Los Ángeles en la Vida de los Santos

I. Fe, Esperanza, Amor: La Medida De La Vida Espiritual

El auténtico crecimiento en la vida espiritual proviene de un retorno a los principios fundamentales de la vida espiritual, vividos a diario a través de un amor consecuente. En la vida espiritual, crecer significa un aumento en la fe, en la esperanza y en el amor, y ello se manifiesta por un mayor celo en la vida de oración y en el ejercicio de las virtudes. Respecto a nuestra vida espiritual, los Ángeles tienen la misión tanto de incitarnos y ayudarnos a que, en la gracia, demos a Dios la respuesta debida, como de protegernos del Enemigo, sobre todo de sus engaños.

Pero lo que hace tan difícil la vida espiritual es la circunstancia de que la fe consiste en un estar convencido de la verdad divina en la oscuridad de nuestro entendimiento. Cuanto más crecemos en la fe, tanto más nos entregamos a la guía de Dios en la «oscuridad», pues la fe es un estar convencidos de cosas que no se ven (cfr. Hb 11,1). Con frecuencia, ello exige renunciar al  propio conocimiento natural, el cual nos parece evidente y claro. Como señala San Juan de la Cruz, esta entrega a Dios es cada vez más difícil, pues las pruebas se tornan más duras. Fuera de esto, la infusión de la luz divina es extremadamente dolorosa, pues purifica el alma. La fe y la fidelidad son las primeras características de los santos Ángeles, pues sólo en la humildad de la fe, y junto a San Miguel, pudieron permanecer fieles a Dios.

La esperanza anhela un bien infinito y grande: la visión beatífica en la unión amorosa con Dios. La Cruz, sin embargo, se encuentra en medio del camino. A ello se suma el hecho de que el alma, al contemplar su propia indignidad, es frecuentemente atormentada por pensamientos tales como: «¿Quién soy yo, para que Dios me pudiera amar tanto?» Cuanto más avanza Dios en la purificación de un alma, tanto más le parece a ésta que Dios está enemistada con ella, y su aparente miseria amenaza con aplastarla (cfr. San Juan de la Cruz, Noche Oscura II,6).

Durante la prueba a la que fueron sometidos, los Ángeles pusieron toda su esperanza en la bondad divina, pues la oscuridad en que se encontraban parecía haber destruido todas sus esperanzas y expectativas naturales. Así como Abraham, tuvieron que esperar contra toda esperanza, creyendo y confiando en la bondad de Dios. Contemplemos esta locura: el sacrificio del hijo de Abraham portaba el germen de la esperanza, tanto más cuanto que constituía un símbolo del sacrificio redentor del Hijo de Dios. Este misterio de la esperanza universal fue llevado por San Gabriel al anunciar la Encarnación del Hijo de Dios a María.

El fruto del amor es la unión, y todos los hombres anhelan esta dicha. El amor de Dios, sin embargo, impele al alma a la soledad y le exige la negación de sí misma: Quien ama su vida, la pierde; y quien aborrece su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna (Jn 12,25).

Durante su prueba, los Ángeles tuvieron que morir «místicamente» a sí mismos, pues Dios les anunció que a los hombres, pese a su naturaleza inferior respecto de los Ángeles, se les daría la prioridad. Así, el plan salvífico de Dios se concentró principalmente en la salvación de los hombres a través de la Encarnación de la Palabra del Padre, en la cual también los Ángeles reconocen a su Cabeza (cfr. Ef 1,20 ss; Col 1,16ss). La predilección de Dios por el hombre es el fundamento de toda la economía de la salvación (cfr. Hb 2,16; Juan Pablo II: Audiencia general del 9 de julio de 1986).

Al tener conocimiento de este pensamiento, el Maligno desató su enorme ira, su odio y su envidia en contra de la humanidad. Los santos Ángeles, en cambio, que se sometieron amorosamente a aquel plan, fueron confirmados en la gracia, elevados a la gloria y hechos partícipes del plan de Dios. «Sí, algunas veces los vemos cumplir, en nombre mismo de Dios, tareas fundamentales» (Juan Pablo II: Audiencia general del 9 de julio de 1986). Durante su prueba, los Ángeles dijeron sí a la ‘Cruz’ del insondable amor de Dios y fueron recompensados con la gloria del cielo y un profundo amor a los hombres. San Rafael es un ejemplo de este gran amor que sienten los Ángeles por los hombres.

La Enseñanza de Abraham: Fe, Obediencia, Desprendimiento y Esperanza

La vida de Abraham constituye un gran ejemplo para nuestra aspiración de alcanzar las virtudes y vivir con los Ángeles. Si bien el Ángel no aparece mencionado en todas las circunstancias de la vida de Abraham, sabemos, sin embargo, que «los Ángeles cooperan en toda obra buena que hacemos (Santo Tomás de Aquino: Summa Theologica I,114,3, ad. 3; cfr. Catecismo de la Iglesia Católica n. 350). Esto, como enseña el papa Juan Pablo II, significa que «los Ángeles, creaturas espirituales, cumplen una función mediadora y ministerial en la relación que hay entre Dios y los hombres» (Audiencia general del 30 de julio de 1986). El fundamento de esta relación es la fe, para lo cual los Ángeles ayudan con su luz, a fin de que comprendamos con mayor profundidad las verdades de la fe, las amemos más intensamente y las vivamos fielmente. Lo primero en que el Ángel ayudó a Abraham, fue en el ámbito de la fe. Él le ayudó a creerle a Dios y a poner Su Palabra por encima de cualquier otra cosa en su vida.

Cuando Dios llamó a Abraham, éste se levantó y siguió a Dios. Él dejó atrás su patria y su casa paterna. Démonos cuenta de la convicción, de la valentía y generosidad que le fueron exigidas a Abraham, para, a los setenta y cinco años de edad, dejar su hogar y en medio de muchos peligros entrar en una tierra extraña. Él estaba dispuesto a ello, porque le creía a Dios.

Abraham creyó en Dios y puso su esperanza en la promesa divina de una tierra que heredaría su numerosa descendencia. A la edad de ochenta y cinco años piensa que su siervo habría de heredar todos sus bienes, y es entonces cuando Dios le promete un hijo. Abraham renuncia a toda consideración natural y cree firmemente en la palabra de Dios. La lucha interior de Abraham y Sara durante esta prueba puede verse en el hecho de que Sara, por ser estéril, le dio su sierva a Abraham, para así poder darle al menos un hijo a través de Agar. Ésta le dio un hijo a Abraham, quien le puso por nombre Ismael (cfr. Gn 16,15). En éste puso inicialmente Abraham su esperanza.

Pero cuando Abraham tenía noventa y nueve años, se le apareció Dios una vez más y le prometió un hijo de Sara, el cual habría de ser su único heredero. Debido a su avanzada edad y a su amor por Ismael, Abraham vaciló por un instante y pidió a Dios que aceptase a Ismael y cumpliese a través de él la promesa. El Señor, sin embargo, reiteró Su promesa de una alianza y de una descendencia numerosa a través de Sara. Una vez más Abraham dejó de lado toda consideración humana y le creyó a Dios.

Fiel a Su palabra, Dios les concedió a Abraham y a Sara un hijo, Isaac, en quien habrían de cumplirse todas las promesas. Cuál no sería la indecible y dolorosa prueba de Abraham, cuando doce años más tarde, Dios le pidió tomar a su hijo Isaac y sacrificarlo a Dios sobre una montaña que Él le mostraría (Moria, en Jerusalén).

¡Cuán ejemplares son la fe y la obediencia de Abraham! Pensemos ante todo en el gran silencio que observó durante la prueba. Él no pronunció palabras innecesarias. Pensemos luego en su gran disponibilidad: él se levantó temprano en la mañana, a fin de cumplir la orden que Dios le había dado. Él mismo aparejó el asno, él mismo partió la leña para el sacrificio. Y pese a que tenía muchos siervos, hizo todo esto con sus propias manos a fin de cumplir minuciosamente la voluntad de Dios. Esto sucedió cuando Abraham tenía ciento doce años de edad.

Caminaron tres días, hasta que llegaron a la montaña que Dios le había señalado. Abraham cargó la leña sobre los hombros de Isaac -prefiguración de Cristo, del cordero sacrificial, que lleva la Cruz hacia el Gólgota-, siendo que él mismo llevó el fuego y el cuchillo en la mano.

Su hijo le preguntó (y al escuchar la pregunta le debió sangrar el corazón): ‘¡Padre!… Aquí está el fuego y la leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?’ Abraham le respondió: ‘Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío’ (Gn 22,8).

Abraham no esperaba que su hijo fuera salvado en el último minuto, sino, como explica San Pablo: él esperó contra toda esperanza (Rom 4,18). Pensaba que Dios era poderoso, capaz de resucitar a los muertos. Por eso él recobró a Isaac. Esto es un símbolo (Hb 11,19).

Cuando Abraham levantó el cuchillo para sacrificar a su hijo, el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: ‘¡Abraham, Abraham!’ Él dijo: ‘Aquí estoy’ El Ángel dijo: ‘No extiendas tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado a tu hijo, tu único’ (Gn 22,11-12). En seguida, vio un carnero que había quedado enredado entre unas zarzas y lo sacrificó a Dios en lugar de su hijo.

El Ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez desde los cielos, y dijo: ‘Por mí mismo juro, oráculo del Señor, que por haber hecho esto, por no haberme negado a tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa. … Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz’ (Gn 22,15-18).

Por su obediencia en la fe, Abraham mereció ser padre en la genealogía de Cristo y nuestro padre en la fe. Explica San Pablo que la promesa le fue dada a Abraham y a su descendencia, con lo cual se refiere sólo a un descendiente, que es Cristo (cfr. Ga 3,16).

Lo que nos causa asombro al leer este relato, es la manera como habla el Ángel, a saber, inmediatamente en nombre de Dios. Esto se explica por la unión del Ángel con Dios en la visión beatífica, en la cual fue perfeccionado. ¿Qué quiere decir esto? Los Ángeles, sin perder su condición de creaturas, entraron, por la gracia, en una perfecta unión mística con Dios. En la Carta a los Hebreos se lee: Y de los Ángeles dice: El que hace a sus Ángeles vientos, y a sus servidores llamas de fuego (Hb 1,7).

Santificados por el Espíritu Santo, ardiendo con el fuego de Su amor, es el Espíritu Santo quien con Sus dones los guía y mueve en sus ministerios. Las palabras de San Juan de la Cruz acerca del alma en la unión mística pueden aplicarse, con mayor razón, a los Ángeles en la gloria: «Y así, en este estado no puede el alma hacer actos; que el Espíritu Santo los hace todos y la mueve a ellos; y por eso, todos los actos de ella son divinos, pues es hecha y movida por Dios» (Llama de amor viva, I,4). «Y así, todos los movimientos de tal alma son divinos; y aunque son suyos, de ella lo son también porque los hace Dios en ella y con ella, que da su voluntad y consentimiento» (ibid., I,9). Dicho brevemente: los Ángeles son instrumentos y mensajeros perfectos de la comunicación de la luz de Dios y del fuego de Su amor a las almas.

Ciertamente, Dios podría realizar todo esto sin la participación de los Santos Ángeles, pero la Sagrada Escritura deja en claro que Dios nos envía a Sus Ángeles en esta manera de misión espiritual. Los Santos y los Ángeles poseen a Dios en la visión beatífica y son poseídos por Él. Ellos se alegran por el hecho de tener una gran libertad de acción. Si los Ángeles y los Santos obran poco en nuestra vida espiritual, no es porque les falten el deseo o los medios, sino porque nos hacen falta la disposición y la voluntad para obrar apropiadamente junto con ellos. Ellos podrían ayudarnos a alcanzar rápidamente la santidad, si sólo diésemos nuestro ‘sí’ a la Cruz, que es el único camino en el seguimiento de Cristo. También aquí pueden aplicarse, y con mayor razón a los Ángeles y a los Santos en la gloria, las palabras que San Juan de la Cruz dice acerca de un alma que se encuentra en la perfecta unión mística con Dios: «Porque allí ve el alma que verdaderamente Dios es suyo y que ella Le posee con posesión hereditaria, con propiedad de derecho como hijo de Dios adoptivo, por la gracia que Dios le hizo de dársele a sí mismo, y que, como cosa suya, le puede dar y comunicar a quien ella quisiere de voluntad» (ibid., III,68).

Cuando desde la torre del ‘Doctor místico’ observamos los ministerios de los Ángeles, no nos sorprende que aparezcan en el esplendor de la gloria de Dios y hablen en Su nombre. No sólo que Él esté presente en ellos y hable a través de ellos (Noche Oscura, II,12); más aún, Él les concedió una gran libertad en el ejercicio de sus ministerios. Ellos tienen la misión de conducirnos a la santidad, y la libertad de exhortarnos, de iluminarnos, de fortalecernos y de inflamarnos, dentro de los límites impuestos por la sabiduría divina. Abraham cooperó con esta gracia y su nombre fue grande ante Dios.

II. El Combate Espiritual

Eliseo: «Hay más con nosotros que con ellos.»

Otros textos de las Sagradas Escrituras nos muestran que nuestra vida transcurre entre los santos Ángeles y los espíritus caídos. Las grandes tragedias de la humanidad no se deben única y exclusivamente a la debilidad y maldad humanas. Antes bien, detrás hay un poder espiritual que seduce, engaña e incita al pecado, como dice San Pablo: Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas (Ef 6,12).

También aquí nos envía Dios, como respuesta adecuada, la ayuda de los Ángeles. No en vano uno de los apelativos de Dios en el Antiguo Testamento es: «Señor de los Ejércitos». Los Ángeles constituyen el ejército de Dios, a fin de protegernos. Esto se pone de manifiesto en la historia del profeta Eliseo durante el reinado del rey Joram.

El rey de Siria estaba en guerra con Israel y había planeado varias emboscadas en su contra. Sus planes, sin embargo, se vieron frustrados varias veces, porque el profeta Eliseo comunicaba al rey de Israel la estrategia del enemigo. Por eso el rey de Siria planeó coger preso a Eliseo mientras éste se encontraba en Dotán. Las tropas enemigas, con carros y caballos, llegaron en gran número y rodearon la ciudad durante la noche. Cuando el siervo del profeta se levantó de madrugada y vio el ejército enemigo, gritó lleno de angustia y miedo: ‘¡Ay, mi señor!, ¿qué vamos a hacer?’ Eliseo respondió: ‘No temas que hay más con nosotros que con ellos’. Eliseo oró y dijo: ‘Señor, abre sus ojos para que vea’. Abrió el Señor los ojos del criado y vio que la montaña estaba llena de caballos y carros de fuego en torno a Eliseo (2 R 6,15-17).

El ataque enemigo fue rechazado, pues el profeta oró, y el Ángel deslumbró al ejército enemigo. Eliseo salió y los condujo a Samaria, donde el rey de Israel se detuvo. Y sólo después de conducirlos a Samaria y de ponerlos a merced del rey, le pidió al Señor que abriera nuevamente sus ojos (cfr. 2 R 6,20).

El final del relato es clave para todos aquellos que aspiran a tener una profunda unión con los Ángeles. El rey de Israel quería matar a todos los soldados que habían sido apresados, pero el profeta Eliseo se llenó de conmiseración, pues se encontraba muy unido a Dios. Mandó, entonces al rey que les preparase una comida y los dejase volver en paz. El fruto de este gesto misericordioso fue un periodo de paz con Siria (cfr. 2 R 6,23). Un alma orante expresó esta enseñanza de la siguiente manera: Debemos esforzarnos por ser Ángeles de la misericordia y no ángeles de la ira de Dios.

El Abad San Antonio

También los padres del desierto tuvieron muchísimas experiencias respecto a que los Ángeles son mayores en número y más fuertes que el Enemigo malo. Sus experiencias con los Ángeles nos enseñan la confianza, la perseverancia e indulgencia que debemos tener hacia nuestro prójimo. El Maligno quiere hacernos sentir que su fuerza es terrible y siniestra, y finge permanentemente ante nosotros que su poder es irresistible y abrumador. En esta línea incita a la dureza y a la brutalidad con los enemigos. Los santos Ángeles, en cambio, no hacen alarde de su poder, pues no enfrentan al enemigo con sus propias fuerzas, sino con plena humildad y con la fuerza de Dios, que supera infinitamente la de cualquier creatura. Por eso no son los poderosos quienes hacen huir al Enemigo en el combate espiritual, sino los humildes y sencillos.

A fin de comprender mejor esta verdad, echemos una mirada a la vida y la enseñanza de San Antonio, quien fue un santo monje del desierto. Antonio era un joven pudiente. Sus padres le habían dejado una enorme herencia. Un día en que estaba reflexionando sobre qué habría de hacer con su vida, llegó casualmente a una iglesia en el momento en que se leía el pasaje evangélico del joven rico. En una repentina iluminación (¡el Ángel!), Antonio reconoció que ese pasaje del Evangelio iba dirigido a él. Vendió, entonces, todos sus bienes, repartió lo recibido entre los pobres y se retiró a la soledad del desierto.

Su victoria sobre los espíritus malignos

Los demonios, que reconocieron en Antonio a un posible adversario de gran peligrosidad, lo hostigaron de las formas más inimaginables. Al comienzo intentaron molestarlo con pensamientos acerca de las riquezas que había regalado («la ambición es la raíz de todos los males»). Posteriormente lo inquietaron con la idea del cuidado de su hermana y con pensamientos de fama y comodidades. Al ver que estos pensamientos no lograban apartar al joven de su camino, intentaron desmoralizarlo mostrándole la dureza que implicaba llevar una vida virtuosa y de negación de sí mismo y advirtiéndole sobre la debilidad del cuerpo y la extensión del tiempo (cfr. San Atanasio: Vida de San Antonio, Abad, cap. 5). El Enemigo, obligado a huir debido a la firmeza de San Antonio, recurrió a estrategias más fuertes, hostigándolo de día y de noche con tentaciones carnales. Respecto a un combate semejante, el padre Pío explicaba: «El Enemigo malo intenta insuflar en mi corazón desesperación y pensamientos impuros, mediante toda clase de imágenes engañosas» (Cartas I,33). «El demonio no cesa en sus insinuaciones, y lo que es más doloroso, inspira sin cesar pensamientos extremadamente desalentadores» (Cartas I,87). Antonio rechazó los ataques del demonio mediante la oración y el ayuno, y meditando en la Pasión de Cristo y en los sufrimientos del infierno. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy (1 Co 15,10). Pasadas las seducciones, el Maligno lo tentaba con adulaciones y vanagloria. También en estas tentaciones Antonio se humillaba: El Señor está conmigo, entre los que me ayudan, y yo desafío a los que me odian (Sal 118,7).

Incluso tras estas victorias Antonio estuvo siempre vigilante en la oración y en el dominio de sí mismo. Antes bien, se impuso ayunos aún más duros y penitencias aún más difíciles. No temió debilitar con ello su cuerpo, sabiendo que cuando estoy débil, entonces es cuando soy más fuerte (2 Co 12,10).

«Esto era más de lo que el enemigo podía soportar, pues en verdad temía que ahora fuera a llenar también el desierto con la vida ascética. Así llegó una noche con un gran número de demonios y lo azotó tan implacablemente que quedó tirado en el suelo, sin habla por el dolor» (San Atanasio: Vida de San Antonio, Abad, cap. 8). Gracias a una intervención divina, llegaron unos amigos y le llevaron a la ciudad para cuidarlo. Luego de despertar en medio de la primera noche, Antonio instó a sus amigos para que lo llevasen de regreso a su celda del desierto.

Una vez allí y totalmente solo, oró, y aunque no podía siquiera permanecer en pie, le gritó luego a los demonios: «Aquí estoy yo, Antonio, que no me he acobardado con vuestros golpes, y aunque más me des, nada me separará del amor de Cristo (cfr. Rm 8,35). Entonces comenzó a cantar: ‘Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla’ (Sal 26,3)» (ibid., cap. 9). Siguió una noche de estruendo infernal, en la que hordas de demonios lo atormentaban con toda clase de dolores imaginables y se le aparecían en todas las figuras bestiales posibles. Pero Antonio, que había puesto su esperanza en el Señor, surgió victorioso. Finalmente, Dios derramó Su luz sobre él; los demonios huyeron y el dolor cedió. «‘¿Dónde estabas? ¿Por qué no te hiciste presente al comienzo para dar término a mis tormentos?’ Y una voz resonó sobre él: ‘Antonio, Yo estaba aquí, pero esperaba para verte combatir. Y ahora que has ganado el combate sin rendirte, seré siempre tu ayuda y te haré famoso en todas partes’» (ibid., cap. 10).

Consejos Para El Combate Espiritual

Tras cerca de cuatro generaciones de experiencias en la oración y en el combate espiritual, Antonio llegó a convertirse en un maestro del discernimiento. Al final de su vida pudo decir: «Envidiosos de nosotros los cristianos, [los demonios] no han omitido nada para impedirnos entrar en el cielo: no quieren que subamos al lugar de donde ellos cayeron. … Por eso se necesita mucha oración y disciplina ascética para que uno pueda recibir del Espíritu Santo el don del discernimiento de espíritus y ser capaz de conocerlos» (ibid., cap. 22). «Pues una vida recta y la fe en Dios son una gran arma contra ellos» (ibid., cap. 30).

«Por otra parte, el ataque y la aparición de los malos están llenos de confusión y vienen acompañados de ruidos, bramidos y alaridos, como el tumulto de muchachos groseros o salteadores. Esto, al comienzo, ocasiona terror en el alma, disturbios y confusión, desaliento, odio a la vida ascética, tedio, tristeza, recuerdo de los parientes, miedo a la muerte; luego viene el deseo del mal, el desprecio de la virtud y un completo cambio de carácter» (ibid., cap. 36). Su presencia causa una especie de confusa oscuridad, mientras introducen sus incitantes y fatuas luces, así como un falso sentimiento de seguridad y vanidad.

Los santos Ángeles, en cambio, nos infunden siempre tranquilidad y una profunda paz interior, nos mueven a la mansedumbre de Cristo, que ellos mismos nos manifiestan a nosotros, pobres pecadores, en sus misiones. «Tal visión llega tan tranquila y suave que de inmediato hay alegría, gozo y ánimo en el alma. Con ellos está nuestro Señor, que es nuestra alegría, y el poder de Dios Padre. … Un anhelo de las cosas divinas y de la vida futura se posesiona del alma, y su deseo es unirse totalmente a ellos [los Ángeles] y poder partir con ellos» (ibid., cap. 35). La luz que los Ángeles comunican, glorifica a Dios y hace humilde al alma, llenándola de temor a Dios. El alma es invadida por un gran anhelo de Dios y un maravilloso desprendimiento interior de las cosas de este mundo.

Es cierto, como indica Antonio, que la presencia inicial de los Ángeles causa miedo, pero pronto se transforma en temor reverencial y confianza amorosa en Dios. Antonio recomienda: «Por eso, si ustedes tienen una visión y sienten miedo, pronto el miedo desaparece y en su lugar los invade una inefable alegría y contento, ánimo, recuperación de la fuerza y de la calma de pensamiento y de todo lo demás que he mencionado, y valentía de corazón y amor a Dios, entonces, alégrense y oren; su gozo y la tranquilidad de su alma dan prueba de la santidad de Aquel que está presente. Así Abraham, viendo al Señor, se alegró (Jn 8,56), y Juan, al oír la voz de María, la Madre de Dios, saltó de gozo (Lc 1,41)» (ibid. cap. 36).

Finalmente, nos da el siguiente consejo para el combate espiritual: «Más bien tengamos valor y alegrémonos siempre como hombres que están siendo salvados. Pensemos que el Señor está con nosotros. Él, que ahuyentó los malos espíritus y les quitó su poder. Meditemos siempre sobre esto y recordemos que mientras el Señor esté con nosotros, nuestros enemigos no nos harán daño. Pues cuando vienen, actúan tal como nos encuentran, y en el estado del alma en que nos encuentren, de ese modo presentan sus ilusiones. Si nos ven llenos de miedo y de pavor, inmediatamente toman posesión como bandoleros que encuentran la plaza desguarnecida; todo lo que pensemos de nosotros mismos, lo aprovecharán con redoblado interés. Si nos ven temerosos y acobardados, van a aumentar nuestro miedo lo más que puedan en forma de imaginaciones y amenazas. … Pero si nos encuentran alegrándonos con el Señor, meditando en los bienes que han de venir y contemplando las cosas que son del Señor; considerando que todo está en Sus manos y que el demonio no tiene poder sobre un cristiano; que, de hecho, no tienen poder sobre nadie absolutamente, entonces, viendo al alma salvaguardada con tales pensamientos, se avergüenzan y se vuelven. … Por eso, si queremos despreciar al enemigo, mantengamos siempre nuestro pensamiento en las cosas del Señor y que nuestra alma se goce con la esperanza (cfr. Rom 12,12)» (ibid. cap. 42).