CC66 Padre nuestro – hágase tu voluntad

CC66 Padre nuestro – hágase tu voluntad

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“¡PADRE, hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo!”

La mayor felicidad

Hacer Tu voluntad, oh DIOS mío; en Tu ley me complazco en el fondo de mi ser (Sal 40,9).

            La voluntad del Padre fue para JESÚS la mayor felicidad. Sólo algo infinitamente bueno puede hacernos plenamente dichosos. Es indudable que DIOS es ese bien infinito y la única fuente de dicha permanente. Y es bueno si reflexionamos en por qué el camino que nos conduce a nuestra felicidad consiste en hacer la voluntad de DIOS. La respuesta es muy sencilla: la mayor felicidad sólo puede surgir en la relación con una persona que sea infinitamente buena y que en su bondad (amor) desee comunicársenos, y que anhele, de igual manera, la ofrenda de nuestro amor.

            La felicidad sólo se halla en la unión de los corazones (de las voluntades). Y puesto que la voluntad de DIOS es la fuente primera de todo bien en la creación y en nosotros mismos, sólo podremos ser felices, si encontramos nuevamente el camino hacia esa fuente de bienes eternos.

            Para ello debemos unir nuestra voluntad a la Suya. Los niños pequeños, con su sencillez, comprenden muy bien esto. Para ellos, la felicidad suprema es estar amparados en los brazos de sus padres. Si una madre, empero, olvidase a sus hijos, DIOS jamás se olvidaría de nosotros (cfr Is 49,15). Toda plenitud en el cielo y en la tierra proviene de DIOS, de nuestro Padre celestial (cfr Ef 3,14-15). Cuando rezamos que se haga la voluntad del Padre, lo que en definitiva estamos pidiendo es el pleno cumplimiento de Su plan, el don de la felicidad eterna, el supremo don, que es DIOS mismo y a quien podemos poseer en la medida en que nos entreguemos a Su voluntad. No rezamos para que la voluntad de DIOS se someta a nuestra voluntad; no rezamos solamente para pedir la fuerza en el cumplimiento de Sus mandamientos. Nuestro deseo es, más bien, el de identificarnos con Su voluntad, pues se trata del Señorío de la Voluntad de DIOS “en la tierra como en el cielo”.

            Entre el Reino de DIOS y la voluntad de DIOS existe un vínculo tan estrecho que el evangelista San Lucas incluye esta petición en el Padrenuestro, luego de la petición de la venida de Su Reino. La razón, obviamente, es que la venida del Reino de DIOS está inseparablemente unida al cumplimiento de la voluntad de DIOS, como ambos lados de una medalla. El Reino, perdido una vez por la desobediencia, sólo será restablecido mediante el pleno cumplimiento de la voluntad del Padre, realizada por Cristo en Su sagrada pasión.

            Frente a la voluntad del Padre, que pedía la obediencia hasta la muerte en la Cruz, el mismo JESÚS manifestó dolor y oró diciendo: ¡Padre, si Tú quieres aparta de Mí este cáliz, pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya! (Lc 22,42).

            Por la muerte en la Cruz, aprendió JESÚS la obediencia (Heb 5,8), es decir, que Él venció en Su cuerpo toda resistencia al sufrimiento, de tal manera que pudiese someterse completamente al PADRE en Su humanidad creada. Todo está consumado (Jn 19,30). Como dice San Pablo: Él se sometió al PADRE, para que DIOS sea todo en todos (1 Cor 15,28). ¡Es este el Reino en el que la voluntad de DIOS reina sobre todas las cosas, y nosotros reinamos con Él como coherederos en Cristo!

            Por eso, unidos a Cristo y anhelando la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, victoria que un día conducirá a instaurar el Reino de DIOS de manera irrevocable, rezamos diciendo: “¡PADRE, hágase Tu voluntad!”. Es ésta, en sí, una petición imperativa, pues mientras pedimos un trono en la gloria, nos atrevemos, con ayuda de Su gracia, a orar para que deseemos beber Su cáliz (del sufrimiento). Imploremos con Cristo al PADRE, para que quiera enviarnos un Ángel con el cáliz de la fortaleza, a fin de que, en la vida y en la muerte, estemos perfectamente unidos a la voluntad del PADRE. Todas las demás intenciones están orientadas y subordinadas a esa meta del glorioso reinado de la voluntad divina.

El valor del don

            El padre de una pequeña niña estaba tan contento por el comportamiento de su hijita, que un día la llevó a un gran almacén para que se comprara lo que ella quisiera. “Te has portado tan bien que quiero regalarte algo que te cause alegría. ¡Escoge algo que te guste!”- le dijo el padre. “¡Papá -respondió la pequeña-, quiero el regalo que tú quieras darme!“ Él no comprendió lo que ella quería decir y le volvió a decir: “¡Ve, escoge lo que te cause más alegría!“ Ella, con el impulso del cariño, seguía insistiendo: “¡Pero papá, el regalo que tú me escojas será para mí la mayor alegría!“ Así es el amor perfecto: Se alegra más por el que da que por lo dado. El don es valioso en tanto provenga de una persona amada. Con esta actitud ideal desearíamos, entonces, rezar: “¡PADRE, hágase Tu voluntad!“, pues esta voluntad es para nosotros lo más amado y precioso.

¿Qué es la voluntad de DIOS?

            La expresión de la voluntad de DIOS en la creación es cuádruple: Su intención, Sus mandamientos, Sus consejos y Sus inspiraciones.

Primero: la intención divina.

            “Porque esta es la voluntad de DIOS: vuestra santificación (1Tes 4,3), pues “DIOS, nuestro Salvador…, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2,4). Para eso fue que Cristo murió por nosotros, pecadores. “¡Oh, incomprensible amor del PADRE: para salvar al siervo, entregas al HIJO!” (del Pregón Pascual). Por eso imploramos, en esa petición, la salvación y la redención. La voluntad redentora de DIOS exige de nosotros una libre respuesta; en primer lugar, la fe: “Esta es la obra de DIOS: que creáis en quien Él ha enviado” (Jn 6,29). Por eso, en esa petición también pedimos la fe y el aumento de la fe.

Nosotros recibimos el don divino de la fe a través de la Iglesia. En comunión con ella podemos alegrarnos de sus instrumentos de salvación. La Iglesia es una: “Pues sólo a través de la Iglesia católica de Cristo, que es el instrumento general de salvación, se puede tener acceso a toda la plenitud de los medios salvíficos. Pues sólo al colegio de los Apóstoles -tal como creemos- fue que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza, a fin de constituir el cuerpo de Cristo en la tierra, al cual han de ser incorporados todos aquellos que de alguna manera pertenecen ya al pueblo de DIOS” (Concilio Vaticano II, Decreto sobre el Ecumenismo 3,5). Por eso oramos también por el crecimiento de la Iglesia, la reunificación de todos los cristianos y la conversión de los pecadores.

Segundo: los mandamientos divinos

            Mirad el maravilloso mandamiento: DIOS nos ha mandado amarle a Él, que es el bien infinito, con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas (Deut 6,5). En el amor nos entregamos a DIOS y anhelamos que Él, que Su voluntad, que todo, sea uno en nosotros. Y si lo amamos en verdad, amaremos también a aquellos que Él ama. El Catecismo nos enseña: “El mandamiento Suyo que comprende a todos los demás y que nos revela Su voluntad, dice: “¡Amaos los unos a los otros! Que, como Yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.” (Jn 13,34 / CIC 2822). Así pues, cuando oramos que se cumpla la voluntad del PADRE, pedimos también poder amar como Cristo.

            La medida mínima del amor consiste en cumplir los mandamientos: “Si Me amáis, cumpliréis Mis mandamientos” (Jn 14,15). El Señor dijo al joven rico: “Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” (Mt 19,17). Y cuando el joven le preguntó: “Cuáles?”, el Señor los enumeró.

            Los diez mandamientos son la expresión más marcada de las leyes morales y sociales que pueden encontrarse en cualquier cultura o nación.

            Junto a las obligaciones positivas para con DIOS y para con los Padres, los mandamientos que regulan nuestras obligaciones para con nuestro prójimo están formulados en forma de prohibiciones: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no desearás los bienes ni la mujer de tu prójimo” (CIC, tercera parte, párrafo segundo). De ahí la queja de tantos pecadores: “¡Los mandamientos son demasiado negativos!”.

            ¡Es claro que debemos hacer el bien y evitar el mal! ¿Acaso hay otra forma diferente de denominar el asesinato, el adulterio, el engaño, el robo, la calumnia, la concupiscencia y la envidia, que llamándolos mal?

            DIOS formuló estos mandamientos en forma negativa a fin de facilitarnos, a nosotros, pobres pecadores, su cumplimiento. Mandamientos negativos, que prohíben determinadas acciones, son, entonces, más fáciles de cumplir que mandamientos positivos, los cuales exigen mayor virtud. Así, por ejemplo, es más fácil no robar al prójimo, que -expresado positivamente- ayudar a los pobres compartiendo generosamente con ellos nuestras riquezas. La ley de la Antigua Alianza no poseía en si la fuerza para cumplir las exigencias de la justicia (Rm 3,20; 7,5ss). La fuerza espiritual para la realización de la voluntad de DIOS viene únicamente de Cristo: “¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a DIOS por Jesucristo nuestro Señor!” (Rm 7,24ss; Jn 1,17).

            La nueva ley del amor en Cristo es un reto positivo para nosotros: Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley (Rm 13,8).

La ley del amor supera los diez mandamientos. Y San Pablo continúa diciendo: “Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Gal 6,2). Por eso pide incesantemente a los primeros cristianos que practiquen las virtudes; que sean pacientes, mansos, pacíficos, castos, humildes, etc. Es la voluntad del PADRE que demos abundantes frutos (Jn 15,8). Al pedir que se haga la voluntad del PADRE, pedimos con ello la gracia de cumplir los mandamientos y de crecer en la virtud.

            ¿Cuál es la medida para el amor y las virtudes? ¡El ejemplo de Cristo! “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). San Juan concluye de ahí, que también nosotros debemos estar dispuestos a entregar todos nuestros bienes temporales por la salvación de nuestros hermanos: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que Él dio Su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16).

            Un amor heroico semejante, que nos configura plenamente con Cristo, constituye una gracia única que ha de ser pedida en la oración: “¡Hágase Tu voluntad!”

Tercero: Los santos consejos de DIOS

            Todos los creyentes estamos llamados a ser perfectos como el PADRE celestial es perfecto (Mt 5,48; Rm 12,2; St 1,4). La perfección se basa únicamente en el amor. Además de los mandamientos, DIOS ofrece a los creyentes unos medios aún más perfectos para amarle con un corazón indiviso y para servir a la Iglesia, Su Reino en la tierra. Y Él nos invita a hacer uso de esos medios, que son los llamados consejos. Entre ellos sobresalen los consejos evangélicos, y en particular los votos en las comunidades religiosas. La invitación que hizo Cristo al joven rico apuntaba a una más perfecta unión con Él: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres…; luego ven, y sígueme.” (Mt 19,21).

            Los consejos se diferencian de los mandamientos en lo siguiente: “El mandamiento manifiesta la firme e imperiosa voluntad de quien ordena. El consejo, en cambio, nos pone ante los ojos una voluntad en forma de un deseo. El mandamiento nos obliga, el consejo nos alienta, nos anima. quien transgrede un mandamiento se hace culpable de un delito; pero quien no sigue un consejo sólo se hace menos merecedor de alabanza. Los transgresores de los mandamientos merecen ser condenados; quienes descuidan los consejos, merecen sólo ser menos glorificados… Cuando se manda, se recurre a la autoridad a fin de obligar; cuando se da un consejo, se recurre a la amistad, a fin de atraer y estimular.

            El mandamiento impone una necesidad, el consejo y la recomendación nos animan a algo que es de gran provecho… Se sigue el consejo para agradar y el mandamiento para no desagradar… Pero el corazón que ama no acepta el consejo a causa del provecho que pueda sacarse, sino para identificarse con el deseo de quien da el consejo y honrar su voluntad, como es debido.” (San Francisco de Sales, Tratado del amor de DIOS, VIII,6). “Todos los consejos han sido dados para el perfeccionamiento del pueblo cristiano y no para un cristiano en particular” (Ibíd.)

No se comete pecado si no se siguen los consejos, pero no hay que menospreciar o despreciar los consejos de DIOS, so pena de caer en el orgullo y de echarse encima alguna culpa. Todos los creyentes deberíamos reconocer la sabiduría y la belleza de los consejos de DIOS. Y puesto que debemos amar el Evangelio en su totalidad, hemos también de apreciar los consejos evangélicos y animar a todos aquellos que están libres, a seguirlos, y a quienes su estado de vida se los permite, a llevar una vida consagrada a DIOS, pues los consejos son muy buenos y el mejor y más fácil camino hacia la perfección (1Cor 7,26ss). Pidamos, pues, en esta tercera petición, para que las vocaciones aumenten y para que haya un profundo respeto por la gracia y el don de la vida consagrada a DIOS.

Es terrible despreciar el don de DIOS

            Una vez, una mujer fue donde Don Bosco con sus tres hijos para preguntarle sobre sus destinos. Don Bosco, con inspiración profética, le respondió que el primer hijo iba a ser un abogado exitoso y el segundo un médico también exitoso. La madre quedó muy complacida al escuchar esto. Luego, Don Bosco tomó al más pequeño en sus brazos y le dijo: “Para el más joven está reservado el destino más hermoso, pues será llamado al sacerdocio.” La madre quedó horrorizada al escuchar esto y exclamó: “¡Un sacerdote! Entonces prefiero que muera antes de que llegue a ser sacerdote”. “Mujer -respondió Don Bosco- has cometido un pecado muy grave.” Y con la misma inspiración profética Don Bosco continuó: “¡Tu hijo morirá realmente muy joven, pues has despreciado el don de DIOS!” Al oír esto, la madre quedó profundamente entristecida y pidió perdón. Don Bosco le respondió: “DIOS perdone tu pecado…; empero, tu hijo morirá y DIOS se lo llevará, pues no fuiste considerada digna de tener un hijo que se vistiera con la más grande vocación que hay, la vocación al sacerdocio.” Y así sucedió. Poco tiempo después, el hijo enfermó y murió; casi que fulminado por la blasfema maldición de su madre.

Cuarto: Las inspiraciones de la gracia divina

            Las inspiraciones de la gracia coinciden con los consejos en cuanto que son invitaciones y no mandamientos. “La inspiración es un rayo celeste, que hace brillar una cálida luz en nuestro corazón, mediante la cual vemos el bien y recibimos el calor para desearlo ardientemente (Tratado del amor de DIOS, VIII,10). Las inspiraciones llegan de muchísimas maneras. “¿Oh, qué dichosos son aquellos que mantienen su corazón abierto a las santas inspiraciones! Jamás carecerán de aquellas que les son necesarias para vivir bien y piadosamente de acuerdo con sus circunstancias y para poder cumplir las obligaciones profesionales de una manera santa… [DIOS] concede a cada uno de nosotros, si no oponemos resistencia a la gracia de DIOS, las inspiraciones necesarias para llevar una vida espiritual y poder obrar y perseverar en ella.” (Ibíd.).

Dichas inspiraciones pueden ser de naturaleza extraordinaria, como por ejemplo, las inspiraciones de fundar una comunidad religiosa, tal como lo hiciera, en nuestros días, la Madre Teresa de Calcuta. Otras grandes inspiraciones pueden influir en el curso de la historia, como la inspiración que tuvo el papa Juan Pablo II de consagrar el mundo a la Virgen María o la de declarar tres años de preparación en honor de las tres Personas de la Santísima Trinidad, con miras al Jubileo del año 2000.

            Hay también inspiraciones más corrientes de la gracia. A éstas nos vamos a referir aquí. Las inspiraciones corrientes hacen parte de la gracia actual y hacen que nos inclinemos a realizar ésta o aquella obra buena y a practicar con mayor generosidad, e incluso hasta el heroísmo, una determinada virtud. No todos están llamados a ayunar como Santa María

Egipcíaca, pero sí deberíamos reflexionar sobre qué acto de penitencia sería agradable a DIOS: “Todos los creyentes, cada uno a su manera, están obligados, por ley divina, a hacer penitencia (Canon 1249). No todos pueden pasar 38 años en el desierto sobre una columna, como San Simón el Estilita, pero sí podríamos sentirnos impulsados a hacer, regularmente, una hora de adoración Eucarística.

            Quizá no tengamos la posibilidad de llegar a ser un gran misionero como San Francisco Javier, pero sí podríamos sentir el impulso de la gracia a ponernos a disposición de la Legión de María o de algún otro apostolado, para así propagar la fe.

            San Francisco de Sales equipara tales inspiraciones corrientes a “deseos santos” (Tratado del amor de DIOS, VIII,11; Introducción a la vida devota, III,3) y nos asegura que son signos comunes e importantes de la voluntad de DIOS en nuestra vida. No es fácil discernir tales cosas, pues el peligro de ser engañados por el Enemigo o por nosotros mismos, no es pequeño. Sin embargo, no tiene sentido que ocultemos nuestra cabeza en la arena. Los Apóstoles Pedro y Juan nos enseñan a discernir los espíritus y a quedarnos con lo bueno, pues éste viene de DIOS (1 Jn 4,1; 1 Tes 5,21). En una futura serie de cartas circulares trataremos ampliamente el tema del discernimiento de espíritus. Por el momento bastará con explicar las reglas que propone San Francisco de Sales para un correcto discernimiento de las mociones comunes de la gracia y los deseos de hacer el bien.

            La primera regla es evidente: sólo debemos desear lo bueno, pero no buscar en ello honra, cargos, visiones, ni éxtasis, pues todo esto oculta en sí mismo el peligro de la vanidad y el engaño.

            Igualmente deberíamos evitar los deseos de poseer bienes que están prácticamente lejos de nuestro alcance, pues ello conduce a la dispersión y a la tristeza. Además, hacen que olvidemos hacer el bien inmediato. Las personas caen particularmente en este peligro, cuando se encuentran en una situación difícil. Así, puede suceder con facilidad que una persona que se sienta infeliz en su matrimonio, sueñe con ingresar a un convento. “¿Qué sentido tiene eso?”, se pregunta San Francisco de Sales. A quienes han asumido un determinado estado de vida, San Francisco de Sales les aconseja en forma severa que no se pongan a considerar un cambio de estado (Introducción a la vida devota, III,37). Una típica tentación en esa dirección puede también atormentar a religiosos piadosos, que sienten el deseo de escapar e ingresar en el Carmelo o en una Cartuja para llevar una vida contemplativa.

            También aparecen con frecuencia todo tipo de engaños en el modo y la manera como algunas personas desean para sí la cruz: quisieran ser grandes mártires, pero omiten cargar con fiel entrega las pequeñas cruces de cada día o defender y apoyar las enseñanzas del Santo Padre.

Una de las mejores señales para reconocer una inspiración es que mueve a las almas a un gran celo, y a ser perseverantes y constantes en la práctica de las virtudes corrientes. El bien de la vida espiritual no está en los muchos y diversos comienzos, sino en un elevado grado de perfección en las virtudes correspondientes a nuestro estado de vida: “No se ha de querer realizar, de una vez y simultáneamente, varias prácticas devotas, pues muchas veces el enemigo intenta hacer que emprendamos e iniciemos muchos planes, de tal manera que, oprimidos por demasiados trabajos, no logremos nada y dejemos todo incompleto.” (Sobre el amor de DIOS VIII,11). Otras veces nos impulsa a asumir cosas que evidentemente superan nuestras capacidades, de tal forma que además de conducirnos al fracaso, hace que olvidemos realizar el bien que está en el ámbito de nuestras posibilidades.

“Uno de las mejores señales para reconocer la bondad de una inspiración, sobre todo de una extraordinaria, es la paz y la tranquilidad del corazón” (Ibíd. 12), pues el ESPÍRITU SANTO obra suavemente. El Enemigo intenta con frecuencia “imitar” esa paz. Pero el temor de DIOS y la humildad que acompañan la gracia divina, no los puede “imitar”. En la gracia, el alma se alegra en el Señor, mientras que las “imitaciones” del enemigo son almibaradas y aduladoras.

            Finalmente, no hay señal más confiable para reconocer el origen divino de una inspiración que la suave y sencilla docilidad, en santa obediencia, a los superiores canónicamente nombrados. “En la obediencia, todo está seguro; y todo lo que se hace fuera de la obediencia, es sospechoso. Cuando DIOS lanza una inspiración a un corazón, de lo primero que la llena es de obediencia.” (Ibíd. 13).

            “Dicho brevemente, las tres mejores y más seguras señales de la auténtica inspiración son: la perseverancia, que es contraria a la inconstancia y la ligereza; la paz y mansedumbre del corazón, que son contrarias a la intranquilidad y el desasosiego; la obediencia humilde, que es contraria a la obstinación y el capricho.” (Ibíd., 13).

            Así pues, cuando oramos para que se haga la voluntad de DIOS, pedimos también el don del correcto discernimiento y de la fidelidad a las inspiraciones de Su gracia.

Los Ángeles y la voluntad de DIOS

Oramos para que se haga la voluntad de DIOS “en la tierra como en el cielo”. El papa San Pío V declaró:

            “Imploramos también la forma y prescripción de esta obediencia, para que se disponga según aquella regla que observan en el cielo tanto los Ángeles bienaventurados, como los demás coros de los espíritus celestiales, de tal manera que así como ellos, por impulso propio y con enorme alegría, obedecen al Ser divino, así también nosotros, como Él mismo tanto lo desea, cumplamos con toda disponibilidad la voluntad de DIOS” (Catecismo de Trento. De la tercera petición del Padrenuestro).

            Además, es de aceptación general que la expresión “en la tierra como en el cielo”, se relaciona con las tres primeras peticiones: Cristo nos pone ante los ojos a los santos Ángeles como modelos de santa obediencia, de glorificación del nombre de DIOS y como ciudadanos modelos de Su Reino celestial. (Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, Mt 6,7).

            La ley nos fue promulgada a través de los Ángeles (Gal 3,19; Heb 2,2; Hch 7,53). Los santos Ángeles son enviados a conducirnos por el camino de la voluntad divina: “He aquí que Yo voy a enviar a un Ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado. Pórtate bien en su presencia y escucha su voz; no le seas rebelde, que no perdonará vuestras transgresiones, pues en él está Mi nombre. Si escuchas atentamente su voz y haces todo lo que Yo diga, tus enemigos serán Mis enemigos y tus adversarios Mis adversarios.” (Ex 23,20).

            Respecto a esta forma de ayuda angélica, es decir, de reconocer y cumplir la voluntad de DIOS, escribe San Juan de la Cruz: “Mira que tu Ángel custodio no siempre mueve el apetito a obrar, aunque siempre alumbra la razón. Por tanto, para obrar virtud, no esperes al gusto, que te baste la razón y el entendimiento” (Dichos de Luz y Amor, núm. 34). Y Santo Tomás de Aquino confirma: “El hombre puede caer voluntariamente en el pecado; pero el mérito de levantarse sólo es posible por el auxilio divino, que le es concedido al hombre por mediación del ministerio de los Ángeles. Por eso los Ángeles actúan en todas nuestras buenas obras.” (Summa Theologica I. 114, 3.3m; CIC 350).

Para resumir, podemos establecer que sin la ayuda de los Ángeles no podemos cumplir eficazmente la voluntad de DIOS y crecer en la gracia. Por eso los santos Ángeles tienen una misión importante, nos ayudan a conocer y cumplir la voluntad de DIOS. Hemos de pedir humildemente esta ayuda, pues es voluntad del PADRE enviar a Sus Ángeles en nuestro auxilio.