¡Ánimo!, Yo he vencido al mundo (Jn 16,33)

Dejémonos guiar por el Señor mismo, con esta contemplación antes de la pascua, hacia el centro, lejos del mundo de nuestro yo, a este centro que diariamente es accesible en la celebración de la EUCARISTIA: hacia dentro de la última cena y celebremos otra vez este “misterio de la fe” (mysterium fidei) como originalmente.

Esto no debemos verlo como una simple imagen o como una exageración retórica, sino como una realidad. Porque desde entonces, ÉL está siempre verdadera y esencialmente presente entre nosotros. Si ahora nosotros entramos en el cenáculo junto con JESUS, llevamos nuestro tiempo con sus dificultades y buscamos resolverlas viendo aquello que una vez sucedió allí y cómo continúa hasta el día de hoy.

Primero notamos, con qué sobriedad se realiza este acontecimiento aquí. Deberíamos pensar lo que sucede delante de esta grandeza incomprensible, en la Santísima EUCARISTIA. Cómo uno estallaría en un entusiasmo encantador o, por lo menos, en un júbilo agradecido, por causa de este milagro que va más allá del tiempo y del espacio. Pero eso no ocurrió, antes bien, el Señor les dice a los que están presentes, lo que realmente sucederá algunas horas más tarde: “Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche..” (Mt 26,31).

Exactamente ésta palabra, es la que CRISTO dirige también a nuestro tiempo presente. Queremos confesar realmente la verdad. Porque ¿acaso no nos escandalizamos también hoy, años después del concilio, de CRISTO y de Su cuerpo místico? ¿No nos enojamos continuamente por causa de uno o de otro? ¿No es tal nuestro disgusto, que nos acompaña casi hasta dentro de la celebración de la Santísima Eucaristía, que hoy muchas veces es objeto de discusiones? Nos disgustamos por causa de las arbitrariedades y cambios que se hacen, de las renovaciones que se introducen voluntariamente, y esto ante la presencia del Señor, El cual quiere estar entre nosotros.

Pero, ¿esto no ocurría también en el tiempo de los apóstoles? Pero todavía viene lo peor. Se debería pensar, que en esta hora santísima, en la cual el amor del Señor llega hasta lo último, hasta la consumación (Jn 17,4), ¿todo lo erróneo y malo y satánico debería haber sido apartado, y que el mismo Señor se lo apartó de sí mismo? ¡No, de ningún modo! ¿No hay un traidor entre ellos? El Señor antes lo desenmascara, cuando le da este bocado de pan mojado a Judas.

Y después sucede algo horrible, San Juan lo escribió: “Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás” (13,27). ¿No es horrendo que Satanás pudiera esperar a su víctima en este cenáculo, que para nosotros es tan santo? ¿Cómo podía estar presente, en este ambiente santo de este último banquete de amor, el malo, sí, el maligno en persona? En la Sagrada Escritura casi no hay una frase, que sea tan horrible como aquellas breves palabras: “Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche” (Jn 13,30). “Era de noche”. Tampoco nos debe sorprender nada más dentro de la Iglesia de DIOS, cuando sea de noche alrededor del “Santísimo Sacramento” del amor.

“Era de noche” Entonces, muy cerca del Señor el adversario de DIOS toma posesión de uno de ellos, así que además de San Pedro y de San Juan los otros discípulos no lo percibieron. Y, no pasan 24 horas, que el traidor se ahorca frente a la colina de la cruz del Gólgota. En un árbol yace el cadáver del traidor que se ahorcó. “Era de noche”.

Que diremos nosotros, si los discípulos discutían en aquella noche, quien “de ellos parecía ser el mayor” (Lc 22,24). Así entonces, debemos reconocer, que la institución de la Santísima EUCARISTIA y el lavado de pies, no preserva de la envidia ni de los celos. Discuten entre sí, y esto se hace en la presencia del Señor. Tres años estuvieron en la escuela del Señor, y ¿todavía no han aprendido algo?

¡Esta fue la atmósfera que constituyó la institución de la Santísima EUCARISTIA, como el Testamento de JESUS de aquel entonces, así también como el de hoy! Ahora entendemos bien, cuando la Escritura habla de que Jesús “se estremeció” (Jn 13,21). ¿Esto no se ve, también hoy, en muchas santas misas?

Pero ¡gracias a DIOS!, aquí también hubo alguien, del cual se dice, que JESUS lo amaba. Juan, que hasta podía reposar su cabeza en el pecho del Señor; dos veces se relata este hecho. Él sintió el latido del Corazón de Jesús, y será el Apóstol del Corazón de JESUS en su auténtico sentido.

San Juan es ejemplo para todos aquellos, que no pueden comprender los misterios del amor de CRISTO, –esto nadie puede – pero sí pueden presentirlos. Y él será fiel a su Maestro hasta llegar a estar debajo de la cruz, cuando los otros huyen. También esto sucede en el ámbito de la Santísima EUCARISTIA. Esperamos, que todos nosotros, que después de 2000 años, podamos participar en este santo banquete sacrificial, y seamos estas “almas de san Juan”.

También, en el primer grupo de discípulos, está aquel hablador imprudente, que primero no quiere dejarse lavar los pies, y después quiere también ofrecer sus manos y su cabeza para ser lavado. Pedro, quién además asevera acompañar a JESUS hasta la muerte y después fracasa miserablemente. Pero, cuando lo toca la mirada de JESUS, él se arrepiente y llora amargamente sobre su pecado. ¡Cuántas veces sucedió esto en la historia de la Iglesia, hasta en los cargos más altos! ¡Que nosotros encontremos siempre de nuevo el camino recto!

Y aquí hay otro más, Tomás, que después de convivir con JESUS durante tres años, todavía no sabe a donde lleva el camino, y por eso confiesa honestamente: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?” (Jn 14,5)

Y aquí está Felipe, que precipitadamente interrumpe al Señor con su pedido ingenuo: “Señor, muéstranos al PADRE y nos basta” (Jn 14,8) – como si fuese esto tan fácil.

Y aquí está Judas Tadeo, que opina tan bondadosamente, de convencer a JESUS, que Él finalmente debería manifestarse al mundo (Cfr Jn 14,22). Hoy diríamos: presentarse con un “aggiornamento” espléndido, para que no quede más ninguna duda.

Después hay algunos otros en la sala, que no comprenden el concepto “dentro de poco” (Jn 14,19). ¡Cómo somos de torpes los hombres!. Finalmente ellos constatan generosa y alegremente: “Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte” (Jn 16,29). Ahora todo está claro. Pues bien, todos los problemas quedan resueltos – esto dicen los hombres que siempre piensan lo mejor, pero al final no comprenden perfectamente, y esto a pesar de que participan casi a diario en el misterio del amor Eucarístico.

Así está, sobre toda esta oscuridad, maldad, del fracaso y de la incomprensibilidad, siempre la majestad y amor del Señor. Quien era Señor también de su propia turbación, y quien en sus discursos de despedida y en la oración del sumo sacerdote da una visión de la gloria, para que ellos y nosotros seamos uno, a pesar de las limitaciones y la pesadez, como “Él es uno con el PADRE” (Cfr Jn 17,21). Quien no les preserva de nada: el mundo los odiará, les perseguirá y los matará. (Cfr Jn 16,2).

Quien también les promete el consuelo, la paz y la victoria, y también les quiere dar un encuentro junto con una “alegría perfecta” para siempre, que nadie les podrá quitar.

También todo esto es parte de las horas de la Pasión. Una experiencia, que nosotros no podríamos realizar sin nuestros protectores espirituales, que nos traen la valentía y la fuerza del ESPIRITU SANTO. No obstante, las crisis y decadencias, a pesar del disgusto y la apostasía en todas partes, nosotros nos quedamos con ÉL, que en esta situación nos dice: “¡Animo, Yo he vencido al mundo!” (Jn 16,33).

   ¿Qué nos puede guiar mejor en este tiempo de preparación a la conversión para esta fiesta pascual de nuestra salvación?

Cuando nosotros consideramos, que, después de tres días, en el mismo cenáculo, también para la hora de la cena, el Señor entró como resucitado en medio de los Apóstoles, e instituyó el sacramento de la remisión de los pecados y la culpa, entonces se realiza otra vez esta promesa suya “¡Animo, YO he vencido al mundo” en cada uno de nosotros. ¿Quién acepta con arrepentimiento y humildad, o se deja regalar, esta liberación del Señor?  Por eso les deseamos a todos ustedes muchas gracias y fuerzas que provienen de este sacramento pascual de la penitencia y de la semana santa junto al Señor: ¡Un Aleluya alegre en JESUS! ¡Que Él resucite también en nuestros corazones!