Yo hago nuevas todas las cosas

“Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)

En las últimas meditaciones de nuestras cartas circulares hemos encontrado, por así decir, al ESPÍRITU SANTO y a partir de Él, hemos considerado el “Camino de nuestra confianza en DIOS” y el “Discernimiento de espíritus”, para que ahora podamos volvernos hombres “espirituales”.

En esta meditación de Adviento queremos reflexionar sobre lo siguiente: CRISTO es el Nuevo Hombre, y nosotros debemos vivir como hombres nuevos al igual que Él.

En la expulsión del paraíso, DIOS vistió el cuerpo del hombre (Gn 3,21); pero en su alma le colocó el ansia de DIOS. “El ansia de DIOS es un don natural del alma humana, su joya inmortal, la chispa brillante del amor divino que está derramado sobre la naturaleza humana” (K. Adam, Jesus Christus, Augsburg 1938, p. 292). Siempre de nuevo nace en el hombre el ansia de DIOS que clama hacia lo alto: “¡Ven Señor, y salva al hombre que Tú formaste del barro de la tierra!” Por el pecado vino la muerte al mundo. El pecado es la pérdida de la amistad con DIOS, de la inocencia y del primer paraíso, en el cual el DIOS amante había dejado una última palabra de esperanza al hombre: La promesa del Salvador. Él llegaría para crear al hombre nuevo, en cuanto Él mismo será el Hombre Nuevo para los hombres nuevos.

¿No es algo maravilloso esto Nuevo, que silenciosamente se anuncia ya en el paraíso y entra en el mundo con la primera venida de CRISTO en la santa noche de Navidad y que llegará a su pleno desenvolvimiento en su segunda venida al final de los tiempos? “Pasó lo viejo, todo es nuevo” escribe San Pablo en la segunda carta a los Corintios (5,17). Y en el libro del Apocalipsis DIOS dice: “¡Mira que hago un mundo nuevo!” (21,5). Esto Nuevo es al mismo tiempo lo joven, vigoroso, lleno de fuerza, floreciente, también es el ansia secreta de Dios en el corazón humano. Y ningún otro hubiese podido traer al mundo esto Nuevo, sino el segundo Adán que es “CRISTO”. Él es el “resplandor de la gloria de DIOS y la impronta de su ser” (Hb 1,3), primogénito de una estirpe, que vive bajo el pecado y la muerte, pero una vez más por la fuerza de la gracia, “renació de DIOS” (Jn 1,13). Por eso, los primeros cristianos estaban convencidos de que con CRISTO realmente apareció el Hombre Nuevo esperado. ¡Qué maravilloso es el contraste de este Nuevo Hombre con el fondo oscuro en el que está colocado Adán, el primer hombre! Aquí desobediencia, muerte, condenación (Rm 5,12), allá sabiduría, justicia, santificación y redención (1 Cor 1,30). En Adán, el hombre completamente terrestre, sumergido totalmente en lo mundano. En Cristo un hombre celestial, “santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo” (Hb 7,26). Con qué libertad real y serenidad, camina este Nuevo Hombre a través del mundo creado por DIOS, el cual se obstina contra Él. Aún en su sufrimiento se muestra tan grande, que las palabras de Pilato “Ecce homo” – aquí tenéis al hombre – corresponden también a ese sentido. Realmente en CRISTO se cumplió el ideal del hombre nuevo en el sentido pleno de la palabra. Si queremos saber qué cosa es el hombre, solamente debemos mirar a CRISTO. Él, que se designó a Sí mismo con preferencia como ‘Hijo del Hombre’, es sencillamente el nuevo hombre en DIOS. De este modo, CRISTO nos quiere dar una doctrina muy importante y una indicación exacta: “El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra” (Jn 3,31). El hombre solamente puede llegar a la plena elevación y realización de su ser, cuando no construye desde lo de abajo, de la tierra, sino desde lo de arriba, en DIOS. Sólo a partir de DIOS se puede garantizar lo verdadero y noble del ser humano y llevarlo a su último cumplimiento. De todo esto fue consciente la joven cristiandad de la Iglesia primitiva.

Difícilmente podemos tener hoy una idea del júbilo con el que los primeros cristianos aceptaron el mensaje del Hombre Nuevo. El anuncio de la nueva creatura (2 Cor 5,17) en CRISTO JESÚS y del hombre nuevo (Ef 2,15; 4,24; Col 3,10), que San Pablo lanzó como Evangelio dentro de su tiempo y explotó fuertemente en la humanidad. La oración llena de anhelo: “Ven, Señor, y salva al hombre que formaste del barro de la tierra” y la exclamación jubilosa de la carta de Bernabé: “Hemos vuelto a ser nuevos”, son sólo un eco muy suave del sentir de la vida de los primeros cristianos.

Cuando ahora nos preguntamos, qué fue lo que nuestra fe nos trajo de nuevo y qué nos puede traer todavía, lo podemos resumir en dos palabras: Luz y Vida. Según la promesa de DIOS por medio del profeta Isaías: “Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora” (Is 60,2s). Realmente triste es la imagen del paganismo de aquel tiempo, igual que la ausencia de fe en el neopaganismo de nuestros días. Una frase de san Agustín describe exactamente esta necesidad que asusta: “¡Nacido para la miseria y muriendo en la incertidumbre!” Tristeza y melancolía asombran a los hombres que no saben de dónde vienen y hacia dónde van.

¡Qué distinto es el hombre nuevo que sabe hacia dónde va! Él tiene su origen en DIOS, Quien lo creó según su imagen y semejanza (Gn 1,26), y regresa por CRISTO, a DIOS. ¡Qué novedad sensacional podría ser este mensaje!, ¡que simple y claramente toca a cada uno de los que dejan un espacio al anhelo profundo de Dios en su corazón! Tan solo esto es ya una señal de la verdad del hombre nuevo, poder encontrar su esencia simple en DIOS.

¿No brilla aquí la grandeza y la fuerza de la Navidad, en la cual el hombre nuevo podría nacer junto con CRISTO? “¡Ven y salva al hombre que creaste del barro de la tierra!” -así suena el canto ansioso del Adviento de la primera Antífona de la Oh, en la liturgia prenatal. Con esto empieza la promesa de la revelación: “¡Mira que hago un mundo nuevo!”

Con este deseo de Navidad, que será también la bendición para el Año Nuevo de 1996, para que consigamos siempre mejor este ser-nuevo por medio del NIÑO Nuevo-nacido en Belén, por medio de su gracia, les saludamos a todos Ustedes con el “Gloria” de los santos Ángeles.