Obra de los Santos Ángeles

Consagración a los Santos Ángeles

 
Santos Ángeles de Dios,
en la presencia de Dios Uno y Trino y en el amor de Jesucristo, mi Señor y Redentor, yo, N.N., pobre pecador, quiero establecer hoy una alianza con vosotros, Sus siervos, para que en comunión con vosotros, pueda dedicarme con humildad y fortaleza a la gloria de Dios y a la venida de Su Reino.
Por eso os suplico encarecidamente que me asistáis de modo particular
– en la reverente adoración a Dios y al Santísimo Sacramento del Altar,
– en la contemplación de la Palabra y de las obras salvíficas de Dios,
– en el seguimiento de Cristo y el amor a Su Cruz en espíritu de expiación,
– en el fiel cumplimiento de mi misión en la Iglesia, sirviendo a ejemplo de María, mi Madre celestial y vuestra Reina.
Y tú, mi buen Ángel de la Guarda, que ves continuamente el rostro de nuestro Padre que está en el cielo (cf Mt 18,10), Dios me ha confiado a ti desde el inicio de mi vida. Te agradezco de todo corazón por tu amoroso cuidado. A ti me entrego y te prometo mi amor y fidelidad.
Te pido: protégeme contra mi propia debilidad y contra los ataques de los espíritus malignos; ilumina mi espíritu y mi corazón para que conozca y cumpla siempre la voluntad de Dios y guíame a la unión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Esta Consagración fue aprobada por la Congregación para la Fe, y para uso en el Opus Angelorum, el día 31 de mayo de 2000. © Copyright 2000: Congregazione dei Canonici Regolari della Santa Croce, Roma. Todos los derechos reservados, incluso traducciones. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de reproducción de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro.

Culto a Dios y Comunión

En la última circular se señaló que una consagración a los santos ángeles constituía una entrega (devoción) particular, basada en la gracia bautismal. Mediante el Bautismo surge la comunión de fieles en Cristo. Esta comunión, nacida de la gracia, constituye el fundamento de la devoción y consagración a los santos ángeles. El Concilio Vaticano II enseña que: «la Iglesia peregrinante desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos […]. Siempre creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo […] nos están íntimamente unidos en Cristo; junto con la Bienaventurada Virgen y los santos ángeles, les profesó peculiar veneración» (Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, 50). Esta comunión se realiza plenamente en la celebración de la Liturgia, pues «en su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 335; cf Hb 12,22). «En la Liturgia terrena […] cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial» (Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, 8), y «al celebrar el Sacrificio Eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial (Lumen Gentium, 50). Esta comunión incluye a los santos ángeles, pues también ellos tienen a Cristo como Cabeza y son miembros de Su Cuerpo místico (cf Ef 1,20-23; Col 2,10; Summa Theol. III.8,4,c).

La finalidad de la Consagración a los Ángeles es consolidar y cultivar esta comunión. En la oración de consagración nos dirigimos a los santos ángeles para establecer un pacto con ellos. Mediante este vínculo queremos sobre todo adorar a Dios junto con los ángeles. También queremos honrar a los ángeles, darles gracias e implorar su ayuda para nosotros y para la Iglesia. Puesto que los ángeles y los hombres son «consiervos» del Señor (cf Ap 19,10; 22,9), queremos comprometernos con ellos, según nuestras sencillas fuerzas, en la venida del Reino de Dios.

Ya que esta misión es común a los ángeles y a los hombres, la veneración a los santos ángeles estimula la alabanza conjunta de Dios y el compromiso conjunto por la salvación de las almas. De ahí que en la historia de la Iglesia haya habido muchas cofradías de los ángeles. Y aun cuando los miembros se encuentren en lugares apartados, se saben unidos espiritualmente, pues la consagración es un pacto y un pacto crea comunión. Por consiguiente, queremos vivir también este pacto en la comunidad de la Obra de los Santos Ángeles, apoyándonos, ayudándonos y animándonos mutuamente. La Consagración a los santos Ángeles implica un compromiso serio, razón por la cual ha de efectuarse sólo después de una preparación apropiada y ligada generalmente a la vinculación con una asociación del Opus Angelorum reconocida por la Iglesia, como la Cofradía de los Ángeles de la Guarda.

La Consagración a los Santos Ángeles está estructurada en dos partes. En la primera parte se establece la espiritualidad del Opus Angelorum como fundamento orientador para el pacto con los ángeles y nuestro compromiso. Sólo quien está decidido a aspirar a esta elevada meta, ha de pensar en la consagración. En la segunda parte, el hombre se dirige al propio ángel de la guarda en el ámbito de la misión que le ha sido confiada por Dios con miras a la educación y santificación de su protegido. Esta segunda parte es también apropiada como consagración privada al ángel de la guarda, para aquellos fieles que deseen cultivar su unión con él.

 
Para que la oración, y el pacto con el ángel vinculado a ella, produzcan fruto en la vida espiritual de los miembros del Opus Angelorum, vamos a reflexionar enseguida acerca del contenido de esta consagración y a explicar también la razón por la cual los mismos Santos Ángeles están interesados en establecer un pacto con nosotros.

Relación entre consagración y pacto

La consagración a los santos ángeles como pacto corresponde a la teología bíblica de la alianza. Es un pacto sagrado, una promesa solemne, mediante los cuales convienen y se confirman nuestras mutuas relaciones y compromisos.

En las Sagradas Escrituras la alianza se estableció primordialmente entre Dios y el Pueblo. Josué comunicó la renovación de esta alianza. Dios prometió bendición y salvación, y el pueblo asintió: «‘Queremos servir al Señor.’ Dijo entonces Josué al pueblo: ‘Testigos sois contra vosotros mismos de que habéis escogido al Señor para servirle.’ Respondieron: ‘Testigos somos’». (Jos 24, 21-22.24-25). También hubo alianzas entre el pueblo y el rey: el pueblo estableció ante Yahvé un pacto con David y le ungió como rey (cf 1 Cr 11, 1-3). Hubo, además, pactos entre individuos. “He hizo Jonatán pacto con David, porque le amaba como su propia alma” (1 Sam 18,3). Más tarde David se refirió a este pacto y lo relacionó definitivamente con Dios: “Haz este favor a tu siervo; ya que tú [Jonatán] has concluido con tu siervo un pacto de Yahvé” (1 Sam 20,8).

Se alude también a un pacto con el ángel en el convenio establecido entre Tobías y Rafael, quien acompañó voluntariamente al hijo de Tobías en su exitoso viaje (Tob 5,6.15-17). Tobías alude también indirectamente al resultado de este pacto, luego de volver del viaje, cuando dice a su padre: «Oh, padre, ¿qué salario le daremos? ¿O qué cosa podría considerarse como equivalente de sus beneficios?” (Tob 12,2). La relación mutua que surgió del pacto no se restringió al mero cumplimiento de ciertos compromisos, sino que también implicó amistad, amor y fidelidad.

En este pacto con los ángeles aspiramos a establecer una estrecha comunión con ellos en el amor a Dios; y en comunión con ellos esperamos poder comprometernos con mayor eficacia por la gloria de Dios y la venida de Su reino. Pues «Dios quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad peculiar de cada una, su interdependencia y su orden» (Catecismo de la Iglesia Católica, 353).

Comunión entre el Ángel y el Hombre

Nos esforzamos por realizar este santo vínculo con los ángeles a través de cuatro aspectos: en la adoración, en la contemplación, en la expiación y en el apostolado. Estos constituyen, al mismo tiempo, las cuatro orientaciones fundamentales de la vida espiritual en la Obra de los Santos Ángeles.

1) Asistencia en la adoración a Dios

Primero que todo esperamos la asistencia de los Santos Ángeles a fin de llevar, como verdaderos adoradores del Padre, una vida respetuosa en la presencia de Dios (cf Jn 4,23-24). Esperamos particularmente su asistencia en la celebración de la liturgia y en la adoración del Santísimo Sacramento. Y aspiramos efec­tuar estas prácticas conscientes de nuestra comunión con ellos.

El papa Juan Pablo II explica: «Lo dice Jesús mismo: ‘Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos’ (Mt 18,10). Ese ‘ver de continuo la faz del Padre’ es la manifestación más alta de la adoración a Dios. Se puede decir que constituye esa ‘liturgia celeste’, realizada en nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, apela ‘a los Ángeles y a los Arcángeles’ para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en el culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad» (Audiencia general del 6 de agosto de 1986).

En el libro del Apocalipsis aparece representada la plenitud de esta comunión de oración, cuando los veinticuatro ancianos que se encuentran en la presencia del Cordero, ofrecen, junto con los ángeles, el sacrificio de alabanza, compuesto por las oraciones de la Iglesia (cf Ap 5,8-9). Por el Cordero, la liturgia celeste y la liturgia terrena se unen realmente en una sola liturgia. El cielo y la tierra se unen en el sacrificio de alabanza de Cristo, que está sentado a la derecha del Padre en el cielo. Esta adoración del Cordero se realiza también en la adoración eucarística en la tierra, y en comunión, así mismo, con los santos ángeles.

Antes de la Encarnación los ángeles en el cielo bendecían y alababan a Dios. Y aunque ellos estaban plenos de amor puro y ardiente a Dios, su alabanza, sin embargo, propia de una creatura, no alcanzaba para bendecir apropiadamente al Dios infinito y excelso. Sólo cuando la Palabra del Padre descendió y se hizo carne y cuando nuestro Sumo Sacerdote elevó Su voz para alabanza del Padre, fue que subió por primera vez al cielo el canto de alabanza digno de Dios. También los ángeles bajaron, para, con el Gloria in excelsis Deo, con la alabanza a Cristo, volver a subir a los cielos. Este fue el comienzo de la común e imperecedera alabanza del ángel y el hombre en Cristo.

2) Asistencia en la contemplación de la palabra de Dios

Los santos ángeles son instrumentos y testimonios de las palabras y hechos salvíficos de Dios en la historia de la salvación. Ellos estuvieron presentes, además, en el Nacimiento de Cristo, en Su Crucifixión, Resurrección y Ascensión al cielo. Ellos, que conocen de una manera más perfecta que nosotros estos misterios, nos trasmiten la luz de esos misterios según la medida de nuestra disponibilidad y apertura.

¿Pero cómo se realiza en nosotros esa mediación de las gracias? San Juan de la Cruz describe de la siguiente manera este ministerio de los ángeles: «La […] Sabiduría de Dios… [se deriva] desde Dios por las jerarquías primeras hasta las postreras, y de ahí a los hombres. Que, por eso, todas las obras que hacen los ángeles e inspiraciones, se dicen con verdad en la Escritura y propiedad hacerlas Dios y hacerlas ellos; porque de ordinario las deriva por ellos, y ellos también de unos en otros sin alguna dilación, así como el rayo del sol comunicado de muchas vidrieras ordenadas entre sí; que, aunque es verdad que de suyo el rayo pasa por todas, todavía cada una le envía e infunde en la otra más modificado, conforme al modo de aquella vidriera, algo más abreviada y remisamente, según ella está más o menos cerca del sol» (Noche oscura II, 12,3). De ahí que la mediación de las gracias por parte de los ángeles y los santos tenga siempre un sello personal. Así, por ejemplo, la ayuda del arcángel San Miguel tiene un sello diferente a la del arcángel San Gabriel.

Los ángeles contribuyen también de manera fundamental al progreso y la alegría en la vida espiritual. Así, mediante la luz de la contemplación que ellos nos transmiten participamos de la alegría espiritual; por el contrario, si descuidamos la contemplación, sobrevendrán sequedad, desconsuelo y letargia. Santo Tomás nos da una explicación al respecto: «En el salmo 38 se dice: ‘El corazón ardía en mi pecho; cuando meditaba, el fuego se encendía’. El fuego espiritual provoca devoción. Por tanto, la contemplación es la causa de la devoción» (Summa Theol. II-II.82,3, sc). En otro pasaje nos señala que la misión de todas las jerarquías angélicas consiste en hacernos semejantes a Dios, purificándonos, iluminándonos y conduciéndonos a la unión con Dios (De Div. Nom. IV, 1 § 286). Así pues, ellos ayudan a los hombres a configurarse con Cristo. Cuanto más pidamos y colaboremos al respecto, tanto mayor será la eficacia de su ayuda.

Los ángeles se alegran por Cristo, cuando pueden ayudar a un alma en el camino de la perfección. Constituye también una alegría para cada uno de ellos, pues como escribe Santo Tomás: « Los ministerios de los ángeles son útiles para los ángeles bienaventurados, en cuanto que de alguna manera son parte de su propia bienaventuranza; pues derramar sobre otros la perfección que se tiene, es algo que pertenece al ser de quien es perfecto como tal. Con todo, la alegría que sienten los ángeles por la salvación de aquellos que serán salvados mediante su ministerio, es susceptible de aumentar; Lc 15,10: ‘Los ángeles de Dios se alegran por un solo pecador que se arrepienta’» (Summa TheoI. 62,9,2m, y 3m).

3) Asistencia en el seguimiento del Crucificado

Si por razón de su condición espiritual y su dicha celestial los ángeles nos superan respecto a las dos primeras orientaciones fundamentales de la adoración y la contemplación, no así en el seguimiento del Crucificado, donde les llevamos ventaja. Pues el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza, y sólo el hombre puede tomar parte en Su pasión redentora. Por eso Santa Teresita del Niño Jesús dice que si los ángeles pudiesen envidiarnos algo, sería nuestra capacidad de sufrir por y con Jesús (véase Cartas, No. 38; Poemas, No. 10).

Pero así como los ángeles sirvieron al Señor después de la tentación en el desierto (cf Mc 1,14), y un ángel, por mandato del Padre, le alcanzó el cáliz de la fortaleza durante la agonía en el Huerto de los Olivos (cf Lc 22,43), así también nosotros podemos estar confiados de que en el momento de la prueba y de cargar la cruz el Padre nos enviará a los ángeles para que nos asistan y ayuden.

Ciertamente, María y los santos ángeles interceden por nosotros ante Dios, incluso sin nuestras peticiones, pues ellos han recibido de Dios esa misión; sin embargo, es importante que nosotros mismos imploremos la ayuda de los ángeles, no en últimas para ser receptivos a su ayuda. San Alfonso María de Ligorio enseña que la gracia de pedir es la primera gracia que nos es concedida antes que cualquier otra. Pedir hace también humilde al hombre. De la humildad con que pidamos, dependerá la eficacia de la gracia y la abundancia con la cual sea derramada, pues a quien tiene, le será dado aún en mayor abundancia: «He aquí un miserable que clamó, y el Señor lo oyó, lo salvó de todas sus angustias. El ángel del Señor monta guardia en torno a los que temen al Señor y los salva» (Sl 33,7-8).

En esta tercera orientación fundamental de la expiación, apren­­demos, de la mano de los santos ángeles, la ciencia de la Cruz, a saber: que el amor sufriente es la mayor y más noble fuerza y la única capaz de llevar la cosecha para Dios y de alcanzar la victoria para Dios. Una particular intención de los santos ángeles es que nos comprometamos a orar y ofrecer sacrificios por los sacerdotes, pues los sacerdotes, por el poder de su sacerdocio sacramental, comunican a las almas más y mayores gracias que los ángeles.

4) Asistencia en la misión y en las tareas en la Iglesia

Todo miembro del cuerpo de Cristo tiene una misión, es decir, una tarea que cumplir para bien de la Iglesia. Se trata, sobre todo, de anunciar y extender el Reino de Dios. Lo que San Lorenzo de Brindisi, doctor de la Iglesia, decía sobre la tarea de los predicadores, puede también aplicarse a la misión de los fieles laicos: «La predicación es, pues, una misión apostólica, una misión para los ángeles y los cristianos, una santa misión. …Pues de ella [de la palabra de Dios] proceden la fe, la esperanza y el amor» (Lectura de la Liturgia de las horas del 21 de julio).

El hombre debe confesar la fe con palabras y obras, y el ángel, entonces, hará efectiva su luz y su ayuda. «La fe», subraya San Pablo, «viene del oír, y el oír por la palabra de Cristo» (Rom 10,17), lo cual no sucede sin la luz del Espíritu (cf 1 Cor 12,3). El hombre tiene la misión de anunciar la palabra de Dios. Pero el anuncio queda estéril sin la gracia de la iluminación. A este respecto, Santo Tomás enseña que la comunicación de las verdades de la fe acontece primordialmente a través de los ángeles, «mediante los cuales les son revelados a los hombres los misterios divinos. Por eso los ángeles contribuyen a que la fe sea iluminada» (Sum­ma Theol. I.111,1,1m). San Francisco de Sales compartía esta verdad, al invocar, antes de cada homilía, el auxilio de los ángeles de quienes lo iban a escuchar. Se sabe que ayudó a más de setenta mil personas a volver a la fe católica.

La misión de extender el reino de Dios es una tarea conjunta de los ángeles y los hombres, en la cual el hombre es el siervo visible de Cristo. El cristiano confiesa la fe con su vida y su palabra. El hombre puede también corresponder a esta misión, cumpliendo fiel y humildemente pequeñas tareas a ejemplo de María y de la mano de los santos ángeles, pues no son las muchas palabras las que convencen, sino el ejemplo vivido. Lo decisivo no es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos, pues es el amor divino el que transformará y salvará al mundo. Sólo allí donde reine la humildad, podrá nuestro consiervo, el santo ángel, derramar sobre nosotros y nuestro prójimo su luz auxiliadora para gloria de Dios y testimonio de la verdad. Según esto, es posible entender en un sentido amplio las palabras: «Así brille vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras obras buenas, glorifiquen a vuestro Padre del cielo» (Mt 5,16).

Si consideramos que la gracia de Dios llega a su plenitud en la debilidad, sabremos gloriarnos, como el apóstol San Pablo, de nuestra debilidad, sabiendo que este camino conduce a la salvación (cf 2 Cor 12,9). Conscientes de esta debilidad nos inclinaremos, más bien, a invocar la ayuda de los santos ángeles, ayuda con la cual nuestro trabajo y nuestra misión se convertirán en una piedra para la construcción del Reino de Dios.

Por qué los ángeles quieren hacer este pacto

Los ángeles no sólo fueron creados por razón de ellos mismos, sino también por razón de los hombres (cf Col 1,16). Al inicio de la creación los santos ángeles admitieron con toda humildad esta sabiduría de Dios. Por ello se asemejaron también al Hijo de Dios, que vino a servir y a dar Su vida en rescate por muchos (cf Mt 20,28), y ellos «lo asisten en el cumplimiento de Su misión salvadora en favor de los hombres» (Juan Pablo II, Audiencia general del 30 de julio de 1986). Sin embargo, la razón fundamental por la cual los ángeles quieren gustosamente hacer un pacto con nosotros, radica en el designio de Dios de reconciliar consigo todas las cosas en Cristo (cf Ef 1,10 y Col 1,20).

Para los ángeles, por tanto, es un motivo de alegría establecer un pacto con nosotros. ¡Cuál no será nuestra ganancia, si podemos participar de su amor y su alabanza a Dios!

Unión particular con el Ángel de la guarda

El ángel de la guarda es un regalo particular del amor de Dios. Si pudiésemos escoger entre todos los santos ángeles un auxiliador y asistente particular, no hallaríamos otro mejor que el que Dios, en Su infinita sabiduría y amor, escogió ya desde antes para nosotros. Sólo Dios conoce el misterio de nuestra vida. Él solo, nuestro Creador y Redentor, conoce todas nuestras fortalezas y debilidades, nuestra vocación y nuestras pruebas, nuestra cruz y la gloria que nos será destinada. Es previendo todo esto, que Él, desde toda la eternidad, escogió a nuestro ángel de la guarda: a él para nosotros y a nosotros para él. El Señor nos dice: «He aquí que Yo envío un ángel delante de ti, para guardarte en el camino y para conducirte al lugar que te tengo dispuesto» (Ex 23,20; Lectura de la fiesta del Ángel de la Guarda).

El ángel de la guarda, por tanto, es para nosotros la puerta hacia el mundo de los ángeles y en cierta medida un portero del cielo. Dispuesto por Dios para nosotros, puede aplicarse en primer lugar a él las palabras del Catecismo: «Los ángeles cooperan en toda obra buena que hacemos» (Catecismo de la Iglesia Católica, 350; Summa Theol. I.114,3,3m). Él es nuestro mejor y más fiel amigo, el único que, junto con Jesús y María, nos acompaña y ampara ininterrumpidamente durante toda nuestra vida. Su primera pre­ocupación y su primera intercesión corresponden siempre a su protegido. El protegido es el ‘talento’ que le ha sido confiado, y que quisiera devolver a Dios, al final de nuestras vidas, multiplicado por cien. De ahí que esté dedicado día y noche e incansablemente a nuestro bien y a nuestra salvación eterna. Sin desanimarse se esfuerza por nuestra purificación, iluminación y perfección. Acerca de estas tres actividades jerárquicas de los ángeles San Buenaventura escribe: «La purificación conduce a la paz, la iluminación a la verdad y la perfección al amor. Una vez que el alma haya alcanzado con perfección estas tres, alcanzará la dicha; pero mientras ande en este camino, logrará aumentar sus méritos» (Sobre la triple senda, Prólogo 1).

El ángel de la guarda es la ayuda correcta contra los espíritus malignos que nos tientan y hostigan, pues ya al comienzo nuestro ángel de la guarda participó, bajo la guía del Arcángel San Miguel, en la victoria contra los espíritus malignos. Por su condición de ser espiritual puede reconocer fácilmente al tentador y expulsarlo con la fuerza de la gracia. Y si Dios permite que el enemigo nos cribe como a Job (Job 1,12; 2,6), como a Pedro (Lc 22,31) o como a Pablo (2 Cor 12,7-8), no por ello quedaremos privados de la asistencia fortalecedora del ángel de la guarda. Con su ayuda seremos capaces de guardar siempre la fidelidad a Dios.

¡Son muchas las cosas por las cuales debemos dar gracias al ángel de la guarda! ¿Quién está en capacidad de pagarle el salario que se merece? Un amor tan fiel sólo puede ser correspondido con fidelidad, amor y confianza. Por ello entreguémonos con gusto a él y prometámosle nuestro amor y fidelidad. Si somos débiles, él, que mira «de continuo la faz del Padre en el cielo» (Mt 18,10), se encuentra anclado de manera firme e inconmovible en Dios. Él quiere comunicarnos esta firmeza, ayudándonos, por medio de la luz de la gracia que le ha sido concedida, a creer más firmemente en Dios, a confiar aún más en Su ayuda y a amar con un desprendimiento aún mayor a Dios y al prójimo.

Estaremos, en íntima amistad, eternamente unidos a nuestro ángel de la guarda y reinaremos con él en el Reino de Dios. Podemos comprender, entonces, las palabras de Santo Tomás de Aquino: «A todo hombre, por tanto, mientras se encuentra peregrinando, se le asigna un ángel de la guarda; pero cuando llegue al final del camino ya no tendrá un ángel de la guarda, sino que en el Reino tendrá a su lado al ángel que reinará con él» (Sum­ma Theol. I. 113, 4c).