¡Líbranos del mal!

El clamor a Dios pidiendo la liberación

Yo Te llamo, pues Tú, oh Dios, me respondes, inclina hacia mí Tu oído, escucha mis palabras, haz gala de Tus gracias, Tú que salvas a los que buscan refugio a Tu diestra contra los enemigos que atacan (Sal 17,6-7)

En la historia de la salvación resuenan los clamores del pueblo de Dios, pidiendo ser salvado de las manos de los enemigos. Dios escucha nuestras súplicas más por razón de nuestra confianza y nuestra perseverancia que por nuestros méritos. Mientras que nuestros méritos son finitos, Su amor y Su bondad son infinitos: Pues él se entregó a Mí, Yo lo preservaré; lo exaltaré, pues conoce Mi nombre (Sal 91,14). La sencilla oración de petición, fundada completamente en la bondad y misericordia de Dios, posee una fuerza especial, pues en ella se alaba particularmente Su bondad. Así, fue gracias a su fe confiada y humilde que Jesús liberó del demonio a la hija de la mujer cananea; ella había puesto toda su esperanza únicamente en Su bondad (cfr. Mt 15,22 ss).

Para el hombre solo, la salvación es imposible, no así para Dios (cfr. Lc 18,27). De ahí que el culmen del Padre Nuestro se encuentre en la petición de ser liberados del mal. En ella pedimos la victoria final sobre todo mal. San Cipriano explicaba que «después de todas las peticiones, se encuentra al final de la oración una frase concluyente, que representa, de manera sucinta y breve, todas nuestras peticiones y súplicas, pues concluimos con las palabras: ‘y líbranos del mal’, queriendo condensar con ello todas las contrariedades que el Enemigo maquina contra nosotros en este mundo. Frente a ellas no hay más que una protección firme y segura, cuando Dios nos redime, cuando nos concede Su auxilio en respuesta a nuestros clamores y nuestras súplicas.

Así, cuando decimos: ‘líbranos del mal’, no nos queda más por qué suplicar, pues hemos pedido, de una vez y para siempre, la protección de Dios contra el mal. Y una vez que la hemos alcanzado, podemos enfrentar, seguros y sin peligro, todo lo que el demonio y el mundo emprendan contra nosotros. Pues, ¿qué temor podrá uno tener frente al mundo, si estando en él se tiene a Dios como protector?» (Sobre la oración del Señor, cap. 27).

De manera semejante, San Agustín comprende esta súplica en un sentido universal: «Cuando decimos: ‘líbranos del mal’, tomamos conciencia de que aún no nos encontramos en aquel dichoso estado, en el cual dejaremos de sufrir males. Y esta conclusión de la oración del Señor es tan profunda, que el cristiano, al pensar en ella, y en cualquier necesidad en que se halle, eleva sus súplicas, derrama sus lágrimas, comienza con este pensamiento, permanece en él y concluye con él su oración. Mediante estas palabras, entonces, han de quedarse grabadas en nuestra memoria las respectivas verdades.» (Carta a Proba, cap. 11).

Esta súplica posee también un sentido restringido, sobre el cual trataremos en esta circular. En su oración sacerdotal, el Señor mismo pidió al Padre, en ese sentido restringido, que nos protegiera: Padre santo, cuida en Tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros…No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 7,11.15). Esta oración constituye una perfecta protección, pues nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre (Jn 10,29b).

Esta última súplica está estrechamente ligada a la anterior mediante la conjunción ‘mas’: no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. La conjunción ‘mas’, antes que expresar una oposición lo que hace es poner énfasis; así, el sentido propiamente dicho del texto es: «líbranos particularmente del mal».

En sentido bíblico «librar» significa salvar, con lo cual Dios atrae para sí al hombre. ¡Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi plegaria!… Condúceme a la roca que se alza lejos de mí, pues Tú eres mi refugio, torre fuerte frente al enemigo. ¡Que sea yo siempre huésped de Tu tienda, y me acoja al amparo de Tus alas! (Sal 61,2-5; cf. Sal 16,6.7-8; 35,7; 56,2; 90,4).

Librar del pecado y del dominio del mal es algo que sólo viene de Dios, quien o nos protege del pecado o perdona nuestros pecados, infundiendo en nuestra alma una participación en Su propia vida.

¿El mal o el maligno?

Cristo vino y murió por nosotros para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y librar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud (Hb 2,14-15; cf. 1 Jn 3,8).

En la traducción española del Padre Nuestro se da fácilmente la impresión de que buscamos ser liberados de algún mal anónimo y abstracto, pues el latín prescinde del artículo determinante, que se encuentra en el texto bíblico original. Tomado al pie de la letra, Cristo nos enseñó a pedir ser librados del Maligno. El texto original griego sólo puede entenderse en un sentido personal como ‘el Maligno’ y no como el mal.

Todos los Padres griegos entendieron el texto en este sentido personal. Acorde con esto, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» [«diábolos»] es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo (CIC 2851). La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17,15)» (CIC 2850). Luego de que San Pablo pidiera en oración verse libre de los hombres perversos y malignos (2 Ts 3,2), nos asegura: Fiel es el Señor; Él os afianzará y os guardará del Maligno» (2 Ts 3,3).

Por el Maligno han entrado el pecado y la muerte al mundo (cf. Sb 2,24). Él pone todo de su parte para que no alcancemos el cielo. Su derrota quedará definitivamente sellada cuando la Iglesia y la creación sean totalmente liberadas de la esclavitud del pecado (cf. CIC 2852).

«Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es el autor o instigador» (CIC 2854).

No hay liberación sin gracia

La liberación por parte de Dios es obra de la gracia redentora de Cristo, la única que nos libera del pecado y de la esclavitud del Maligno. Pues, si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres (Jn 8,36). La gracia santificante nos hace semejantes a Dios, y Dios permanece en nosotros (cf. 1 Jn 3,9-10.24).

En realidad, el pecado es la pérdida culposa del bien propio de la gracia santificante en el alma. Así como la ceguera provocada por la pérdida de la visión es un mal para el ojo, y la enfermedad provocada por la pérdida de la salud es un mal para el cuerpo, así mismo el pecado provocado por la pérdida de la divina gracia vivificante es un mal para el alma. El pecado es igualmente un «no» radical a Dios y a Su autoridad.

El mal del pecado consiste en que el pecador se a parta conscientemente de Dios, muchas veces sólo porque el hombre antepone su voluntad a la voluntad de Dios. El pecado del demonio -como expone Santo Tomás de Aquino- consistió en su profundo rechazo y odio contra la soberanía divina (cf. De Malo 16,2-3). Dios llamó al ángel y al hombre para la dicha eterna en el Reino de Dios, dicha que habrían de alcanzar en Cristo mediante la santificación de Su nombre en conformidad plena de su voluntad con la voluntad de Dios, y cooperando con Su gracia (nuestro pan de cada día). El pecado, finalmente, es una rebelión contra este plan de la bondad de Dios; todo pecado es una especie de desobediencia. Oh, tú, que rompiste desde siempre el yugo y, sacudiendo las coyundas, decías: «¡No serviré!» (Jr 2,20).

El Padre Nuestro -por así decirlo- es más que una oración, es un programa que nos mantiene en la ruta correcta que conduce al cielo.

Tres clases de pecados graves

En todo pecado está inicialmente presente una cierta inclinación por algún bien creado, fuera del orden divino. El apego a ese bien lleva al pecador a despreciar voluntariamente la ley de Dios. Es ésta la primera tentación y la primera caída. El pecador es consciente de que se ha apartado de la ley de Dios, ley que aún considera buena y verdadera. San Juan Crisóstomo explica esto al decir: «Y puesto que obran en secreto y ocultamente, proporcionan la prueba de lo que piensan al respecto. El vicio es tan evidente que incluso los que son esclavos de él lo condenan» (Lectura de la Liturgia de las horas, semana cuarta, lunes). Por eso fue que Adán y Eva se escondieron de Dios después de la caída, reconociendo así que la ley divina era buena.

Si el pecador persiste en la dureza de su corazón, descubrirá una segunda clase de maldad, a saber: «poder escapar a la ley de Dios», negando dicha ley. Está escrito: «los necios desprecian la sabiduría y la instrucción» (Pr 1,7). Aquí, la mayor maldad no consiste en desear el fruto prohibido, sino en rechazar radicalmente la ley.

Finalmente se llega a la apostasía: Dice en su corazón el necio: «¡No hay Dios!» Corrompidos están, de conducta abominable (Sl 14,1). No se trata aquí solamente de una caída en el pecado mortal, sino de apostatar de la fe. No tener fe significa estar lo más alejado posible de la salvación. Con todo, mientras haya un pecador con vida, habrá todavía esperanzas de que se convierta.

Infierno y condenación

El mal más extremo que puede afectar a un alma, es la condenación, la pérdida de la felicidad eterna, la separación de Dios. Es terrible pensar que cada uno de nosotros es capaz de rechazar a Dios y provocar su propia condenación.

El infierno fue creado para los espíritus malignos como un lugar de castigo eterno, cuando se rebelaron contra Dios. Los pecadores que no se arrepientan caerán también en el infierno: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles (Mt 25,41).

Sobre las puertas del infierno Dante vio escritas las siguientes palabras: «Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis». El mero pensamiento de tener que arder y sufrir por toda la eternidad, debería llenarnos de pavor, pues no estamos exentos de este peligro. El beato Padre Pío escribió a su director espiritual: «Las permanentes tentaciones que Jesús infortunadamente permite y que aumentan de día en día,… dichas tentaciones me hacen temblar [de miedo] de la cabeza a los pies, de ofender a Dios» (Epistolario I, núm. 20). En una posterior carta anotaba: «Es verdad que al comienzo fui fuerte por la gracia de Dios y no cedí a las insidiosas tentaciones del Enemigo, pero quién sabía lo que aún me pudiera pasar en el futuro? (Epistolario I, núm. 21). «Nuestro Enemigo común… quiere hacerme caer a cualquier precio: me pone siempre ante los ojos la perturbadora imagen de mi vida pasada; y lo que es aún peor, quiere hacerme caer en la desesperación con sus continuas insinuaciones» (Ibid. I, núm. 37).

El Demonio es un temido enemigo, aun cuando el mundo moderno no crea más en su existencia. Una vez más el beato Padre Pío escribió: «El Enemigo no tiene necesidad de engañarnos; él es extremadamente poderoso, cuando uno no se le quiere entregar. El alma, en la luz que Dios le ha infundido, reconoce el enorme peligro que la acecha, si no está siempre en guardia. El pensamiento de perder todo por una posible caída en el pecado, hace que la pobre alma tiemble como una caña al viento. Acabo de decir, que el poder de Satanás, que lucha contra mí, es terrible. Pero Dios sea alabado, pues ha puesto en las manos de nuestra Madre celestial el exitoso y victorioso desenlace de mi causa. Protegido y guiado por una madre tan tierna, quiero luchar hasta cuando Dios quiera, pues junto a una madre tan buena tengo la plena confianza de no ser vencido (Ibid. núm. 252).

A una persona soberbia que se vanagloriaba de no creer en el infierno, el padre Pío le respondió brevemente: «¡Ya creerás, cuando llegues allí!» En otra parte, el padre Pío atribuyó su victoria a su ángel de la guarda. «Con la ayuda del buen ángel pude triunfar sobre las acechanzas de aquel pirata [del demonio]» (Ibid. I, núm. 107). Con plena confianza y seguridad en el poder y la ayuda del ángel, el padre Pío podía desear a su hija espiritual: «Que su Ángel Guardián aniquile y acalle todas las sutiles insinuaciones del Tentador» (Ibid. II, núm. 58).

Perseverancia hasta el final y victoria

En esa última súplica del Padre Nuestro pedimos a Dios que nos guarde y nos libre de este mal, del poder del maligno. Según San Alfonso María de Ligorio, la perseverancia hasta el final, que conduce a la victoria, no puede ser merecida, si no recibida por el Padre a través de Jesús y María, como un don de la gracia, mediante la súplica humilde y perseverante. Si oramos con perseverancia, podremos tener la certeza de ser escuchados. El Señor nos enseña esto en la parábola del hombre que llegó a medianoche a la casa de su amigo a pedirle tres panes, pues había recibido una visita inesperada. Os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su impertinencia, y le dará cuanto necesite (Lc 11,8). San Alfonso María de Ligorio señala: «Los hombres de la tierra no aguantan a las personas importunas. Pero Dios no sólo las soporta; no, Él quiere que seamos importunos en nuestros ruegos por las gracias, particularmente al pedir la gracia de la perseverancia. San Gregorio dice que Dios quiere que lo forcemos mediante nuestras oraciones, pues tal violencia, en lugar de airarlo le es agradable: Dios quiere ser invocado, quiere ser obligado, quiere ser vencido por nuestra importunidad. ¡…Dichosa violencia, por la cual Dios no es ofendido, sino aplacado! (Grandes medios de santidad y perfección I,3 final).

Visto de manera positiva, en esta súplica pedimos ser librados del Maligno, alcanzar la victoria de la vida y ser recibidos en la visión beatífica de Dios. Señor, muéstranos al Padre y nos basta (Jn 14,8). Esta es también la última súplica de Jesús por nosotros en Su oración sacerdotal: Padre, aquellos que Tú me diste, quiero que estén conmigo en donde Yo esté, para que contemplen mi gloria (Jn 17,24).

En esto reconocemos que la última súplica constituye un reflejo de la primera. Dios glorifica Su nombre al salvarnos, santificarnos y llevarnos a Su Reino eterno. Él nos redime cuando nos santifica definitivamente en Su nombre, haciéndonos partícipes de Su gloria (cf. 1 Co 2,7; 2 Co 3,18). Así, pues, nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Rm 5,2; Col 1,27), porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm 8,18; cf. 9,23), pues, cuando se manifieste nuestra vida, que es Cristo, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria (Col 3,4).

El Avemaría: modelo para el Padre Nuestro

En el Avemaría tenemos un perfecto reflejo, en el que podemos contemplar la belleza y eficacia del Padre Nuestro. Así como en el Padre Nuestro hay siete súplicas, en el Avemaría se encuentran siete puntos, puntos que presentamos aquí de manera breve y general.

«Dios te salve María», es nuestro saludo a ella, la Hija de nuestro Padre celestial. Ella es para «nosotros Madre en el orden de la gracia» (Lumen Gentium, 61). Ella es la gran señal en el cielo (cf. Ap 12,1).

  1. «Llena eres de gracia» es el título de aquella que en su condición de Inmaculada Concepción refleja ante todas las creaturas la santidad de Dios y santifica Su nombre a través del Magnificat de su vida.
  2. «El Señor es contigo» es la aparición del Reino de Dios, que ha llegado a nosotros a través de la Encarnación del Hijo en el vientre de la Virgen bendita.
  3. «Bendita Tú eres entre todas las mujeres». Bendita y dichosa, porque creyó; dichosa, porque llena de humildad y obediencia pronunció las palabras: «Hágase en mí según tu palabra»; dichosa, porque escuchó y obedeció a la palabra de Dios.
  4. «Y bendito es el fruto de tu vientre: Jesús». Ella es el primer sagrario de Dios, la que a Belén – a la casa del pan-, nos llevó el verdadero maná del Padre.
  5. «Ruega por nosotros pecadores», para que el Padre tenga misericordia de nosotros y perdone nuestras culpas.
  6. «ahora», es decir, en el momento de nuestras pruebas y tentaciones. Nunca se escuchó que quien acudió a ti, hubiese quedado defraudado.
  7. «y en la hora de nuestra muerte», para que seamos librados del Maligno, y en comunión con ella y todos los ángeles y santos podamos alegrarnos de la dicha del cielo, de la visión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

La ayuda de los santos ángeles

El gran combate

Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él (Ap 12,7-9).

La victoria que bajo la enseña de la Virgen María y el cetro de Cristo exaltado en los cielos consiguió San Miguel sobre el Enemigo, es la suma de todos los combates espirituales. Con la ayuda de los santos Ángeles participamos también, de una manera más segura, de la victoria de Cristo. Cuando rezamos: «líbranos», oramos para que la Iglesia y toda la humanidad triunfen sobre el Maligno, sobre el pecado y la condenación. Aquí está incluida la petición solicitando la asistencia de los santos ángeles, que Dios envía con esa finalidad.

No es casual que San Miguel arcángel sea el patrón de la Iglesia y de los moribundos. Y no hay un momento en el que la Iglesia invoque tan insistentemente a los ángeles como en la hora de la muerte. La Iglesia, en la fiesta de San Miguel arcángel, en el breviario antiguo, rezó la siguiente oración en la liturgia de las horas: «Viene el Arcángel Miguel con miríadas de ángeles. Dios le ha confiado las almas de los santos a fin de que los conduzca a la dicha del paraíso. Envía, Señor, Tu Espíritu Santo desde el cielo, el espíritu de Sabiduría, de inteligencia, para que los conduzca a la dicha del paraíso (Nocturnas, 6. Lectura). ¡De ahí concluimos que San Miguel cumple su misión en la fuerza y eficacia del Espíritu Santo!

¿No fue Cristo mismo quien nos aseguró que al final vendrá con sus ángeles? (Mt 25,31; Mc 8,38; Lc 9,26). Él también nos enseña que los ángeles son quienes recogen la cosecha y que ellos saldrán a arrojar la hierba mala (a los malos) al fuego y a recoger el trigo (a los bienaventurados) para llevarlo al Reino de Dios (Mt 13,39; 24,31). Lo que los ángeles habrán de realizar en grande al final de los tiempos, lo quieren hacer ahora en pequeño a la hora de la muerte de cada persona. Así como el pobre Lázaro fue llevado por los ángeles al seno de Abraham (cfr. Lc 16,22), de igual manera quieren recoger y llevar al hombre hacia Dios.

Entre más cerca esté un enfermo de la muerte, mayor será su debilidad. Qué consuelo tan grande es pensar que la fuerza que tiene el ángel de preservar y guardar a su protegido puede ser mayor en esa hora decisiva entre el cielo y el infierno. ¿De qué otra manera habría de ser? Cada Padre Nuestro y cada Avemaría que fueron rezados a través de los siglos, fueron rezados por cada uno de nosotros; y la mayor fuerza de la última petición fue conservada para la hora definitiva: «¡Padre, líbranos del Maligno! «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, en la hora de nuestra muerte! Amén.»

Hemos llegado así al final de nuestras meditaciones sobre el Padre Nuestro. En cada una de las peticiones hemos podido confirmar que nuestra oración es presentada de una manera más noble y excelsa a Dios, si la efectuamos en compañía de los santos Ángeles. Además, su ministerio contribuye, en buena parte, a que nuestras súplicas reciban una bondadosa respuesta por parte de Dios. Es esta una de las principales enseñanzas que sobre la oración podemos sacar del libro de Tobías y su hijo. San Rafael le explicó a Tobías y a su hijo: Cuando tú y Sara hacíais oración, era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones (Tb 12,12). Y Dios no tardó en responder: Fue escuchada la oración del uno y de la otra en la presencia de la gloria de Dios. Rafael fue enviado para remediarlos a los dos (Tb 3,16-17).

La santa Iglesia quiere que nos unamos a los santos Ángeles en la oración y la alabanza, particularmente en el santo sacrificio de la Misa, que es el acto más excelso de adoración a Dios. Y puesto que su misión está orientada a nuestra salvación (Hb 1,14), podemos tener la certeza de que ellos participarán, junto a nosotros y con gusto, de esta santa liturgia, pues sin el sacrificio de Cristo en la cruz no podemos ser salvados.

Para los creyentes fervientes la comunión íntima con los santos Ángeles constituye una especial protección en los difíciles tiempos que vivimos, donde la fe es degradada de muchas maneras y han cobrado auge la superstición y el espiritismo. Bien observó San Agustín: «Así como la verdad sugiere a los hombres buscar la comunión con los santos Ángeles, de igual manera la impiedad arrastra a los hombres a buscar la compañía de los ángeles malos, para cuyos seguidores está preparado el fuego eterno; pero para quienes se hayan unidos a los santos Ángeles, se ha preparado el Reino eterno» (Carta a Deogratias, núm. 19).

Ángeles salvadores están dispuestos al servicio

Moisés, padre del desierto, fue atormentado horriblemente por tentaciones contra la castidad, así tan fuertemente que ya no aguantó a quedarse más en su ermita. Se fue con el ermitaño Isidoro y le comunicó que quería abandonar su vocación. Isidoro le ordenó regresar a su ermita a lo que el otro contestó: “Padre, no puedo más”. En seguida, Isidoro lo llevó al techo de la casa y le decía: “¡Mira allá, hacía el occidente!” Moisés miró y había una multitud innumerable de demonios enfurecidos que llenaron el aire con un alarido de combate. Y otra vez Isidoro le dijo: “Y ahora, ¡mira hacia el oriente!” Miró y había multitudes innumerablemente grande de Ángeles santos, dispuestos para la batalla y suntuosamente armados. Isidoro explicó a Moisés: “Mira, estos son los Santos, que te han sido enviados del Señor para ayudarte. Los que están en el occidente son aquellos que combaten contra nosotros. Pero los que combaten por nosotros son mucho más numerosos y más poderosos que nuestros adversarios.” Moisés agradeció a Dios, cogió valor y regresó con nueva fuerza a su ermita. (Apothogemata Patrum, núm. 495, cfr. 2 R 6,15-17).