la Santísima Eucaristía).

            La Gloria de DIOS es un fuego ardiente, una Santidad que deja ver cada impureza de la criatura, su nulidad, su inconstancia radical. Pero su victoria no consiste en la destrucción, sino en la purificación, en la reconstrucción, y en la divulgación sobre toda la tierra.

            Toda la Creación se conmueve y se llena de gratitud por lo que DIOS hizo en Su gran misericordia. “Por eso”, como nos amonesta la Carta a los Hebreos, “habiendo recibido la posesión de un Reino inconmovible, queremos… ofrecer a DIOS un culto que Le sea grato, con religiosa piedad y reverencia”; porque: “nuestro DIOS es un fuego devorador” (Hb 12,28-29).

          Con reverencia debemos entrar en relación con DIOS, con los hombres y con todas las criaturas, y con esta actitud humilde debe ser marcada toda nuestra vida. Un ejercicio preferible para entrar en esta actitud es la preparación para la celebración de la Santa Misa.

            Al inicio está la confesión de las culpas, la invocación de la misericordia de DIOS. Intentamos presentarnos a nosotros mismos ante DIOS, queremos dirigir la palabra a DIOS – entonces la Iglesia nos retiene y nos propone: ¿Sabes acaso lo que quieres hacer? ¿Sabes acaso, Quién es este DIOS con Quien quieres tratar ahora? ¿Sabes quién eres tú mismo, y que riesgo hay al dirigir la palabra al Todosanto? Antes de hacer frente a Él, prepara tu corazón, examina si tú eres digno.

DIOS mismo llamó a un “alto” a aquellos que quieren presentarse ante Él sin más ni más. Una vez Moisés pastoreaba los rebaños de su suegro Jetró, y llegó hasta Horeb, la montaña de DIOS. Vio una zarza que estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues, Moisés: “Voy a acercarme para ver este extraño caso”. Cuando vio Yahveh que Moisés se acercaba para mirar, le llamó diciendo: “No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada.” Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a DIOS (Ex 3,1-6).

            Así lo hace la Iglesia, porque nos quiere preparar para la celebración del Divino Banquete. DIOS es el Puro; no hay pecado en Él, ninguna imperfección, ni el más mínimo hálito de una mancha, solamente Pureza y Santidad brillante. ¿Entonces, el hombre no debería temer hablar con Él?

Quizá podemos imaginar, que alguna vez estamos caminando durante el invierno, atravesando el paisaje con la nieve recién caída. Se ve la naturaleza limpia, sin ninguna basura. ¿No se siente que se debe dejar así? La nieve que es como una flor blanca nos hace sentir algo misterioso. Se teme pisar con las botas sucias esta pureza y destruir esta tierra intacta. Esto ya es un poco de reverencia delante de lo que está puro.

            O podía suceder, que tengamos la suerte de encontrar un hombre, que tiene la pureza casi como en su propia naturaleza. Estas personas existen. No se sabe cómo, pero las palabras, los gestos, la actitud y el rostro, el mirar de los ojos, todo esto tiene algo puro-intacto; se siente profundamente: esta persona no quiere saber nada de un pecado. Quizás él también debe luchar, ciertamente, pero todo su ser se apoya contra el pecado, en su interior decididamente y con todas sus fuerzas ya se apartó de él. Es bello, francamente edificante, estar cerca de tales hombres. Al mismo tiempo se siente un cierto dilema delante de ellos, una cierta timidez – el corazón siente: tú en verdad, no eres digno de estar junto a él.

            Estas son comparaciones inadecuadas. Delante de DIOS todos los hombres son pecadores. DIOS no solamente hace lo bueno, Él es lo Bueno. Todo lo que es bueno, es solamente una sombra, un reflejo desproporcionado y pobre de Su infinita Bondad y Pureza. Y Él debe apartar de Sí todo lo impuro.

¡DIOS es puro; tremenda e inacercablemente puro! El brillo blanco de la nieve nos puede fascinar. Cuando se pasa por grandes superficies llenas de nieve, entonces el blanco nos deslumbra, y se deben proteger los ojos. La luz clara del sol es agradable, pero si nos volvemos a la causa, allá, donde sale en toda su plenitud, si miramos dentro del sol mismo, entonces es tan fuerte que puede destruir los ojos. Así es la pureza de DIOS; es tan indeciblemente puro, elevado sobre todos nuestros conceptos, que arde y quema, nos ciega y repele. Si nosotros nos dirigimos a DIOS y queremos hablar con Él, si conocemos quiénes somos verdaderamente, entonces nuestra pecaminosidad nos debe asustar, y temeremos como Moisés cuando estaba delante del Señor.

            ¡Si quieres rezar, entonces prepara tu corazón! Si quieres hablar con el DIOS infinitamente puro, ¡examínate, mira dentro de tí y pon en orden tu corazón! Somos exhortados a realizar esto antes de cada Santa Misa.

“En el nombre del PADRE y del HIJO y del ESPÍRITU SANTO. Amen.” – empieza el Sacerdote. Ya desde el comienzo el pensamiento en el DIOS poderoso, Uno y Trino está delante del alma. Y el sacerdote extiende sus brazos y saluda a la comunidad con el saludo cristiano. Después dice con las palabras siguientes o semejantes: “Para que podamos celebrar estos santos misterios, de un modo digno, queremos examinar nuestras conciencias y pedir a DIOS perdón de nuestros pecados.” Después nos retiramos en nosotros mismos y nos examinamos; miramos al Señor, a nosotros mismos y nos dolemos por nuestros pecados; vemos claramente, como somos poco dignos de aparecer delante del rostro de DIOS y de alabarlo. Estamos casi al lado del publicano arrepentido, atrás en el templo, nos golpeamos el pecho y reconocemos arrepentidos nuestra culpa. Lo único que nos puede ayudar, es, que DIOS infunda en nuestro corazón Su Luz pura y santa y nos muestre el camino, para saber como podemos mejorar.

            “DIOS es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de DIOS, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado… El corazón humano se convierte mirando Al que nuestros pecados traspasaron.” (Catecismo de la Iglesia católica, No. 1432)

Yo confieso ante DIOS todopoderoso,… ” – es una confesión pública. Todos lo deben escuchar, no solamente DIOS, el Tres Veces Santo, también los hermanos y hermanas alrededor: Yo he pecado, no solamente una vez, sino muchas veces, demasiadas veces; y no apenas ligeramente. No nos disculpamos, no decimos: No importa, yo no tuve esta intención, lo otros tienen la culpa, sino decimos: Por mi culpa yo pequé, y esta culpa en pensamientos, palabras, obras y omisiones es grande. Esto es un arrepentimiento honesto y sincero.

 Así, gravemente, sentimos nuestra culpa y que debemos buscar intercesores delante de DIOS, que nos deben ayudar. Por eso pedimos a la beata, purísima Virgen MARIA, a las miríadas de los Espíritus puros y los venerables, grandes Santos allá arriba, pero también mutuamente pedimos la ayuda y la intercesión de nuestros hermanos.   El sacerdote pide, como mediador y por mandato de DIOS, el perdón. DIOS ahora va a purificar nuestro corazón en la medida de nuestro arrepentimiento. Él Se inclina hasta nosotros en Su benevolencia, porque Él es bondadoso, indulgente, rico en amor para todos los que le invocan (Sal 86,5) cuando el culpable se aparta del pecado que cometió (Ez 33,14-16.19). También entre sus Ángeles reina la alegría sobre el pecador que se arrepiente y vuelve al Padre misericordioso (Lc 15,10). Ahora podemos como hijos Suyos con un corazón puro acercarnos a la Santa Celebración.

Esta es la preparación, que nos enseña la Iglesia, para que podamos participar dignamente en el Santo Sacrificio, en unión con los Ángeles y los Santos.

Procuramos tener tiempo suficiente para esto, ya antes del comienzo de la Santa Celebración. Estemos presentes a tiempo. Después nos preguntamos: Quiero asistir al Santo Sacrificio delante de la faz purísima de DIOS, ¿soy digno? ¿No pequé? ¿En qué he faltado?

Entonces viene el arrepentimiento por sí mismo: Señor, yo lo confieso, yo falté, por mi culpa, por mi gran culpa. ¡Yo me arrepiento, perdóname!

Ilumíname, fortaléceme, concentra mis pensamientos, hazme piadoso y reverente, para que yo sea digno de entrar junto con el sacerdote en lo Santísimo del eterno y Divino Sacrificio.

“La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de CRISTO que nos reconcilió con DIOS; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de CRISTO; ‘es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales’ (Cc. de Trento: DS 1638).” (Catecismo No. 1436) (Cfr: Romano Guardini, Predigten zum Kirchenjahr, Leipzig 1963, pp.211-217)

Adoración y gracias, petición y entrega

            DIOS, Te adoro. Yo sé, que soy nada delante de Tu Majestad. Tú sólo eres el Ser, la Vida, la Verdad, Belleza y Bondad. Te alabo y Te bendigo, Te doy gracias y Te amo. Quizás soy completamente incapaz e indigno de eso. Pero yo lo hago en unión con JESUCRISTO, Tu HIJO amado, nuestro Salvador y Hermano, en el amor de Su Corazón, en la fuerza de Sus méritos infinitos. Yo quiero servirte y agradarte, obedecerte y amarte siempre, así como MARÍA, la Inmaculada Madre de DIOS y Madre nuestra. Por amor a Ti quiero también amar a mi prójimo y servirle con alegría.

            ¡Por eso, dame Tu SANTO ESPÍRITU! Él debe iluminarme, enseñarme y guiarme en el camino de Tus mandamientos hacia toda perfección, hasta que llegue una vez a la felicidad celeste, donde pueda entonces alabarte eternamente. Amen.