“¡No nos dejes caer en la tentación!”

1. ¡Cuán propensos somos a caer en tentación!

En todo lo que hacemos buscamos la felicidad. Claro que la completa felicidad sólo se halla en Dios, pero algunos buscan la felicidad en Dios, sin llegar a entregarse totalmente con un amor perfecto.

Sabemos, por instinto, que el anhelo de felicidad es desear el máximo bien. Este nos ofrece dos cosas: deleite y posesión segura y duradera. El mundo (placer y ambición) promete todo esto, pero no lo puede cumplir. La vanidad de la vida es la ilusión de poder alcanzar la felicidad con la actitud del “¡dame!, ¡dame!”, pero sin entregarse jamás totalmente en el amor.

San Agustín pone en evidencia estos dos errores: “La equivocación consiste en buscar la felicidad en cosas que están destinadas a ser usadas o en usar cosas que son motivo de felicidad” (Sobre la doctrina cristiana, Libro I). Es, pues, por una parte erróneo buscar la felicidad en las cosas creadas (p. ej. riqueza u honra); por otra parte, es erróneo “utilizar” a Dios, con lo cual nos estamos buscando a nosotros mismos (p. ej. mediante una falsa piedad que honra a Dios sólo en apariencia, y que en el fondo lo que busca es el propio yo).

Hasta cierto punto a Adán y Eva les fue mejor que a nosotros. Dios los creó con la gracia especial de la integridad, mediante la cual las aptitudes inferiores de la naturaleza humana – los apetitos y los impulsos– obedecían a la voluntad y al entendimiento. Adán, Eva y sus descendientes estaban destinados a permanecer en ese estado original, con la condición de ceñir su entendimiento y voluntad a una eterna alianza de fe en Dios. Y puesto que no lo hicieron, pecaron, privándonos también a nosotros de la gracia santificante, del paraíso, de la inmortalidad y de la gracia de la integridad. Desde entonces, quedaron liberadas todas las pasiones en el hombre. Nuestras pasiones, no sujetas ya al entendimiento y la voluntad, nos llevan constantemente a la tentación. La única esperanza de la humanidad fue la promesa de un redentor (véase Gen 3,15).

 Mediante Su muerte y resurrección el Señor recuperó para nosotros la gracia y la amistad con Dios y nos abrió nuevamente las puertas del cielo. Con todo, la gracia de la integridad no fue restaurada, razón por la cual toda nuestra vida se halla intrincada en un sinnúmero de fuertes tentaciones y pruebas que amenazan con apartarnos de la senda de la vida y conducirnos a la perdición. San Pablo y San Juan atribuyen todos nuestros deseos desordenados al amor por el mundo: “La raíz de todos los males es el afán de dinero” (1 Tim 6, 10), y “todo lo que hay en el mundo –la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas– no viene del Padre, sino del mundo. (1 Jn 2, 16).

Nos encontramos rodeados de las seducciones y escándalos del mundo: “Por poco mis pies se me extravían, nada faltó para que mis pasos resbalaran, celoso como estaba de los arrogantes, al ver la paz de los impíos” (Sal 73,2–3). Además, nuestros enemigos espirituales conjuran contra nosotros; y pedimos al Señor: “Asegura mis pasos conforme a Tu promesa, que no me domine ningún mal” (Sal 119, 133), y “no dejes que se incline al mal mi corazón, a hacer impías maldades” (Sal 141, 4).

El Maligno se inmiscuye, no como objeto de nuestras tentaciones, sino como azuzador de nuestras pasiones. Por su envidia entró la muerte en el mundo (cf. Sb 2, 24). Él es, desde el comienzo, mentiroso y homicida (Jn 8, 44); él seduce con pan y circo o juegos (cf. las tentaciones de Jesús en Mt. 4, 3–6; Lc 4, 3–13), y si no logra nada con esto, entonces recurre a las amenazas y a las persecuciones (cf. Ef 6, 12; Job 1, 12ss).

Sin embargo, nuestra propia locura hace que nos sonrojemos, pues no todas nuestras faltas se las podemos achacar al demonio. Muchas veces nuestra propia concupiscencia y amor propio son motivo suficiente para que caigamos (Tomás de Aquino: Suma Teológica I. q 114, a.3, c y 3m). “Como peces apresados en la red, como pájaros presos en la trampa, así son tratados los humanos por el infortunio (la tentación)” (Qo 9, 12). Con razón clamamos a Dios: “No dejes que vayamos por la senda del mal”, “no nos dejes caer en la tentación”.

2. La paradoja de esta petición

¿Por qué Jesús formuló esta petición de manera tan paradójica? “Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que le arrastra y le seduce” (Sant 1,13–14). El Catecismo de la Iglesia Católica aclara: “Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa “no permitas entrar en” (cf Mt 26,41), “no nos dejes sucumbir a la tentación”… Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.” (CIC Nr. 2846). Relacionado con esto se encuentra también el concepto bíblico de la providencia de Dios y la sutil naturaleza de la tentación.

a. Providencia y libertad de las criaturas

La providencia de Dios se extiende a todo, también a la libertad de las criaturas. Dios es la causa real de nuestro buen ser, “pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar” (Flp 2, 13). Isaías proclama: “también llevas a cabo todas nuestras obras” (Is 26, 12). En verdad, nada podemos hacer separados de Cristo (cf Jn 15,5).

La gracia de Dios actúa como una invitación que nos hace también capaces de la vida sobrenatural, gracia que por nuestra condición de seres libres podemos aceptar o rechazar. El pecador que rechaza la gracia no queda por fuera de la providencia de Dios; más bien queda excluido del plan de la misericordia de Dios e incluido en el plan de Su justicia, si persiste hasta el final en su obstinación. Mientras tanto, Dios tiene paciencia, pues espera nuestra conversión (cf 2 P 3, 9).

b. El lazo de la tentación

En nuestra condición de criaturas limitadamente conscientes somos incapaces de concentrarnos de una manera total y simultánea en cosas diversas. Esta limitación es aún mayor por causa de nuestros sentidos. Por esta razón, una parte importante del autodominio consiste en controlar los sentidos y la divagación de los pensamientos, pues “la muerte ha trepado por nuestras ventanas” (Jr 9, 20). Por una especie de decisión pre-moral, en gran medida irreflexiva, dejamos que nuestros pensamientos divaguen hacia una determinada dirección y hacia un determinado objeto. Y como nuestra naturaleza caída es propensa al mal, muchas veces nos dejamos atraer por ese mal bajo la apariencia superficial del bien.

La tentación es, antes que todo, una seducción que promete tener a disposición la llave de la felicidad; es un truco que dirige nuestra atención hacia cosas equivocadas; es una trampa oculta que amenaza con arrastrarnos a la perdición. El anzuelo de una tentación consiste en satisfacer algo o en lograr poseer algo que se desea. Ambos nos alejan de Dios, pues “¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios?” (Sant 4,4). “Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo… Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores” (1 Tim 6, 9–10).

La muerte del alma provocada por el pecado asume en esta vida dos formas fundamentales: el primer tipo de pecado mortal proviene de la búsqueda desmedida de los bienes de este mundo, con lo cual se destruye la gracia santificante y el amor. Este pecado consiste en una desordenada inclinación hacia lo mundano. Aunque en esta condición los hombres se hallan espiritualmente muertos, aún poseen, sin embargo, fe y esperanza. De ahí que su reconciliación con Dios pueda efectuarse más fácilmente. El segundo tipo de pecado mortal consiste en un rechazo directo de la fe y la esperanza sobrenatural. Mediante el rechazo consciente de Dios, el pecador destruye la raíz de la fe y de la esperanza; ya no reconoce ni anhela más el reino de Dios. Una persona en semejante situación necesita una doble conversión para salvarse: rechazar el mundo y volver a Dios.

El mundo y la carne son como una carnada en el anzuelo, el cual nos conduce al primer nivel de la muerte. Pero el verdadero objetivo del Maligno es la apostasía, el renegar de la fe. Si tenemos claridad al respecto, entonces también comprenderemos mejor el significado de la expresión “caer en la tentación” y “conducir a la tentación”. Estos conceptos aluden a la imagen de una trampa o de un lazo, imagen a la cual nos remite expresamente San Pablo en el versículo arriba mencionado: “Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo… Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores” (1 Tim 6, 9–10).

La misma imagen de trampa se halla en la afirmación de San Pablo: “Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poder resistirla con éxito” (1 Cor 10, 13). Al comienzo están el afán y la satisfacción de cosas pequeñas, que poco a poco se vuelven afectos desordenados y conducen a pecados graves de concupiscencia. Persistir obstinadamente en estos pecados lleva a la pérdida de la fe, un fenómeno muy extendido en el mundo moderno. Una vida de satisfacción y de placer es una senda equívoca llena de trampas, que finalmente conduce a la muerte de la fe, pues no podemos servir a dos señores, a Dios y al Dinero (cf Mt 6, 24).

c. Tentaciones amenazadoras

Cuando el demonio no logra nada con sus seducciones, recurre a tormentos y al temor ante la muerte (cf Hb 2, 15). De esta manera fue cribado Pedro por Satanás (cf Lc 22, 31) y considerado mediocre a causa de su cobardía. Más tarde, cuando fue confirmado nuevamente en la gracia, advertía: “Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe” (1 P 5,8–9). ¿No había orado Cristo por Pedro en su prueba para que no vacilase en la fe? (cf Lc 22, 32).

El demonio, cuando no logra destruir la fe, regresa y ejecuta un demoledor ataque contra la esperanza, mediante la pasión del temor. El temor es la principal arma del Enemigo (cf Hb 2,14 ss). Al amenazar con la pérdida de bienes terrenales (bienestar, salud, honra, vida), busca doblegar a las almas; al fastidiar su paz interior mediante atormentadores pensamientos de culpa y condenación, y “desplegar” la inexorable justicia divina, intenta conducir a aquellas almas sensibles a estados de depresión y apatía (cf Santa Teresa de Jesús: Libro de la vida, cap. 30, 8 ss). A esto le siguen tentaciones de desesperación y hasta de blasfemias contra Dios, situación en la que el alma riñe con Dios (pensando que Su justicia es inexorable y la salvación imposible). Manifiesta San Agustín que cuando clamamos a Dios diciendo: “no nos dejes caer en la tentación”, lo que en realidad pedimos es la gracia de la perseverancia, el triunfo de la esperanza (cf San Agustín. Sobre la perseverancia, cap. 9–11).

d. Tentaciones de falsa piedad

Santa Teresa de Jesús hace ver cómo el demonio perjudica gravemente a las almas piadosas, haciéndolas creer que tienen virtudes que en realidad no poseen –al menos no en el grado que ellas imaginan. “Porque en los gustos y regalos, parece que sólo recibimos y que quedamos obligados a servir; acá parece que damos y servimos y que el Señor está obligado a pagar, y así poco a poco hace mucho daño. Que por una parte debilita la humildad, por otra nos descuidamos de adquirir aquella virtud que nos parece tener ya ganada.” ¿Qué remedio aplicar contra ello? Continúa Santa Teresa: “El que a mí me parece mejor, es lo que nos enseña nuestro Maestro: oración y suplicar al Padre Eterno que no permita que caigamos en tentación” (Camino de perfección, cap. 38).

3. Resistencia a las tentaciones y al Enemigo

“Nadie debe temer por cualquier combate o tentación del demonio que le sobrevenga” –enseñó el Señor a Santa Catalina de Siena– “porque Yo les he hecho fuertes y les he dado firmeza de voluntad, robustecida en la sangre de Mi Hijo. […] Si el hombre no pone este cuchillo de su voluntad en las manos del demonio, consintiendo en las tentaciones y sugestiones suyas, nada hay capaz de herirle con la culpa del pecado. Antes al contrario, por ello se verá fortalecido, si abre los ojos de su entendimiento para comprender Mi amor, que es el que permite que sean tentados sólo para conducirlos a la virtud y ser probados en ella” (Diálogo. “El puente”, núm. 44).

El apóstol Santiago nos exhorta a que resistamos al demonio y él huirá de nosotros; acérquense a Dios en la oración, y Él se acercará a nosotros (Sant 4,7–8). El apóstol San Pablo nos anima: “Por lo demás, hermanos míos, confortaos en el Señor, y en su virtud todo poderosa. Revestíos de la armadura de Dios, para poder contrarrestar las asechanzas del diablo. Ante todo, portad el escudo de la fe, con el cual podréis apagar todos los dardos incendiarios del Maligno. ¡No ceséis de rezar e implorar! ¡Orad en todo tiempo en el Espíritu! (Ef 6, 10–11. 16.18).

Santa Teresa de Jesús recomienda despreciar al Enemigo. “Son tantas las veces que estos malditos me atormentan y tan poco el miedo que yo ya les tengo, al ver que no se pueden mover si el Señor no les da licencia. Lo dicho significa que el verdadero siervo de Dios le importa poco lo que estos espantajos hagan para atemorizarle. Sabe que cuando menos le importa, ellos se debilitan mientras que su alma se fortalece… Porque no son nada sus fuerzas si no ven almas cobardes, ante quienes muestran su poder” (Autobiografía, cap. 31, 9–10). También San Antonio, el eremita del desierto, practicó esta estrategia, cuando alguna vez fue atacado por una manada de animales salvajes (demonios) que amenazaban con destrozarlo. Se pusieron delante de él, rugiendo, mostrando los dientes y haciendo un terrible estruendo con sus patas. Sin dejarse impresionar por el espectáculo, San Antonio los retó: “¡Si tenéis algún poder, entonces es porque viene de Dios y cumplirá Su designio! ¡Venid, mostrad de qué sois capaces! ¡Pero si no se os ha dado ningún permiso, entonces terminad con este espectáculo y desapareced!” Humillados al extremo, huyeron en medio de lamentos y aullidos.

a. La oración como remedio universal

“La oración”, escribió San Alfonso María de Ligorio, “es la más importante arma de defensa contra nuestros enemigos. Quien no recurra a ella, está perdido. Adán cayó en pecado, porque no se encomendó a Dios cuando fue tentado” (Grandes medios de salvación, I, 1,2). Ciertamente, nadie cae en pecado, a no ser que haya tomado previamente la decisión de abandonar la oración. Quien persevera en la oración no caerá en tentaciones.

San Agustín expone que la oración es la única gracia que se nos brinda constantemente. Mediante la oración accedemos a cualquier otra gracia, no sólo para evitar la tentación, sino también para alcanzar una heroica santidad. (cf Sobre la perseverancia, cap. 39, 12 ss).

b. La humildad conduce a la victoria y a la gloria

La segunda gran arma contra las tentaciones es la humildad. San Pedro, quien tuvo que pasar por una muy dura escuela, nos exhorta: “Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes les da Su gracia. Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que os exalte cuando llegue la hora. Descargad en Él todas vuestras preocupaciones, pues Él se ocupa de vosotros” (1 P 5, 5–7). Cuando el apóstol San Pablo era atormentado por las tentaciones de la carne, buscaba refugio en la oración: “Tres veces pedí al Señor que le apartase de mí, pero Él me respondió: te basta Mi gracia, porque Mi poder triunfa en la debilidad. Más bien me gloriaré de mis flaquezas, para que resida en mí el poder de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,8 ss). El Señor permitió esas tentaciones con miras a un bien mayor, del cual San Pablo sería merecedor mediante su colaboración con la gracia divina. Y en último término, esto le exigía crecer en la humildad: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me vuelvan presuntuoso, tengo un aguijón clavado en mi carne: un ángel de Satanás que me hiere” (2 Cor 12, 7).

De ahí que Santo Tomás saque la siguiente conclusión: “No rezamos para no ser tentados, sino más bien para no ser vencidos por la tentación, que es el significado de las palabras: ‘caer en la tentación’” (Suma teológica II–II, 83, 9c).

  1. La ayuda de los ángeles en las tentaciones

a. Su intercesión y mediación

Los santos ángeles constituyen la respuesta y ayuda apropiadas contra todas las tentaciones, todas las maquinaciones y todo el odio del demonio. Ellos conocen la debilidad de nuestra alma y pueden ver al tentador, cosa que nosotros no podemos. Ellos nos exhortan, a través de nuestra conciencia, para que sirvamos a Dios y evitemos el pecado; nos fortalecen para que resistamos a las tentaciones y ejercitemos las virtudes; nos iluminan respecto a la verdad y ponen en evidencia los errores. El Ángel guardián, que está a nuestro lado (su nombre mismo da testimonio de su misión divina de velar sobre nosotros y protegernos del mal), es para nosotros un permanente auxiliador en cualquier circunstancia de la vida y en cualquier necesidad. Fue así como San Rafael hizo saber a Tobías y a Sara que sus oraciones habían sido llevadas ante el Trono del Altísimo (Tob 12,12). Él mismo había sido enviado por Dios en respuesta a sus oraciones (Tob 3,16); él les ayudó a vencer al espíritu maligno mediante la oración sincera (Tob 8,2 ss) e hizo que todas sus empresas llegaran a buen término (Tob 12,3).

San Juan de la Cruz enseña: “también se pueden entender como pastores del alma a los mismos ángeles, porque no sólo llevan a Dios nuestras peticiones, sino también traen las de Dios a nuestras almas, apacentándolas, como buenos pastores, con dulces comunicaciones e inspiraciones de Dios, por cuyo medio ellos nos amparan y defienden de los lobos, que son los demonios (Cántico espiritual, canción 2, declaración 2, párrafo 2).

b. Auxilio en las pruebas de la carne

En las tentaciones que vienen del mundo y de la carne, los ángeles nos fortalecen y dirigen nuestra mirada hacia Dios; si es necesario, también nos advierten del juicio que nos espera a causa de nuestra infidelidad. Al elegir entre el cielo y la tierra: “tu santo ángel te insta cuanto puede, ofreciéndote de parte de Dios innumerables gracias y auxilios para ayudarte a subir a Él” (Francisco de Sales, Introducción a la vida devota I, cap. 17). ¿Qué gracias son éstas? Respecto a las almas diligentes, San Ignacio de Loyola explica que es propio del buen espíritu “dar ánimo, fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y eliminando los impedimentos, para que el buen proceder continúe” (Ejercicios espirituales, núm. 315).

Si imitásemos a nuestro santo ángel en que jamás aparta su rostro de la faz de Dios, podríamos vencer fácilmente cualquier tentación (cf Mt 18, 10 ss). En el momento de la tentación, el sólo hecho de pensar que nuestro Ángel guardián es testigo de nuestra decisión moral nos será de gran ayuda para resistir el pecado, pues el pecado es algo que se hace preferiblemente en secreto, a escondidas y a solas.

“Nuestro Señor reveló a Santa Catalina de Siena que en el momento en que ella hubiera de pasar por una terrible tentación [contra la castidad], Él se encontraría en lo más profundo de su corazón para defenderla –al igual que un ejército en una fortaleza–, y que sin Su ayuda sería vencida en ese combate. Lo mismo sucede con todos los ataques masivos que lanzan nuestros enemigos contra nosotros; de tal manera que podemos decir con Santiago que es el ángel quien nos protege de todo mal” (Francisco de Sales, Tratado del amor divino III,3). A este respecto, San Juan de la Cruz anota: “Algunas veces el demonio despierta muchas mociones en la parte sensitiva del alma, tanto agitaciones espirituales como sensoriales, de las cuales no puede liberarse fácilmente. Aquí el Señor debe enviar a su ángel, que según las palabras del salmo ampara y libera a los que temen a Dios (33,8)” (Cántico espiritual, canción 16, declaración 2).

c. Contra las argucias del demonio

¿Cómo puede ayudarnos el santo ángel, cuando el Maligno se disfraza de ángel de luz para confundir a los elegidos? (cf 2 Cor 11,14). En tentaciones de este tipo, explica San Ignacio de Loyola, es propio del ángel malo, encubierto de ángel de luz, a “traer pensamientos buenos y santos conforme al parecer de un alma justa, y después poco a poco procura alejarse atrayéndolo con engaños y perversas intenciones” (Ejercicios espirituales, núm. 332).

En tales circunstancias, el santo ángel sólo puede proceder con gran prudencia, dirigiendo sus exhortaciones e inspiraciones a la conciencia y haciéndonos ver las verdades fundamentales de nuestra fe y de la ley de Dios. Algunas veces suscita “temor y miedo en medio de peligros desconocidos, a fin de que nos dirijamos a Dios en la oración y permanezcamos alerta” (Tratado del amor divino II, 15). En tales situaciones el ángel se encuentra muy limitado, pues cuando el demonio mismo se disfraza de ángel bueno, las inspiraciones espirituales del Ángel guardián corren serio peligro de ser mal interpretadas. Aquellas personas que van detrás de iluminaciones, señales y consuelos, son fácilmente engañadas por el demonio, pues atribuyen equivocadamente esa falsa luz al ángel bueno. De ahí que en momentos semejantes el ángel bueno señale el sencillo camino de la obediencia, de la fidelidad y de la humildad, pues es en este camino que el alma se encuentra anclada con mayor seguridad en el misterio de la Iglesia, en la cual se halla nuestra salvación y de la cual intenta separarnos el demonio a cualquier precio.

d. Obediencia fundada en Cristo

El peligro del engaño se evita mediante la obediencia a la Iglesia. Cristo, que nos redimió a través de Su obediencia, nos trazó claramente el camino en la Iglesia. Por esta razón, San Francisco de Sales, quien era un gran amigo y cultivador de la familiaridad con el Ángel guardián, aconsejaba: “¿Quieres tomar con seguridad el camino de la devoción? Pues busca alguna persona de virtud que te guíe y encamine. Esta es la advertencia de las advertencias, pues como dice San Juan de Ávila, por más que te fatigues, no hallarás medio más seguro de hacer la voluntad de Dios que con una humilde obediencia, tan encomendada y practicada por las personas devotas de épocas pasadas” (Introducción a la vida devota I, cap. 4).

Una vez más aconsejaba: “pero el gran remedio contra todas las tentaciones, grandes o pequeñas, es abrir el corazón al director espiritual y manifestarle las sugestiones, sentimientos y afectos que se sienten” (Introducción a la vida devota IV, 6).

Tal obediencia acaba de una vez con las conversaciones intrincadas –al contrario del Maligno, que se alegra con las discusiones, pues sólo puede obtener ganancias de aquellas almas dispuestas a entablar conversación con él. El Señor manifestó a Santa Margarita María Alacoque que Él daba la mayor importancia a la obediencia: “Has de saber que de ninguna manera me siento ofendido por todos los combates y esfuerzos en Mi contra, que haces bajo obediencia, pues por ella entregué Mi vida. Y quiero mostrarte que soy el Señor absoluto sobre Mis dones y mis criaturas y que nada puede impedir el cumplimiento de Mis planes. Por eso, no sólo quiero que hagas todo lo que tus superiores te digan, sino también que todo lo que Yo te ordene, no lo hagas sino con la aprobación de ellos. Pues Yo amo la obediencia, y sin ella nadie me puede agradar” (Autobiografía I, 51). Sobre esta doctrina –tan antigua y sin embargo tan nueva– volvió recientemente la hermana Santa Faustina: “Un alma que desee sinceramente progresar en la perfección, ha de observar con exactitud el consejo dado por su director espiritual. Tanta santidad como dependencia” (Diario, 377).

Esto explica por qué los santos ángeles desean trabajar conjuntamente con los siervos de la Iglesia, pues mediante esa sujeción a las enseñanzas de la Iglesia y a los siervos visibles de Cristo en la Iglesia, no podrán sus protegidos equivocarse y agradarán siempre a Cristo (y ésta es, ciertamente, la meta principal de los santos ángeles). El alma será protegida de todo peligro por la oración y la obediencia humilde. Además, de este modo podrá desarrollarse verdaderamente una benéfica unión con el Ángel guardián.