El ejemplo de Noé

Cuantas veces habría elevado Henoc sus manos al cielo exclamando: “¡Ven a salvarnos, Señor DIOS nuestro!”. Henoc es mencionado en la Sagrada Escritura, como el sexto sucesor del primer padre Adán. La Sagrada Escritura nos dice que “Henoc anduvo con DIOS” (Gn 5,24). Claramente se muestra este anhelo por la salvación, en las palabras proféticas de Lamec en el nacimiento de su hijo Noé: “Éste nos consolará de nuestras fatigas y del trabajo de nuestras manos, causado por la tierra que maldijo Yahveh” (Gn 5,29). En Noé se cumplió esta palabra profética sólo parcialmente, porque sólo salvó a los suyos, ocho personas, del diluvio de aquel tiempo. Salvar a todos los hombres y así quitar la maldición de la tierra, sólo podía hacerlo un descendiente muy distante de Noé, quien decía de sí mismo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y Yo os aliviaré” (Mt 11,28). Noé, cuyo nombre significa “consuelo”, era la “esperanza de toda la tierra” (Sab 14,6) transmitió la semilla de posteridad, que salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).

En la bendición solemne del agua bautismal en la noche de pascua la Iglesia canta: “Oh DIOS, que realizas en tus sacramentos obras admirables con tu poder invisible…”. El agua, que llevó a la muerte a un mundo antiguo y pecador, ahora entrega la vida a un mundo “nuevo”, en el Sacramento del bautismo (Cfr 1 Pd 3,20). Pero el arca, que contiene a estos bautizados y salvados, es la Iglesia, como repetidamente acentúan los doctores de la Iglesia (Cfr también Hb 11,7). Como el arca contenía lo puro y lo impuro, así también en la Iglesia se encuentran santos y pecadores. Los que quedaron fuera del arca, cayeron irremediablemente, así también sin la Iglesia, que es la madre de la vida, amenaza la muerte. Las aguas no pusieron en peligro el arca, ni tampoco los hombres, nunca los poderes infernales, podrán destruir la Iglesia (Cfr Mt 16,18). Camina seguro en las olas tempestuosas de los tiempos, y serás llevado hacia arriba, hasta que un día estés parado seguro en el monte de la eternidad, como el arca en el Monte Ararat.

Allí arriba, se nos ofrece una imagen maravillosa, que brilla con los colores del ‘nuevo’ tiempo mesiánico y deja vislumbrar a grandes rasgos la salvación futura. Como en el principio, el espíritu de DIOS aleteaba por encima de las aguas, así “DIOS hizo pasar un viento sobre la tierra” (Gn 8,1), el ESPIRITU SANTO, quien el PADRE y el HIJO  exhalaron en amor mutuo. También la paloma, que Noé envió (Cfr Gn 8,8-11) y regresó con el ramo de olivos, es una imagen del ESPÍRITU SANTO, quien unge a los hombres salvados con el “Óleo de la alegría” (Sal 45,8). Deja brillar el arco iris de siete colores de Sus dones sobre la tierra. En la cima del monte, Noé ofreció el sacrificio de agradecimiento por la salvación del mundo (Cfr Gn 8,20). En el monte Gólgota, CRISTO se ofrece a sí mismo como sacrificio expiatorio por la salvación del mundo. También allí se forma el arco iris de la salvación y de la paz.

La madera del arca salvó a Noé y a los suyos del agua y del diluvio (Cfr Pd 3,20) y de la muerte. El otro Noé, que es CRISTO, salvará por medio del agua y de la madera a la humanidad, por medio de la madera de Su Cruz y del agua del bautismo, que sale de su Corazón abierto. El PADRE en el cielo acepta este sacrificio con una complacencia infinita. Por primera vez se habla aquí, del sacrificio de acción de gracias de “aroma agradable” (Gn 8,21), que sube hacia el cielo y que también encontramos en el sacrificio de CRISTO, del cual dice el Apóstol: “CRISTO que se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Ef 5,2). La Iglesia, en la liturgia antigua introdujo esta palabra en la renovación del sacrificio de CRISTO en la ofrenda del vino: Subirá el cáliz de la salvación “con suave aroma delante de la faz de la divina Majestad.”

Realmente, “pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5,17). CRISTO es el primogénito de la Nueva Creación, Él es la imagen del DIOS invisible (Col 1,18). Solamente Él nos podía traer el mensaje perfecto de DIOS, Quien ningún hombre en la tierra le ha visto jamás, porque Él es el “Hijo único que está en el seno del Padre” (Jn 1,18). Siempre de nuevo surge la opinión, que el cristianismo se desenvolvió de otras religiones y filosofías, su fe en DIOS no sería entonces ninguna novedad, solamente la obra hermosa de un gran fundador de religión, quien hizo con su sentimiento fino… unos créditos para las necesidades y ansias del tiempo, en todo donde lo pensó conveniente. Esto ya lo contradice el doctor de la Iglesia san Ireneo: “El Señor trajo a sí mismo y con Él todas las Novedades!”

Pero, ¿qué es lo nuevo en nuestra fe en DIOS? Nuevo era el mensaje del DIOS uno en tres Personas. En las palabras de san Gabriel arcángel, en la anunciación brilla por primera vez el misterio del DIOS Uno y Trino: “El ESPÍRITU SANTO vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el que ha de nacer será llamado Hijo de DIOS” (Lc 1,35). Esta fe es vivificante según las palabras de CRISTO: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único DIOS verdadero, y al que tú has enviado, JESUCRISTO” (Jn 17,3). Por medio de esta fe nacemos de nuevo en el bautismo “en el Nombre del PADRE y del HIJO y del ESPÍRITU SANTO” (Mt 28,19).

¡Qué grande es este DIOS Uno y Trino! “que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,6). Su actuación no se limita solamente a un pueblo privilegiado, sino que incluye a todos los pueblos y naciones. Porque “Él quiere, que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,4). A todos quiere hacer subir este DIOS, hacia el arca de la Nueva Alianza, a la Iglesia, para que una vez sea cumplido lo que profetizó Isaías: “Y Él destruirá en este monte el velo que cubría a todos los pueblos, la cobertura tendida sobre todas las naciones; destruirá a la muerte para siempre. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y de toda la tierra quitará el oprobio de su pueblo” (Is 25,7s). Él es el DIOS eterno, su día no tiene noche. Para el Señor “un día es como mil años y mil años son como un día”, “Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vigilia nocturna” (Cfr 2 Pd 3,8; Sal 90,4). “Él se detiene, y hace vacilar la tierra, mira y hace estremecer a las naciones; se desmoronan las montañas eternas, se hunden las colinas antiguas” (Hab 3,6).

Este DIOS Uno y Trino, Omnipotente y Eterno “Después de haber hablado a nuestros Padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras” (Hb 1,1), se les reveló en Palabra y Obra. “Ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo” (Hb 1,2). El Evangelio, esta Buena Noticia de la gloria de CRISTO (Cfr 2 Cor 4,4) es algo “Nuevo” y no es otra cosa, que “la Revelación de un Misterio que fue guardado en secreto durante siglos eternos, y que ahora se ha manifestado por medio de los escritos proféticos y según el designio del DIOS eterno, fue dado a conocer a todas las naciones para llevarlas a la obediencia de la fe” (Rm 16,25.26).

Aquí deberíamos detenernos y sumergirnos en esta realidad tremenda, que el DIOS infinito, que no nos necesita de ninguna manera, desciende para hablar con nosotros. Más todavía: “Al llegar la plenitud de los tiempos, DIOS envió a su HIJO, nacido de mujer” (Gal 4,4), para salvarnos por medio de su muerte en la cruz. Este mensaje es de tan gran atrevimiento y Novedad, que es para la caída y para la resurrección de muchos (Cfr Lc 2,34). Para la caída, porque muchos se escandalizarán por tal mensaje, que lo sienten como una ofensa a su inteligencia, como desvergüenza o perversión; para la resurrección, porque muchos, estremecidos hasta lo más íntimo por la abundancia de este amor divino, se asegurarán en esta buena Nueva con todas las fuerzas de su alma, lo hacen como la única regla de su vida y están dispuestos, por ello, de llegar hasta la muerte. Por eso, san Pablo dejó todo y lo consideró como basura para ganar a CRISTO y estar junto con Él (Cfr Fil 3,8s). Los primeros cristianos ansiaban ver la manifestación definitiva del DIOS Uno y Trino en el día de JESUCRISTO, que ya no será un día terreno, sino eternidad, finalizando en un mundo nuevo, que ya habrá sido expiado, santificado y renovado.