CC51 dos o tres reunidos en mi nombre

CC51 dos o tres reunidos en mi nombre

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“Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” (Mt 18,20)

” ‘Recapitulados’ en CRISTO, participan en el servicio de la alabanza de DIOS y en la realización de su designio: las Potencias celestiales, toda la creación, los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza, el nuevo Pueblo de DIOS, en particular los mártires, ‘degollados a causa de la Palabra de DIOS, y la Santísima Madre de DIOS, finalmente una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas’ (Apc 7,9).” (Catecismo de la Iglesia Católica No. 1138)

            De hecho, CRISTO une a sí mismo esta obra grande, en que DIOS es plenamente glorificado y la humanidad es santificada, la iglesia, su esposa amada. Ella invoca a su Señor, y mediante Él da reverencia al PADRE eterno. “Para realizar una obra tan grande, CRISTO está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica… Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, Él mismo que prometió: ‘Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos’ (Mt 18,20).” (Vat. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, 7)

            Ya en el canto inicial de la Santa Misa hemos aclamado a CRISTO. Después de haber invocado la misericordia de DIOS en el acto penitencial y en el “Señor, ten piedad”, y después de haber alabado su magnificencia en el “Gloria”, el Señor habla en la “Oración del día” al PADRE, en favor de su comunidad. El sacerdote le presta su voz. El orador verdadero, sin embargo, es CRISTO. Por esa razón el sacerdote también toma Su posición: él levanta las manos como CRISTO en la cruz, como el Salvador ante el trono de DIOS, “para mostrar a DIOS PADRE, las llagas, el precio de nuestro rescate” (San Ambrosio, Comm. en Luc 10,24).

En otras partes de la Santa Misa todavía hay oraciones semejantes: la oración después del Ofertorio y la oración final después de la recepción del Santo Sacramento.

En estas oraciones nosotros sentimos, sobretodo, su forma sobria. Ellas son concretas y claras. Ningún pensamiento, ricamente desplegado, se encuentra en ellas, ningún movimiento en las imágenes, ningún sentimentalismo, únicamente pocas oraciones, que son cortas, evidentes, expresando exactamente el significado. Nuestras oraciones personales contienen en general palabras más ricas, contienen más sentimiento, y la condición interna del orante se manifiesta mucho más directamente. Al contrario, las oraciones de la Santa Misa no vienen del sentir de un solo individuo, sino de la conciencia y de las intenciones de todos los creyentes. En ellos reza la Iglesia entera. Aunque estas oraciones no quieren ser meramente textos formulados. En realidad, las debería preceder la oración silenciosa de la comunidad. El sacerdote habla con las manos en su posición: “Oremos”; hace una pausa. “En este breve momento de silencio común, cada uno debería colocarse a sí mismo ante la presencia de DIOS y formar una oración propia en su corazón” (introducción general en el Misal Romano No. 32). Cada uno reza por sí mismo desde el misterio del día por las intenciones comunes y propias. Este múltiple rezo silencioso, el sacerdote lo resume en las pocas frases de la Oración. Así las palabras cortas se llenan de toda esta vida, que ha subido hacia DIOS, inmediatamente antes, en el silencio.

Rezar significa, levantar el corazón hacia arriba, hacia DIOS, porque DIOS está sobre nosotros, y nuestro camino a Él va hacia lo alto. Él, sin embargo, también está dentro de nosotros; así el camino hacia Él nos conduce dentro del santuario interior. ¿Cómo sucede ahora este movimiento? Todas las oraciones litúrgicas terminan – de cualquier categoría que sea su contenido – en las palabras muy antiguas y santas: “Por eso Te pedimos por JESUCRISTO, Tu HIJO, nuestro Señor y DIOS, quien vive y reina contigo en la unidad del ESPIRITU SANTO por los siglos de los siglos. Amén. – ¡Así sea!”

El orden en la oración litúrgica viene del orden según el cual las tres Personas divinas realizaron la obra de nuestra salvación. Todo viene del PADRE y regresa a Él. Él ha creado el mundo mediante Su PALABRA. Cuando el hombre había pecado, el PADRE envió al HIJO al mundo, para que lo salve y lo reconduzca a Él. El poder, mediante el cual el HIJO Eterno llegó a ser Hombre y consumió su obra, es el ESPÍRITU SANTO. En la fuerza de este mismo ESPÍRITU, que el PADRE nos ha enviado en el nombre del HIJO, nosotros regresamos por el camino hacia la fuente, al PADRE. El camino, sin embargo, es CRISTO.

            En CRISTO nosotros somos cristianos. Nuestra vida nueva es un estar en Él. Oración cristiana significa, rezar en CRISTO. Su oración resuena en un gran coro. Sí, Su oración incluye la de todos, es fuerte y apoya nuestra

 oración débil; Su oración pura purifica la nuestra, que es tan embotada e indiferente. Su oración es totalmente sagrada, totalmente agradable, y completa lo que falta a la nuestra. ¡Cuán fuertemente debe subir esta oración hacia DIOS! Esta oración, en la que todo es reunido, la que ama el PADRE celestial: Su HIJO unigénito, en quien tiene Su complacencia, y Sus hermanos y hermanas, cuyas almas fueron rescatadas con el precio de Su Sangre preciosa.

Si nosotros profundizamos en la liturgia de la Iglesia, notamos que Aquél, ante cuyos ojos la Iglesia ejecuta las acciones santas y a Quien el movimiento de su hablar y hacer es dirigido, es casi siempre al PADRE. Raras veces, y entonces siempre en una ocasión particular, se vuelve al HIJO; por ejemplo, cuando es dirigida a las Santísimas Personas, una después de la otra, como en el Gloria, o cuando el sacerdote, en el “Cordero de DIOS”, casi está mirando en los ojos del Salvador, quien se da a Sí mismo como alimento.

Es el orden de la verdad y del amor, según el cual DIOS mismo vive, y en el que Él ha creado y salvado el mundo. En este orden Él nos llama nuevamente adentro. Según él, también nuestras oraciones deberían ejecutarse.

            Todavía otra cosa nos llama la atención: las palabras “Yo”, “mi” y “me” no aparecen en los rezos litúrgicos. Si la Iglesia invoca a DIOS, siempre reza con todos y para todos, como su fundador divino le ha enseñado: “Si dos o tres están reunidos en Mi nombre, estoy Yo en medio de ellos “(Mt 18,20). Nosotros, que pertenecemos a CRISTO, nos pertenecemos también mutuamente. Ninguno de nosotros puede decir: “¡Yo estoy para mí; los otros no me importan nada!” Y nadie puede decir: “¡Yo rezo por mí, cada uno puede ver por si mismo!” Porque el Señor dice: “Ustedes se pertenecen, son hijos del único PADRE; son una gran familia. Si rezan, debe ser así: como si rezarán hermanos: Ellos no solamente piensan en sí, sino caminan casi mano a mano, juntos, ante DIOS. No dicen: “¡Señor, ayúdame!”, sino: “¡Señor, ayúdanos!” El Señor nos promete, que si lo hacemos así, entonces Él querrá estar en medio de nosotros. Él es “el primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29). Él quiere rezar con nosotros y unir Su oración con la nuestra, para que llegue a ser efectiva. Y si la oración de los redimidos es agradable ante DIOS, entonces abrirá poderosamente el corazón del PADRE, si está unida a la oración de Su HIJO Eterno.

DIOS es el Creador y Señor del mundo. Él es, “el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas” (Hch 17,25). Él las ha dado también a nosotros. “Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (17,28). Cada hombre vive por Su bondad cada momento de su vida. Cada respiro que hace es por la bondad de DIOS; cada pensamiento que surge; cada deseo que nace en su corazón; todo, lo que el crea, efectúa y trabaja, comenzado desde un pedazo de pan, que come, hasta la casa más hermosa y sus bienes; toda su propiedad, desde el clavo en la pared hasta la más querida persona – todo es regalo de DIOS. Pero no solamente él tiene todo de DIOS. No solamente para él es DIOS el donador grande y bondadoso sino también para los parientes, para el vecino, para los extranjeros en la ciudad, que uno ni siquiera conoce; también para la persona, que nos es antipática, para el adversario y el enemigo; para cada hombre en todo el mundo. Todos, absolutamente todos viven de la misma mano bondadosa de DIOS. Con todo lo que ellos son, poseen y hacen, son obra de DIOS.

            Así nosotros pertenecemos juntos, por nuestra misma naturaleza, a una gran familia, en la que todos somos hermanos. Y así como uno busca a DIOS, así otros tantos millones buscan al mismo Señor y donador de todos los bienes. Nadie puede decir: “Él está únicamente conmigo y para mí, no para los otros.” Él es el Creador y el PADRE de todos.

            Sí, no solamente quiso ser Creador para nosotros, sino PADRE. Y nosotros deberíamos ser para Él no solamente sirvientes, sino hijos. Porque Él nos dio Su propia vida en la gracia y por el bautismo nos atrajo, muy, muy cerca de Él, y nos ha dado desde la profundidad de Su corazón Su propia vida, para que nosotros también podamos pensar como Él piensa; tener una mente como Él; amar lo que Él ama, y esforzarse por lo que Él quiere. Así nosotros, como cristianos, vivimos completamente de Él. Cada pensamiento bueno nos viene de Él. Cada movimiento noble del corazón sale de Él. Él nos ha puesto cada oración devota en el alma. Cada palabra de amor, cada acto de humildad, cada fuerza de voluntad heroica, todo, todo lo que es bueno en nosotros, es Su obra. Todo viene de Él: el iniciar y el ejecutar y el consumar (Cfr Fil 2,13). Nada podemos de nosotros, todo únicamente mediante Él. Y nadie puede decir, que por sí solo tiene tal privilegio. De Su Seno Divino recibieron todos los bautizados la misma vida; Su gracia la guarda en nosotros. Así estamos también unidos entre nosotros, somos hermanos y debemos tener tal actitud recíprocamente.

            Si las criaturas pueden caminar juntamente al Donador de todos los bienes, ¡cuánto más entonces los cristianos, que están relacionados todavía más entre sí, cuando están rezando al mismo PADRE celestial!

            “Además ‘danos’ es la expresión de la Alianza: nosotros somos de ÉL y Él de nosotros, para nosotros. Pero este ‘nosotros’ lo reconoce también como PADRE de todos los hombres, y nosotros Le pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus sufrimientos” (Catecismo, No. 2829).

La voz de la iglesia es la voz de todos los cristianos. Como un coro inmenso, sube su oración a las alturas eternas, donde habita el Creador de todas las cosas y el PADRE de todos los cristianos, Quien comprende con Su mirada ‘omnividente’ al mundo entero y a la vez ve en cada rincón; conoce cada persona con sus relaciones particulares y su necesidad personal; Quien todo ama, a los grandes y pequeños, los astutos y los simples; Quien quiere lo mejor para todos y que no olvida a nadie.

            A Él reza la Iglesia en nombre de todos; cada uno de nosotros está aquí, cada uno reza con ella y en ella. Ninguno habla únicamente para sí mismo, sino que cada uno toma las peticiones de los otros, como si fuesen las propias, y las lleva junto con ellos ante el trono del PADRE universal. Aquí, en la oración de la Iglesia, todo es uno y todo común. Lo que a uno aflige o interesa también al otro. La preocupación de uno es también la del otro. Cada uno responde también por su hermano. Cada uno lleva la carga del otro. Cada uno apoya al otro, lo eleva, pide por él, da gracias por él. Sí, verdaderamente, es una gran familia de DIOS, que llama al PADRE en los Cielos.

            Por lo tanto, deberíamos también unirnos a este “rezo de familia”. Si nos reunimos en la casa de DIOS, entonces no debemos cultivar una devoción privada, sino participar con la boca y el corazón en la oración común. De otra manera sería, como si uno debiera cantar en un coro grande, y entonara de repente una canción diferente para sí mismo. Podría ser hermosa la canción, pero perturbaría la gran armonía.

La voz de la iglesia es la voz de todos los cristianos. Como un coro inmenso, sube su oración a las alturas eternas, donde habita el Creador de todas las cosas y el PADRE de todos los cristianos, Quien comprende con Su mirada ‘omnividente’ al mundo entero y a la vez ve en cada rincón; conoce cada persona con sus relaciones particulares y su necesidad personal; Quien todo ama, a los grandes y pequeños, los astutos y los simples; Quien quiere lo mejor para todos y que no olvida a nadie.

            A Él reza la Iglesia en nombre de todos; cada uno de nosotros está aquí, cada uno reza con ella y en ella. Ninguno habla únicamente para sí mismo, sino que cada uno toma las peticiones de los otros, como si fuesen las propias, y las lleva junto con ellos ante el trono del PADRE universal. Aquí, en la oración de la Iglesia, todo es uno y todo común. Lo que a uno aflige o interesa también al otro. La preocupación de uno es también la del otro. Cada uno responde también por su hermano. Cada uno lleva la carga del otro. Cada uno apoya al otro, lo eleva, pide por él, da gracias por él. Sí, verdaderamente, es una gran familia de DIOS, que llama al PADRE en los Cielos.

            Por lo tanto, deberíamos también unirnos a este “rezo de familia”. Si nos reunimos en la casa de DIOS, entonces no debemos cultivar una devoción privada, sino participar con la boca y el corazón en la oración común. De otra manera sería, como si uno debiera cantar en un coro grande, y entonara de repente una canción diferente para sí mismo. Podría ser hermosa la canción, pero perturbaría la gran armonía.

“Si recitamos en verdad el ‘Padre Nuestro’, salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor, que recibimos. El adjetivo ‘nuestro’ al comienzo de la Oración del Señor, así como el ‘nosotros’ de las cuatro últimas peticiones, no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad, debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.” (Catecismo, No. 2792). Debe volverse una realidad en nosotros, lo que nos informa los Hechos de los Apóstoles sobre los primeros cristianos: “La comunidad de los fieles era un corazón y un alma” (4,32). Entonces también el Señor va estar “en medio de nosotros”, para ayudarnos a rezar, y lo que no consiga nuestra pobre y débil oración humana, lo alcanzará entonces la Suya.