Historias sobre el Ángel de la Guarda

Introducción

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice un proverbio. Con cuánta frecuencia no se podrían aplicar estas palabras a nuestro Ángel de la guarda. Lo olvidamos, porque no lo vemos. Mucho más que la angelología, es decir, la teología sobre los ángeles, son las historias acerca del Ángel de la guarda las que nos ayudan a tener un trato íntimo con los Santos Ángeles y a fortalecer nuestra confianza en su presencia y en su ayuda. Es importante aclarar que las siguientes historias corresponden a sucesos verídicos, por lo menos en cuanto a la esencia de los mismos. Los nombres, y algunos aspectos secundarios, han sido cambiados en algunos casos. Muchas de las historias aquí relatadas me fueron contadas personalmente, bien sea por los mismos implicados o por sus parientes y amigos. Otras las he descubierto a través de mis lecturas. No se trata tanto de una demostración absoluta respecto a si en estos o en otros casos quien actuó fue necesariamente un ángel, sino más bien de señalar cómo tales historias ilustran, de modo vivencial, la manera como los Ángeles participan en nuestra vida personal y, no pocas veces, intervienen palpablemente para el bien de sus protegidos (P. William Wagner).

Auxiliador en la noche

Esta historia sucedió en Chicago durante la época de la gran Depresión económica (1930-1933) y me fue contada por un sacerdote, hermano del doctor Brown.

Muy temprano en la mañana, el doctor Brown fue bruscamente despertado por el insistente timbre del teléfono. Cogió, medio dormido, el auricular. Una voz áspera y tensa le habló de manera suplicante: -“¿Es usted el doctor Brown?”.

 -“Sí, soy yo”.

-“¡Por favor, venga usted tan rápido como pueda, se trata de un asunto de vida o muerte!”

-“¡Sí, ya voy…! Pero, ¿dónde vive usted?

-“En la calle Alan núm. 17. ¡Por favor, venga inmediatamente!

El doctor Brown se vistió de prisa, tomó sus cosas y se dirigió a la calle Alan. Qué soledad se sentía conducir solo y de noche por las vías oscuras. El lugar al cual se dirigía se encontraba muy apartado del centro, un barrio en el que nadie se podía sentir seguro, ni siquiera durante el día.

El doctor Brown encontró con facilidad la casa; ésta no colindaba con otras. Le llamó la atención que no hubiera ninguna luz prendida. Se acercó a la puerta y golpeó. Luego de una pausa, volvió a tocar, pero no hubo respuesta. Por tercera vez, volvió a golpear, y una voz brusca preguntó: -“¿Quién es?” -“Soy yo, el doctor Brown. Recibí una llamada de urgencia. ¿Es esta la calle Alan núm. 17?”

-“¡Sí, pero nadie lo llamó a usted. Lárguese!”

Al irse, comenzó a buscar en la misma calle alguna casa en donde hubiese una luz encendida, a fin de encontrar dónde se necesitaba realmente alguna ayuda. Pero al ver que todo estaba sumido en la oscuridad, se reprochó a sí mismo, porque pensaba que había anotado un número errado, o que quizá se trataba de una broma de mal gusto. De todas maneras, no le quedó más remedio que volver a su casa, y como no volvió a recibir la llamada, se olvidó pronto del caso, hasta unas semanas más tarde en que recibió una llamada -esta vez de día- del servicio de urgencias del hospital. La enfermera le explicó que un tal John Turner, que se encontraba en estado crítico luego de haber sufrido un grave accidente, solicitaba con urgencia al doctor Roberto Brown. -“¡Doctor, por favor apúrese! El señor está a punto de morir y no nos quiere decir por qué quiere hablar precisamente con usted”.

El doctor Braun prometió que iría de inmediato, aunque estaba seguro de no conocer a ningún John Turner, lo cual fue confirmado por el mismo moribundo: -“Doctor Brown, usted no me conoce, pero debo hablar con usted antes de morir, a fin de pedirle perdón. Usted seguramente se acordará de la llamada urgente que recibió hace un par de semanas, ya bien entrada la noche.”

-“Sí, pero…”

-“Era yo. Sabe usted, hace varios meses que no tengo trabajo. Vendí todas las cosas de valor que había en mi casa y pese a ello no conseguía alimentar a mi familia. No podía seguir viendo las miradas suplicantes y hambrientas de mis hijos. En mi desesperación, decidí llamar, en medio de la noche, a un médico. Mi plan consistía en matarlo, robar su dinero y vender su instrumental.”

Aunque el doctor estaba paralizado de miedo, no pudo menos que replicarle: -“Yo llegué a su casa; pero entonces, ¿por qué no me mató?”

-“Yo pensé que usted vendría solo, pero cuando vi a su lado a ese joven enorme y fuerte, me dio miedo hacerlo, razón por la cual lo despedí bruscamente. ¡Por favor, perdóneme!

-“Sí, claro” –murmuró aturdido el doctor Brown.

Un estremecimiento le corrió por la espalda. No tenía la más mínima idea de que lo que había considerado como un descuido enojoso o como una burla perversa, era en realidad una trampa mortal, de la cual se había librado por un pelo. Y mucho menos intuía que su Ángel de la Guarda (a quien luego de recapacitar había reconocido en el hecho) le hubiese salvado la vida aquella noche, pues aquel “joven enorme y fuerte” sólo se le había aparecido a su potencial asesino, que ahora, moribundo, le pedía perdón.

¡Qué maravillosos son los caminos de Dios! Con cuanta frecuencia nuestros Ángeles nos protegen de muchos daños, sin que seamos conscientes de ello.

El carro-casa y la Niña Pequeña

Don y su esposa Doris se encontraban alistando su carro-casa para irse de vacaciones. Una vez terminada la revisión, Don puso el motor en marcha y dio reversa para tomar la calle. De pronto, Doris dio un alarido, e instintivamente Don dio marcha hacia delante. Su pequeña hija de dos años, que se encontraba gateando detrás de las llantas traseras, había sido arrollada dos veces por el carro-casa.

La niña fue llevada inmediatamente al hospital, donde les diagnosticaron que si bien la niña tenía múltiples moretones, no había sufrido ningún daño grave, ni siquiera la fractura de un hueso. (Santa Bárbara, California, años setenta)

Visitas a los enfermos, el puente y la tormenta

Una vez pasada la terrible tormenta, el padre Johannes se dirigió a efectuar las acostumbradas visitas a los enfermos de su parroquia alpina. Iba de un enfermo al otro conduciendo su buen y fiel Escarabajo Volkswagen. En la última parte del trayecto, sin embargo, el Escarabajo comenzó a fallar. En lugar de visitar a los enfermos, el padre fue presa, él mismo, de la situación adversa. El auto tosía, se ahogaba y terminaba por apagarse. Cada vez, el padre Johannes se bajaba del automóvil y hurgaba un poco en el motor. De nuevo arrancaba para andar sólo unos cien metros. Finalmente se detuvo y por más mano que le metió e intentos de persuasión, fue imposible lograr que el Escarabajo se moviese.

En vista de esta nueva situación, el padre Johannes echó, por primera vez, una mirada a su alrededor y pensó en la manera de continuar con sus visitas a los enfermos. Sólo entonces se dio cuenta de que el puente que atravesaba el arroyo, ubicado apenas a unos cien pasos de donde él se encontraba, había sido destruido a raíz de una corriente de agua provocada por la tormenta. Viendo que era imposible continuar, se sentó en el automóvil a esperar un poco. Luego volvió a intentar, un poco a la suerte, poner en marcha el motor. El carro encendió y marchó maravillosamente durante todo el camino a casa. Tampoco tuvo que dejar el carro en el taller. “Así pues, el problema no estaba en el carro” -pensó para sí-; “esto lo hizo tu Ángel de la Guarda para evitar que cayeras en el abismo con tu auto”. (Sur del Tirol, en los años setenta)

Un invitado inesperado en invierno

La familia Carter vivía en una granja solitaria en las praderas de Wyoming, donde los más próximos vecinos se encontraban a varios kilómetros de distancia. Por esta razón, todavía se consideraba como una obligación sagrada ayudar a los vecinos y a los forasteros en cualquier necesidad. La señora Carter era ejemplar en el cumplimiento de este deber.

Los alrededores se encontraban cubiertos de nieve recién caída durante la noche. El domingo amaneció con un sol brillante. Reinaba una gran calma, pero el frío era tremendo. La familia estaba ya lista para dirigirse a la misa dominical, cuando de repente un forastero golpeó a la puerta. Temblando de frío, preguntó si podía calentarse un poco al fuego. La señora Carter, muy amablemente, lo hizo entrar, lo condujo hasta la chimenea y comenzó a prepararle un suculento desayuno propio de las personas que viven en el campo. Mientras tanto, los hijos de los Carter reprimían los suspiros, pues la intempestiva presencia del forastero los obligaba a asistir más tarde a Misa, con lo cual el tiempo que tenían planeado para jugar se vería considerablemente reducido.

Una vez que el visitante terminó de desayunar, agradeció de corazón a la familia y siguió nuevamente su camino. Por fin todos podrían ponerse en marcha hacia la iglesia. Al salir, un estremecimiento los invadió, pues al caminar por la terraza cubierta de nieve, se dieron cuenta de que sobre la nieve fresca no se encontraba ninguna huella, ni en dirección a la casa ni alejándose de ella. El extraño forastero había llegado y partido sin dejar huella alguna. La señora Carter, llena de agradecimiento, explicó a sus hijos que habían acabado de acoger a un ángel, tras recordar, espontáneamente, el pasaje bíblico: “No os olvidéis de la hospitalidad; gracias a ella algunos hospedaron a ángeles, sin saberlo.” (Hb 13, 2). De esta manera, Dios les hizo saber que su hospitalidad hacia los forasteros le era muy agradable. (Wyoming, USA, 1970)

Un individuo perverso

Lou y su joven esposa Edith vivían en una pequeña granja en Michigan. Era la última casa al final de una pequeña calle. La vida allí era solitaria y dura, pero los recién casados se sentían alegres de estar juntos, pues se amaban y tenían el alimento diario. Una mañana de inicios del verano, luego de que Lou se fuera a recoger heno, llegó a caballo un forastero a la granja. Ató, como es costumbre, su caballo a un poste, pero en lugar de dirigirse directamente a la casa, se puso a inspeccionar los corrales, el granero y los alrededores, tras lo cual se encamino en dirección a la casa. Edith había observado desde la ventana y con preocupación los pasos del extraño. Cuando escuchó los golpes en la puerta se llenó de miedo. Al principio no quería abrir, pero como el hombre podría tumbar la puerta, decidió abrir una rendija y preguntar muy tímidamente: -“¿Qué quiere usted?”

El extraño, que la miraba con fijeza, le preguntó con una voz neutra: -“¿Se encuentra usted sola?”

Edith deseaba cualquier cosa, menos quedarse sola con aquel impúdico personaje. El miedo la hizo decir enérgicamente: “¡NO! Mi esposo se encuentra en el ático”. Y a fin de ponerle énfasis a su afirmación, dio media vuelta y gritó: “¡Lou…!”

Una voz –la de su marido- retumbó inmediatamente: “¿Qué sucede, Edith? ¡Bajo inmediatamente!”    Prueba de que las intenciones del extraño no eran honestas, pues además podían leerse en su rostro, fue que al instante dio vuelta y se alejo rápidamente en su caballo. Edith estaba atónita. Ella pensaba que Lou se encontraba recogiendo heno afuera, en el campo. Corrió hacia el ático para ver qué estaba haciendo allí su marido, pero no encontró a nadie.

Una vez, durante unos retiros, conté esta historia a los participantes. Al final, les pregunté si pensaban que el Ángel de la Guarda que había ayudado era el de Lou o el de Edith, a lo cual una joven muchacha dio la asombrosa respuesta: “¡Yo creo que era el Ángel de la Guarda del extraño, que lo protegió de cometer un terrible acto!” (Michigan, a comienzos del siglo XX. Relato contado por la hija de Edith, madre de un amigo sacerdote).

La caída a un pozo profundo

John había crecido en una granja de Kérala, al sur de la India. Siempre dispuesto a ayudar, se dirigió un día al pozo de la granja a fin de sacar agua para su madre. El pozo se encontraba circundado por un muro bajo y estaba provisto de una especie de techo del cual pendía una cuerda, que permitía subir y bajar el cubo del agua. Como sólo tenía siete años, se veía obligado a inclinarse por encima del muro para poder manipular el recipiente. Estando en esas, de repente perdió el equilibrio y cayó, de cabeza, a una profundidad de cerca de treinta metros. Sin saber cómo, llegó de pies al agua, la cual le daba apenas hasta las rodillas. No tenía ni siquiera un rasguño, sólo estaba asustado.

La familia escuchó sus gritos y corrió al pozo, esperando lo peor. John fue sacado ileso, con ayuda del cubo, del fondo del pozo. Su madre, llena de alegría y agradecimiento, le aseguró: “¡John, tu Ángel de la Guarda te acaba de salvar la vida!” (India, hacia el año 1930. Relatado por John, un religioso de Kérala)

El padre Karl y su encuentro con la muerte

Un misionero alemán que se encontraba de paso por Roma, nos relató en los años setenta, a un grupo de seminaristas, sus aterradoras experiencias en la época (años cincuenta) de la brutal toma del poder por parte de Mao Tse Tung. Se calcula que hubo unas cincuenta millones de víctimas sacrificadas al ‘dios’ del ateísmo comunista.

Al comienzo de la revolución china, los comunistas evitaron, hasta donde les era posible, tocar a cualquier extranjero, a fin de no provocar a la opinión internacional. En esta insegura y tirante situación de una coexistencia pacífica, el padre Karl pudo continuar su trabajo misionero a través de la pastoral en las comunidades católicas que se encontraban diseminadas por varios poblados. También podía considerarse afortunado de poseer una motocicleta, en la cual hacía, junto con el sacristán, el recorrido dominical.

Durante uno de esos domingos, mientras se encontraba doblando los paramentos litúrgicos luego de terminada una de las Misas que celebraba temprano, escuchó una voz que le decía en su lengua materna: “Hab keine Angst, alles wird gut gehen!” (“¡No tengas miedo, todo saldrá bien!”). Sorprendido de escuchar hablar en su lengua materna, preguntó al grupo de campesinos allí reunidos, quién de ellos hablaba tan bien el idioma alemán. “¿Alemán?” –preguntaron. “Padre, usted sabe que todos nosotros somos campesinos humildes y nunca hemos tenido la oportunidad de aprender una lengua extranjera. ¿Por qué nos pregunta?”

Evidentemente, ninguno de ellos había escuchado la voz. El padre Karl, entonces, decidió dejar a un lado el asunto y les dijo que la cosa no tenía importancia. En aquel instante, el padre ignoraba totalmente la enorme trascendencia de lo sucedido, pues en ese mismo día la coexistencia pacífica habría de terminar de manera repentina con su muerte. Un despliegue local de la policía del ejército popular había recibido la orden de liquidar al padre Karl. La Iglesia católica se había constituido en obstáculo para la Revolución comunista. La ejecución, sin embargo, no debía ser pública, sino al margen de algún camino solitario.

Luego de empacar los objetos litúrgicos, el padre Karl y su sacristán se dirigieron al siguiente poblado en las montañas. El camino se encontraba en mal estado y estaba lleno de curvas, razón por la cual avanzaban con lentitud. Luego de una muy estrecha curva, se toparon, a una distancia de aproximadamente treinta metros, con un escuadrón de soldados comunistas que comenzaron a dispararles. Con la primera descarga la motocicleta quedó destruida. Ellos cayeron en el barro, pero por suerte pudieron esconderse detrás de una roca.

Medio atontado, el padre Karl pensaba que todo no sería más que un enorme error y que tan pronto supieran que él era un sacerdote católico, las cosas volverían a la normalidad. Tres veces se levantó para intentar convencerlos y tres veces le dispararon, desde una menor distancia, pero sin lograr darle. Al menos consiguieron que el padre Karl se diera cuenta de que el asunto iba en serio y que tenían puesta la mira en él.

El sacristán, que hasta entonces había permanecido oculto tras la piedra, decidió levantarse y apelar a la razón y a la cortesía. Tres veces se levantó para hablar y tres veces fue recibido por los disparos. Nada que hacer.

Finalmente, los soldados comunistas se acercaron y los cogieron presos. La parte más agradable del ‘interrogatorio’ fue la inspección corporal, tras la cual quedó confirmado que pese a las siete ráfagas, ninguna bala había tocado al padre Karl ni al sacristán. Los soldados estaban tan sorprendidos de lo sucedido, que simplemente los dejaron libres. Tuvieron, claro está, que continuar a pie, pues la motocicleta había quedado completamente llena de agujeros.

Por el camino de regreso, el padre Karl pensó en las palabras que había oído después de la Misa: “Hab keine Angst, alles wird gut gehen!”, y pensó para sí: !Ahora me doy cuenta de que el Señor envió a Sus ángeles para salvarme de las manos del escuadrón comunista de ejecuciones! (aludiendo a las palabras de San Pedro, cuando se halló una vez en circunstancias semejantes; cfr. Hch 12, 11).

Enfrascado en estos pensamientos, el padre Karl le preguntó a su sacristán por qué se había levantado tres veces, si ya les habían quedado claras las intenciones asesinas de los comunistas. “Padre” –respondió él-, “¿cómo podría yo volver a presentarme ante mis paisanos con la cabeza en alto, si no me hubiese expuesto de manera semejante y por seguridad nuestra, luego de que usted expuso tres veces la vida por nosotros?”

San Miguel, salvador en la necesidad

La siguiente carta fue escrita por un joven soldado estadounidense de la marina a su madre, tras ser herido, en 1950, durante una batalla en Corea, y que se encontraba en la clínica. La carta llegó a manos de un capellán militar, el padre Walter Muldy, quien la leyó delante de cinco mil soldados estadounidenses. El padre Muldy habló personalmente con el joven soldado, con su madre y con el comandante en jefe, y da fe de la veracidad de esta historia.

Querida madre:

A nadie más que a ti me atrevería a escribir esta carta, pues ninguna otra persona me creería. Tal vez tú también tengas dificultad en creerlo, pero tengo que escribirlo desde lo más hondo de mi alma.

Primero que todo quisiera contarte que me encuentro en el hospital. ¡Pero no te preocupes! Aunque estoy herido, hasta ahora me ha ido bien. El médico dice que dentro de un mes ya podré ponerme en pie. Pero esto no es más que un paréntesis. ¿Te acuerdas cuando el año pasado ingresé en la marina? En aquel entonces me dijiste que debía rezar todos los días a San Miguel. No tenías por qué decírmelo, pues desde pequeño me insistías una y otra vez. Inclusive me pusiste su nombre. Pero cuando llegué a Corea le recé aún con mayor ahínco.

¿Te acuerdas de la oración que entonces me enseñaste…? ¡Miguel, Miguel, permanece junto a mí! Guíame por ambos lados, para que mi pie no resbale La he rezado todos los días…, algunas veces durante la marcha y otras durante los descansos, y siempre antes de dormir. Logré, incluso, que uno de mis compañeros la rezara.

Un día me encontraba en un grupo de avanzada en el frente de batalla. Estábamos buscando soldados comunistas. Yo caminaba pesadamente por entre el duro frío…, mi aliento parecía humo de cigarrillo. Yo pensaba que conocía a todos los miembros de la tropa, hasta que de pronto, junto a mí, apareció un soldado de la marina que nunca antes había visto. Era el soldado más alto de los que yo jamás había visto. Tenía cerca de 1,92 metros de estatura y correspondientemente fornido. Tener a mi lado a semejante gigante, me inspiró seguridad.

Allí estábamos, entonces, y caminábamos con dificultad. El resto de la tropa de asalto se desplegó. Con la intención de entablar alguna conversación, dije: -“¿Qué frío hace, no?”. Y entonces tuve que reír. ¡En cualquier momento podía morir y yo hablando sobre el clima! Mi compañero parecía entender. Escuché cómo reía bajo. Entonces lo miré: -“Nunca antes te había visto. Yo pensaba que conocía a todos los miembros de la tropa.”

-“Yo llegué a lo último” –me respondió. “Me llamo Miguel.”

-“¿De veraz?” -dije sorprendido. “¡Yo también!”

– “Yo sé”, dijo… y añadió: “¡Miguel, Miguel, permanece junto a mí…”

Yo estaba perplejo como para poder decir algo en el momento. ¿De dónde conocía mi nombre y la oración que tú me habías enseñado? Entonces tuve que sonreír: ¡todos en la tropa me conocían! ¿Acaso no le había enseñado la oración a todos aquellos que la querían aprender? De vez en cuando hasta me decían “¡San Miguel!” Durante un momento ninguno de los dos habló. Luego, él rompió el silencio. “Allí adelante nos encontraremos en una situación crítica.”

Debía estar en una buena condición física, pues respiraba tan levemente que no se podía ver su aliento. ¡El mío se veía como una gran nube! Ya no había ninguna sonrisa en su rostro. Yo pensaba que no había nada nuevo en el hecho de que más adelante nos pudiéramos enfrentar con una situación crítica, donde bulliría de soldados comunistas. La nieve comenzó a caer en copos grandes y gruesos. De repente, el paisaje había desaparecido, y yo marchaba entre una blanca niebla de grumos húmedos y pegajosos. Mi compañero ya no estaba ahí. -“¡Miguel!” -grité consternado. Entonces sentí su mano sobre mi brazo; su voz era cálida y fuerte: “Ya va a cesar la nieve.”

Su predicción fue cierta. Pasados unos minutos, terminó de nevar de la misma forma rápida como se había iniciado la nevada. El sol se veía como un disco duro y brillante. Miré a mi alrededor buscando la tropa. Nadie a la vista. Habíamos perdido a los otros en medio de la tormenta de nieve. Yo estaba mirando hacia delante, cuando llegamos a una pequeña elevación.

¡Mi corazón, madre, quedó paralizado! ¡Allí había siete! Siete soldados comunistas con sus chaquetas y pantalones afelpados y sus cómicas gorras. Pero ahora las cosas ya no estaban para bromas. ¡Siete armas estaban dirigidas hacia nosotros!

“¡A tierra, Miguel!” –grité, y me arrojé sobre la tierra congelada. Escuché cómo, al mismo tiempo, el grupo de soldados comenzaba a disparar. Oía pasar las balas por el aire. ¡Allí estaba Miguel…aún de pie!

¡Madre, esos tipos no podían haber fallado los disparos…! ¡Mucho menos desde aquella distancia! Yo pensaba que Miguel había sido destrozado por los disparos, pero ahí estaba, de pie, sin mostrar ninguna intención de disparar. Estaba paralizado de miedo. ¡Eso le pasa de vez en cuando hasta a los más valientes! Él parecía un pájaro hipnotizado por una serpiente.

¡Por lo menos esto era lo que yo pensaba en aquel momento! Me incorporé para tirarlo al suelo, y fue entonces cuando me hirieron. Mi pecho ardía como fuego. Muchas veces pensaba qué se sentiría en el momento de ser herido por una bala… ¡Ahora, lo sabía!

Recuerdo que unos brazos fuertes me abrazaron y me depositaron sobre una almohada de nieve. Abrí los ojos para echar una última mirada. ¡Me encontraba moribundo! Quizá ya estaba muerto. Aún recuerdo lo que entonces pensé: “No es tan grave”.

Tal vez miré hacia el sol o quizá estaba conmocionado. Con todo, me aparecía ver a Miguel nuevamente de pie, sólo que esta vez su rostro tenía un enorme resplandor. Parecía transformarse mientras yo lo observaba. Se volvió más grande, sus brazos se extendían. Quizá era la nieve que nuevamente caía, pero lo rodeó un rayo de luz como las alas de un ángel. En su mano tenía una espada…, una espada que brillaba como miles de luces.

Bueno…, es lo último de lo que recuerdo, antes de que mis compañeros me hallasen. No sé cuánto tiempo pasó. De vez en cuando tenía breves momentos en que el dolor y la fiebre desaparecían. Les conté a mis compañeros del enemigo que se encontraba directamente frente a nosotros.

-“¿Dónde está Miguel?” –pregunté. Ellos se miraron entre sí. ¿Dónde está quién? –preguntó uno de ellos.

-“Miguel… Miguel, ese soldado fornido y alto que marchaba conmigo antes de que cayera la tormenta de nieve.”

“Muchacho” –dijo el sargento primero- “tú no ibas marchando con nadie. Jamás te perdí de vista. ¡Tú te adelantaste mucho! Quise llamarte de vuelta, cuando desapareciste entre el remolino de nieve.”

El sargento me miraba con curiosidad. “¿Cómo lo hiciste, muchacho!” -“¿Qué hice?” –pregunté medio enojado y pese a que estaba herido. “Ese soldado Miguel y yo estábamos precisamente…”

-“¡Muchacho” –dijo bondadosamente el sargento- “yo mismo escogí el grupo y no hay otro Miguel en la tropa! ¡Tú eres el único Miguel!” El sargento quedó pensativo por un momento. “¿Cómo lo hiciste? Escuchamos disparos, pero ningún disparo salió de tu arma… y no hay un solo pedazo de plomo en los siete soldados que se encuentran muertos allí sobre la montaña.”

No respondí nada. ¿Qué podría decir? Sólo podía mirar estupefacto a mi alrededor. Entonces el sargento habló nuevamente. -“¡Muchacho” -dijo suavemente- “cada uno de esos siete comunistas murió de un golpe de espada!”

No hay más que contar, mamá. Como te dije, tal vez fue el sol en mis ojos…, tal vez fue el frío o el dolor. ¡Pero esto fue lo que exactamente sucedió!

Abrazos de tu Miguel