CC53 Animo, he vencido al mundo

CC53 Animo, he vencido al mundo

¡Animo!, Yo he vencido al mundo (Jn 16,33)

Dejémonos guiar por el Señor mismo, con esta contemplación antes de la pascua, hacia el centro, lejos del mundo de nuestro yo, a este centro que diariamente es accesible en la celebración de la EUCARISTIA: hacia dentro del cenáculo. Y celebramos otra vez este “misterio de la fe” (mysterium fidei) como originalmente.

Esto no debemos verlo como una simple imagen o como una exageración retórica, sino como una realidad. Porque desde entonces, ÉL está verdadera y esencialmente siempre presente entre nosotros. Si ahora nosotros entramos en el cenáculo junto con JESUS, llevamos nuestro tiempo con sus dificultades y buscamos resolverlas viendo aquello que una vez sucedió allí y cómo continúa hasta el día de hoy.

Primero notamos, con qué sobriedad se realiza este acontecimiento aquí. Deberíamos pensar, delante de esta grandeza incomprensible, lo que acontece en la Santísima EUCARISTIA, que explotaría como en un entusiasmo encantador o, por lo menos, en un júbilo agradecido, más allá del tiempo y del espacio, por causa de este milagro. Pero nada de eso, antes bien, el Señor les dice a los que están presentes, lo que algunas horas más tarde realmente sucederá: “Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche..” (Mt 26,31).

Exactamente ésta palabra, es la que CRISTO dirige también a nuestro tiempo presente. Queremos confesar realmente la verdad. Porque ¿no nos escandalizamos también hoy, en los años después del concilio, de CRISTO y de Su cuerpo místico? ¿No nos enojamos continuamente por causa de uno o de otro? ¿No es tal nuestro disgusto, que nos acompaña casi hasta dentro del cenáculo, en la celebración de la Santísima Eucaristía, que hoy muchas veces es objeto de discusiones? Nos disgustamos por causa de las arbitrariedades y cambios que se hacen, de las renovaciones que se introducen voluntariamente, y esto ante la presencia del Señor, El cual quiere estar entre nosotros.

Pero, ¿no ocurría también esto en el tiempo de los apóstoles? Pero todavía viene peor. Se debería pensar, que en esta hora santísima, en la cual el amor del Señor va hasta lo último, hasta la consumación (Jn 17,4), ¿todo lo erróneo y malo y satánico debería haber sido apartado, y que el mismo Señor se lo apartó de sí mismo? ¡No, de ningún modo! ¿No hay un traidor entre ellos? El Señor aún lo desenmascara, cuando le da este bocado de pan mojado a Judas.

Y después sucede algo horrible, San Juan lo escribió: “Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás” (13,27). ¿No es horripilante, que Satanás pudiera esperar a su víctima en este cenáculo, para nosotros tan santo? ¿Cómo podía estar presente, en este ambiente santo de este último banquete de amor, el malo, sí, el maligno en persona? En la Sagrada Escritura casi no hay una frase, que sea tan horrible como aquellas breves palabras: “En cuando tomó Judas el bocado, salió. Era de noche” (Jn 13,30).

“Era de noche”. Ya no nos debe sorprender nada más, tampoco dentro de la Iglesia de DIOS, aun cuando era de noche alrededor del “Santísimo Sacramento” del amor.

“Era de noche” Entonces, muy cerca del Señor el adversario de DIOS toma posesión de uno de ellos, así que además de San Pedro y de San Juan los otros discípulos no lo percibieron,. Y, ni 24 horas después, se ahorca – frente a la colina de la cruz, el Gólgota – en un árbol el cadáver del traidor, que se ahorcó. “Era de noche”.

Que vamos a decir nosotros, que los discípulos discutían en aquella noche, quien “de ellos parecía ser el mayor” (Lc 22,24). Así entonces, debemos reconocer, que la institución de la Santísima EUCARISTIA y el lavado de pies, no preserva de la envidia ni de los celos. Discuten entre sí, y esto se hace en la presencia del Señor. Tres años estuvieron en la escuela del Señor, y ¿todavía no han aprendido algo?

¡Esta fue la atmósfera que constituyó la institución de la Santísima EUCARISTIA como Testamento de JESUS, de aquel entonces, como también el de hoy! Ahora entendemos bien, cuando la Escritura habla de que Él “se turbó en su interior” (Jn 13,21). ¿Esto no se ve, también hoy, en muchas celebraciones de la última cena y santas misas?

Pero esto – ¡gracias a DIOS! – no es todo. Aquí hay alguien, del cual se dice, que JESUS lo amaba. Él, hasta podía reposar en el pecho del Señor; dos veces se relata este hecho. Él sintió el latido del Corazón, y va ser el Apóstol del Corazón de JESUS en su auténtico sentido.

Él es ejemplo para todos aquellos, que no pueden comprender los misterios del amor de CRISTO, – esto nadie puede – pero sí pueden presentirlos. Y él va a ser fiel a su Maestro hasta legar a estar debajo de la cruz, en cambio los otros huyen. También esto existe en el ambiente de la Santísima EUCARISTIA. Esperamos, que todos nosotros, que después de 2000 años, podemos participar en este santo banquete sacrificial, seamos estas “almas de Juan”.

Después del primer grupo de discípulos, está aquel hablador imprudente, que primero no quiere dejarse lavar los pies, y después quiere también ofrecer las manos y la cabeza para ser lavado. Quién además asevera, de acompañar a JESUS hasta la muerte, y después fracasa miserablemente. Pero, cuando lo toca la mirada de JESUS, él se arrepiente y llora amargamente sobre su pecado. ¡Cuántas veces sucedió esto en la historia de la Iglesia, hasta entre los cargos más altos! ¡Que nosotros encontremos siempre de nuevo el camino recto!

Y aquí hay otro más, Tomás, que después de la convivencia con JESUS por tres años, todavía no sabe a donde lleva el camino, y por eso confiesa honestamente: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¡cómo podemos saber el camino? (Jn 14,5)

Y aquí está Felipe, que precipitadamente interrumpe al Señor con su pedido ingenuo: “Señor, muéstranos al PADRE y nos basta” (Jn 14,8) – como si fuese esto tan fácil.

Y aquí está Judas Tadeo, que opina tan bondadosamente, de convencer a JESUS, que Él finalmente debería manifestarse al mundo (Cfr Jn 14,22). Nosotros diríamos hoy: presentarse así, con un “aggiornamento” espléndido, para que no quede más ninguna duda.

 Después hay algunos otros en la sala, que no comprenden el concepto “dentro de poco” (Jn 14,19). ¡Como somos de torpes, nosotros los hombres! Finalmente ellos constatan generosa y contentamente: “Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte” (Jn 16,29). Ahora todo está claro. Pues bien, todos los problemas quedan resueltos – todo, es decir, de nosotros los hombres, que siempre piensan lo mejor, pero al final no comprenden perfectamente, y esto a pesar de que participan casi a diario en el misterio del amor Eucarístico.

Así está, sobre toda esta oscuridad, maldad, del fracaso y de la incomprensibilidad, siempre la majestad y amor del Señor. Quien era Señor también de su propia turbación, y quien en sus discursos de despedida y en la oración del sumo sacerdote da una visión de la gloria, para que ellos y nosotros seamos uno, a pesar de las limitaciones y pesadez, como “Él es uno con el PADRE” (Cfr Jn 17,21). Quien no les preserva de nada: el mundo los odiará, les perseguirá y los matará. (Cfr Jn 16,2).

Quien también les promete el consuelo, la paz y la victoria, y también les quiere dar un encuentro junto con una “alegría perfecta” para siempre, que nadie les podrá quitar.

También todo esto es parte de las horas en el cenáculo. Una experiencia, que nosotros no podríamos realizar sin nuestros protectores espirituales, los que nos traen la valentía y la fuerza del ESPIRITU SANTO. No obstante, las crisis y decadencias, a pesar del disgusto y la apostasía en todas partes, nosotros nos quedamos con ÉL, que nos dice en esta situación: “¡Animo, Yo he vencido al mundo!” (Jn 16,33).

   ¿Qué nos puede guiar mejor en este tiempo de preparación a la conversión para esta fiesta pascual de nuestra salvación?

Cuando nosotros consideramos, que, después de tres días, en el mismo cenáculo, también para la hora de la cena, el Señor entró como resucitado en medio de los Apóstoles, e instituyó el sacramento de la remisión de los pecados y la culpa, entonces se realiza otra vez esta promesa suya “¡Animo, YO he vencido al mundo” en cada uno de nosotros, quien acepta con arrepentimiento y humildad, o se deja regalar, esta liberación del Señor!    Por eso les deseamos a todos ustedes muchas gracias y fuerzas que provienen de este sacramento pascual de la penitencia y de la semana santa junto al Señor: ¡Un Aleluya alegre en JESUS! ¡Que Él resucite también en nuestros corazones!