CC57 El ejemplo de Noé

CC57 El ejemplo de Noé

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El ejemplo de Noé

Cuantas veces se habría elevado Henoc, el sexto sucesor del padre Adán mencionado en la Sagrada Escritura, del cual se menciona alabando “que él anduvo con DIOS” (Gn 5,24), elevando las manos al cielo y clamó: “¡Ven a salvarnos, Señor nuestro DIOS!” Claramente se muestra esta ansia para la salvación en las palabras proféticas de Lámek en el nacimiento de su hijo Noé: “Éste nos consolará de nuestros afanes y de la fatiga de nuestras manos, por causa del suelo que maldijo YAHVEH” (Gn 5,29). En Noé se cumplió esta palabra profética sólo parcialmente, porque salvó solamente a si y a los suyos del diluvio de aquel tiempo. Consolar a todos los hombres y así quitar la maldición de la tierra solamente podía el descendiente muy distante de Noé, Quien decía de sí mismo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Noé, cuyo nombre significa “consuelo”, era la “Esperanza del mundo” (Sab 14,6) y hacia aquél, que salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).

            En la bendición solemne del agua bautismal en la noche de pascua la Iglesia canta: “Oh DIOS,… “. El agua, que llevó la muerte a un mundo antiguo y pecador, ahora entrega a un mundo “nuevo”, la vida en la Sacramento del bautismo (Cfr 1 Pd 3,20). Pero el arca, que contiene a estos bautizados y salvados, es la Iglesia, como repetidamente acentúan los doctores de la Iglesia (Cfr también Hb 11,7). Como el arca contenía lo puro y lo impuro, así también en la Iglesia se encuentran santos y pecadores. Y como cada uno fuera del arca cayó insalvablemente en la perdición, así también sin la Iglesia, la madre de la vida, amenaza la muerte. Las aguas no podían poner en peligro el arca, ni tampoco los hombres, ni los poderes de las tinieblas, pueden destruir la Iglesia (Cfr Mt 16,18). Camina seguro en las olas tempestuosas de los tiempos, y serás llevado hacia arriba, hasta que un día estés parado seguro en el monte de la eternidad, como el arca en la montaña Ararat.

            Por ahí arriba, se nos ofrece una imagen maravillosa, que brilla en los colores del ‘nuevo’ tiempo, mesiánico y deja reconocer a grandes rasgos la salvación futura. Como en el inicio, el espíritu de DIOS aleteaba por encima de las aguas, así “DIOS hizo pasar un viento sobre la tierra” (Gn 8,1), el ESPIRITU SANTO, quien el PADRE y el HIJO  expiraron en amor mutuo. También la paloma, que Noé enviaba (Cfr Gn 8,8-11) y regresaba con el ramo de olivos, es una imagen del ESPÍRITU SANTO, quien unge a los hombres salvados con el “Óleo de la alegría” (Sal 45,8). Deja brillar el arco iris de siete colores de Sus dones sobre la tierra. Arriba en la montaña, Noé ofreció el sacrificio de agradecimiento por la salvación del mundo (Cfr Gn 8,20). En la montaña de Gólgota, CRISTO se ofrece a sí mismo como sacrificio expiatorio por la salvación del mundo. También sobre esto se forma el arco iris de la salvación y de la paz.

            La madera del arca salvó a Noé y los suyos del agua y del diluvio (Cfr Pd 3,20) y de la muerte. El otro Noé, que es CRISTO, al contrario, salvará por medio del agua y de la madera a la humanidad, por medio de la madera de su cruz y del agua del bautismo, que sale de su Corazón abierto. El PADRE en el cielo acepta este sacrificio con una complacencia infinita. Por primera vez se habla aquí, del sacrificio de acción de gracias del “calmante aroma” (Gn 8,21), que sube hacia el cielo y que también encontramos en el sacrificio de CRISTO, del cual dice el Apóstol: “CRISTO que se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Ef 5,2). La Iglesia, en la liturgia antigua introdujo esta palabra en la renovación del sacrificio de CRISTO en la oferta del vino: Subirá el cáliz de la salvación “con suave aroma delante de la faz de la divina Majestad.”

            Realmente, “pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17). CRISTO es el primogénito de la Nueva Creación, Él es la imagen del DIOS invisible (Cfr Col 1,18). Solamente Él nos podía traer el mensaje perfecto de DIOS, Quien ningún hombre en la tierra le ha visto jamás, porque Él es el “Hijo único que está en el seno del Padre” (Jn 1,18). Siempre de nuevo surge la opinión, que el cristianismo se desenvolvió de otras religiones y filosofías, su fe en DIOS no sería entonces ninguna novedad, solamente la obra hermosa de un gran fundador de religión, quien hizo con su sentimiento fino… unos créditos para las necesidades y ansias del tiempo, en todo donde lo pensó conveniente. Esto ya lo contradice el doctor de la Iglesia san Ireneo: “El Señor trajo a sí mismo y con esto todas las Novedades!”

            Pero, ¿qué es lo nuevo en nuestra fe en DIOS? Nuevo era el mensaje del DIOS uno en tres Personas. En las palabras del santo arcángel Gabriel, en la anunciación brilla por primera vez el misterio del DIOS Uno y Trino: “El ESPÍRITU SANTO vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sobra: por eso el que ha de nacer será llamado Hijo de DIOS” (Lc 1,35). Esta fe es vivificante según las palabras de CRISTO: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único DIOS verdadero, y al que tú has enviado, JESUCRISTO” (Jn 17,3). Por medio de esta fe nacemos de nuevo en el bautismo “en el Nombre del PADRE y del HIJO y del ESPÍRITU SANTO” (Mt 28,19).

            ¡Cómo es grande este DIOS Uno y Trino, “¡Que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,6)! Su actuación no se limita solamente a un pueblo privilegiado, sino que incluye a todos los pueblos y naciones. Porque “Él quiere, que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,4). A todos quiere hacer subir este DIOS, hacia el arca de la Nueva Alianza, a la Iglesia, para que una vez sea cumplido lo que profetizó Isaías: “Consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todas las gentes; consumirá a la muerte definitivamente. Enjugará el Señor YAHVEH las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra” (Is 25,7s). Él es el Señor ilimitado, el DIOS de todos los tiempos. Delante de Él “mil años son como un día que ha pasado ayer” (Cfr 2 Pd 3,8; Sal 90,4). “Se planta Él y hace temblar la tierra, mira y hace estremecerse a las naciones; se desmorona los montes eternos, se hunden los collados antiguos” (Hab 3,6).

            Este DIOS Uno, Eterno y Todopoderoso “habló muchas veces y de muchos modos en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas” (Hb 1,1) y se les reveló en Palabra y Obra. “En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del HIJO a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos” (Hb 1,2). El Evangelio, esta buena Nueva de la gloria de CRISTO (Cfr 2 Cor 4,4) es alto “Nuevo” y no es otra cosa, que “la Revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición del DIOS eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe.” (Rm 16,25.26)

Aquí deberíamos detenernos y sumergirnos en esta realidad tremenda, que el DIOS infinito, Que no nos necesita de ninguna mane ra, se rebaja para hablar con nosotros. Más todavía: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió DIOS a su HIJO, nacido de mujer” (Gal 4,4), para salvarnos por medio de su muerte en la cruz. Este mensaje es de tan gran atrevimiento y Novedad, que es para la caída o para la resurrección de muchos (Cfr Lc 2,34). Para la caída, porque muchos se escandalizarán por tal mensaje, que lo sienten como una ofensa a su inteligencia, como desvergüenza o perversión; para la resurrección, porque muchos, estremecidos hasta lo más íntimo por la abundancia de este amor divino, se asegurarán en esta buena Nueva con todas las fuerzas de su alma, lo hacen como la única regla de su vida y están dispuestos, hasta ir a la muerte por eso. Por eso, san Pablo dejó todo y lo consideró como basura para ganar a CRISTO y para estar junto con Él (Cfr Fil 3,8s). Los primeros cristianos ansiaron la revelación definitiva del DIOS Uno y Trino en el día de JESUCRISTO, que ya no será un día terreno, sino eternidad, finalizado en un mundo nuevo, que está expiado, santificado y renovado.