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Fuego sobre la tierra

CRISTO el Señor empieza su actividad de maestro y predicador con las palabras del profeta Isaías: “El ESPÍRITU del Señor está sobre mí!” Es Él, que envía a este ESPÍRITU sobre la tierra. Ya desde el inicio, cuando “una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de DIOS” (2 Pd 3,5) estaba en acción este ESPÍRITU: “El ESPÍRITU de DIOS aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1,2). Por orden suyo la creación existió para la vida y para la luz. Desde entonces “el ESPÍRITU del Señor llena la tierra” (Sab 1,7).

De sus acciones podemos leer en los salmos: “Envías tu espíritu y todo es creado, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104,30).

            Una nueva llegada de este Espíritu Divino es característica del tiempo mesiánico, del cual los profetas anunciaron: “He aquí que yo todo lo renuevo” (Is 43,19). Hacia esto se dirige toda ansia de los piadosos, que el Señor realizará la palabra del profeta Ezequiel: “Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 11,19; 36,26). Quienes deben ser renovados por medio del Mesías, el Salvador, y por medio de Su ESPÍRITU, somos nosotros los hombres: “los que estamos en CRISTO, somos una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo.” (2 Cor 5,17).

            La fe cristiana nos enseña, que este ESPÍRITU es la Tercera Persona Divina, el amor mutuo entre PADRE e HIJO, como vínculo del amor uniendo a los dos. El amor del DIOS trino en nosotros es la gracia. Está atribuida al ESPÍRITU SANTO, “porque el amor de DIOS ha sido derramado en nuestros corazones por el ESPÍRITU SANTO que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Con JESUCRISTO este ESPÍRI-TU penetra hacia nuestro mundo. Él penetra al hombre, toma posesión de él, le transforma interiormente y es principio de vida. Dejemos actuar alguna vez en nosotros estas palabras inefables de san Pablo: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del ESPÍRITU SANTO, que está en vosotros y habéis recibido de DIOS y que no os pertenecéis? … Glorificad, por tanto a DIOS en vuestro cuerpo.” (1 Cor 6,19-20). ¿No es ésta una Buena Nueva con un gozo divino: Llevar a DIOS, al ESPÍRITU SANTO en su cuerpo? “Y el ESPÍRITU de Aquel que resucitó a JESÚS de entre los muertos, dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su ESPÍRITU que habita en vosotros” (Rm 8,11).

            Este ESPÍRITU que habita en nosotros realiza milagro sobre milagro en nuestra alma. Según la doctrina de san Pablo, el cristiano ya no vive para sí, sino que vive la vida de CRISTO en todas sus etapas. El cristiano sufre con CRISTO, será crucificado en Él, será con-sepultado con Él, resucitará con Él para una nueva vida. Esto no es simplemente una imitación de lejos sino va mucho más profundo. La vida y el sufrimiento y el morir y resucitar del cristiano es la vida, el sufrimiento, el morir y la resurrección del mismo CRISTO. Esta íntima comunión de vida es el misterio del Cuerpo Místico de la santa Iglesia, que se reveló en el día de Pentecostés por medio de la efusión del ESPÍRITU SANTO. Cuando CRISTO comunicó su ESPÍRITU a la humanidad redimida, Él la “constituyó místicamente como su cuerpo“. En este Cuerpo Místico “la vida de CRISTO se comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y realmente a CRISTO, paciente y glorificado, por medio de los sacramentos.” (Lumen gentium, 7). El ESPÍRITU forma, por así decir, el puente, para que nosotros podamos asimilar la vida de CRISTO y transformarla en la nuestra.

            Ahora, ¿presentimos, lo que nos trae la fe cristiana y lo que esto significa en su esencia? “Ya no vivo yo, (pienso, actúo…) sino es CRISTO que vive en mi” (cfr. Gal 2,20). Cada bautizado es un miembro en Su cuerpo místico. En cada uno de nosotros, el Señor otra vez camina sobre esta tierra, cada uno de nosotros comparte Su cruz por medio de su propio destino y con Él y por Él entrará también a Su gloria, cuando todo sea consumado.

            Sólo el cristiano tiene la posibilidad, de asimilar la vida de CRISTO en el ESPÍRITU SANTO y de ser realmente uno con Él, como el Señor lo dijo en el cenáculo de la última cena: “Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno” (Jn 17,22). El ESPÍRITU SANTO, que crea a este nuevo hombre, impele hacia dentro del mundo. Había noche sobre la tierra y sombra de muerte. Ahora será luz, desde que el fuego del ESPÍRITU hubo sido derramado sobre los hombres.

            Los animados por el ESPÍRITU son impelidos a proclamar el Evangelio. Así son penetrados estos hombres del ESPÍRITU, y ya no son ellos, los “que están hablando, sino el ESPÍRITU de su PADRE que está hablando en ellos” (Mt 10,20). Sumergidos, “bautizados” serán ellos con el ESPÍRITU (1 Cor 12,13), y no cada uno singularmente por sí mismo, sino que todos “sean judíos o griegos, esclavos o libres”, crecerán juntos hacia esta unidad en el ESPÍRITU, para lo que el apóstol encuentra una palabra análoga: “no formamos más que un solo cuerpo en CRISTO” (Rm 12,5), pero el alma de este cuerpo es el ESPÍRITU. Y porque este cuerpo de CRISTO, esta comunidad “nueva” de los redimidos, está fundamentada completamente sobre el ESPÍRITU, por eso es su culto y su adoración a DIOS “en el ESPÍRITU y en la VERDAD”, como CRISTO mismo aseguró a la mujer samaritana en el poso de Jacob (Jn 4,24). Con eso, empieza un “nuevo modo de orar”, un “suplicar en el ESPÍRITU” (Ef 6,18), que se está extendiendo tan poderosamente, que finalmente será el ESPÍRITU mismo, Quien está orando en nosotros con “gemidos inefables” (Rm 8,26), incluso podía ser, que Él arroba al hombre sobre sí mismo, y le “arrebate hasta el tercer cielo, y escuche palabras inefables que el hombre no puede pronunciar” (2 Cor 12,3).

            A este ESPÍRITU de amor, que bajó en Pentecostés sobre este mundo, ni siquiera el imperio romano le ha podido resistir por mucho tiempo. Las palabras de los Hechos de los Apóstoles acerca de Esteban son una profecía: “no podían resistir a la sabiduría y al ESPÍRITU” (Hch 6,10). Donde siempre en el correr de la historia del Reino de DIOS aparecieron hombres “llenos del ESPÍRITU SANTO” (Hch 6,5), ahí se fundió todo odio, ahí se escondió la incredulidad y superstición, ahí se vio vencido el infierno. ¿Comprendemos estos sentimientos de los primeros cristianos? Ellos sabían, somos portadores del ESPÍRITU y con el ESPÍRITU se les ha dado todo. ¿Presentimos, que con el cristianismo realmente surgió una nueva primavera sobre la tierra estéril del invierno, y que bajó un nuevo paraíso, un “Nuevo Edén”, en el cual los frutos del Espíritu están brotando, como nos lo enumera san Pablo en la carta a los Gálatas: “amor, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, fidelidad, benignidad, castidad” (Gal 5,22)? ¿Comprendemos también, que estos hombres casi no se lo podían esperar, hasta que “llegue el Día grande del Señor” (Hch 2,20), en el cual será derramado el ESPÍRITU sobre toda carne” (Joel 3,1)? Porque entonces empezará la hora beata de la eternidad, cuando veremos “con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es ESPÍRITU” (2 Cor 3,18).

            También nuestra vida, el ESPÍRITU quiere transformarla. Nada lo impedirá, si nosotros nos abrimos y, en este mundo tan frío de amor, Le deseamos y suplicamos para nosotros y para muchos otros de todo corazón. No habrá oración más hermosa y profunda al ESPÍRITU SANTO, que la secuencia de Pentecostés. Clamamos hacia Él: ¡Padre de los pobres… luz y paz de los corazones… consolador en el abandono… suavísimo dulzor! Cómo está cerca este ESPÍRITU consolador en todas nuestras debilidades y necesidades terrenales.

Cuando todos nosotros, que estamos leyendo esta carta circular, Le invocamos con un corazón y con una voz, se elevará un grito poderoso hacia el cielo, que no se extinguirá sin respuesta.

            Les invitamos cordialmente, pedir este fuego del amor, para Uds. mismos, para nuestras familias y nuestra patria, para todos los pueblos y para la santa Iglesia tan afligida.

VEN ESPÍRITU SANTO,

y desde el cielo envía

los rayos de Tu luz.

            Ven, Padre de los pobres,

            ven, dador de Tus dones,

            ven, luz de los corazones.

Consolador magnífico,

dulce huésped del alma,

suavísimo dulzor.

            Descanso en la fatiga,

            brisa en ardiente estío

            consuelo en el dolor.

Oh luz dichosísima

inunda en resplandores

el corazón de tus fieles.

            Sin Tu divino aliento

            nada hay de puro en el hombre,

            pobre de todo bien.

Lava el corazón sórdido,

riega al que está marchito,

sana al que está enfermo.

            Doblega al duro y al rígido,

            inflama al tibio,

            rige al que va extraviado.

Da a Tus fieles

que sólo en Ti confían

el Don septiforme.

            Da preciosos méritos,

            da dichoso tránsito,           

da eterno galardón. Amén.

Envía Tu ESPÍRITU y todo será creado.

Y renovarás la faz de la tierra.

Oremos:

Oh DIOS, que has iluminado los corazones de Tus hijos con la luz del ESPÍRITU SANTO; haznos dóciles a Tu ESPÍRITU para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por JESUCRISTO nuestro Señor. Amén.