La batalla por el Reino: La batalla del Amor

“Sean de espíritu sobrio, estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar. Pero resístanlo firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en sus hermanos en todo el mundo” (1 Pdr 5,8-9).

Como en los días del Kulturkampf (palabra alemana para definir el conflicto entre los gobernantes y la Iglesia Católica) de Otto von Bismarck contra la Iglesia a finales de 1800, que allanaron el camino para el ascenso de Hitler en Alemania, así también hoy vemos un ataque vehemente, abierto y, en última instancia, demoníaco contra la Iglesia y los cimientos de la sociedad cristiana: la vida, la familia y la maternidad. A través de los medios de comunicación, de la “educación sexual” en las escuelas públicas, de la introducción sutil o abierta de la ideología del género en todos los ámbitos de la vida, especialmente en las redes sociales, que además van en contra de los datos de la ciencia, de la psicología y contra cualquier lógica sana, etc. Aquí hay un intento de cambiar y transformar nuestra cultura, el sentido colectivo de la gente de lo que es verdadero y falso, lo que es bueno y malo, lo que es “razonable” y lo que es extremista, lo que es moralmente aceptable y lo que es inaceptable.

En anuncios en la televisión, en las revistas, incluso en los videos de las bombas de gasolina, junto con las comedias de televisión personas ostentan a su pareja homosexual con la intención de hacer que esta parte del estilo de vida sea aceptada por la mentalidad de la gente como algo “normal”. Los nombramientos judiciales son impugnados, porque el candidato a juez es miembro de una asociación católica como los “Caballeros de Colón” u otro similar; o personas que son acusadas de ser “extremistas” simplemente por ser cristianas y por su postura sobre el aborto. Los gobernadores celebran el “avance” político de legalizar el infanticidio, un “derecho” garantizado por la ley. Se habla del derecho a abortar, aunque lo correcto sería hablar del derecho a la vida. El mal está también dentro de la Iglesia. El Papa San Pablo VI lamentó que el ‘humo de Satanás’ había entrado en la Iglesia (Carta del 29 de junio de 1972) con clérigos aceptando la agenda secular. Hoy lo vemos aún más claramente en la actual crisis en la Iglesia por los abusos de menores por parte de clérigos y la subcultura homosexual frecuentemente presente en los seminarios. El Papa San Juan Pablo II vio estas tendencias muy pronto, y las llamó: la “cultura de la muerte”, que se contrapone a la “cultura de la vida”. También podríamos llamarlo la guerra entre la cultura de la luz y la cultura de la oscuridad. ¿Jesús no llamó al diablo “asesino desde el principio”? (Jn 8,44). Más que nada, es una batalla espiritual en la que el mal ataca al bien, en un intento de transformar la sociedad, y a cada hombre dentro de la sociedad, en la oscuridad y el rechazo de Dios y de la luz.

La división de rangos “en el principio”

Los santos Ángeles experimentaron una prueba similar y una “batalla” posterior al principio de los tiempos: “… y Dios separó la luz de las tinieblas” (Gen 1,4), separó los Ángeles buenos de aquellos que se habían rebelado contra Dios y Su santa voluntad.

“El demonio es una criatura de Dios como el santo Ángel, espíritu como el Ángel, de naturaleza angelical como el Ángel. El demonio sufrió la transformación más severa y profunda de todo su ser a través de su “¡No!” a Dios; se convirtió en un demonio, se oscureció, cayó por debajo del nivel de un animal y se manifiesta en la tierra como un dragón, como un perro furioso, un lobo feroz, una serpiente astuta. Su amor se cambió en odio, su luz en la oscuridad más oscura y él no quiere tener nada que ver con la visión de Dios. Todavía arde en deseo de arrastrar hombres consigo mismo a esta oscuridad, a su frialdad de corazón. Ningún esfuerzo le es demasiado grande para que logre este objetivo” (Gabriela Bitterlich, Lecturas I, p. 57).

Parece innegable que estamos en la batalla de los últimos tiempos. “Los insidiosos ataques espirituales contra toda la humanidad se están volviendo demasiado grandes: toda la atmósfera espiritual se está volviendo estéril, sin Dios, y todos los hombres la están inhalando” (ibid, p. 61). Cada vez más estamos entrando en una batalla por el Reino de Dios. Hemos tratado de ser buenos cristianos, pero ahora somos llamados a ser cristianos “luchadores”, al lado de los santos Ángeles.

No es una cuestión de “tomar las armas” en un sentido material, “porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef 6,12).

Es más, “lo que se necesita es que reconozcamos lo que viene de los espíritus malignos, entonces separémoslo, expongámoslo. Lo que se necesita es que desactivemos las minas espirituales que se están colocando en la Santa Iglesia, que llenemos con Dios los vacíos espirituales en el pensamiento religioso del hombre y dejemos que la gracia de Dios fluya” (ibid, pág. 61).

Luchando desde fuera: formando cultura

Hay dos niveles de empeño en esta batalla. Podemos luchar la batalla externa contra el error y la perversidad, la prensa atea y en contra de ataques encubiertos o abiertos contra el cristianismo, la Iglesia, la familia y la persona humana. Esta tarea corresponde muy especialmente a nuestros Obispos y sacerdotes, en colaboración con los laicos y su activa presencia política. La batalla también se libra en las universidades, en las salas de clase, en las imprentas que publican libros y periódicos y en las misiones. En el sínodo sobre la juventud, el Obispo Robert Barron señaló que una de las razones principales por las que nuestros jóvenes abandonan la fe es el adoctrinamiento intelectual, que los lleva a creer “que la religión se opone a la ciencia o que no puede resistir un control racional, que sus creencias son anticuadas, el remanente de un tiempo primitivo, que la Biblia no es confiable, que las creencias religiosas dan origen a la violencia y que Dios es una amenaza a la libertad humana”.

El Obispo Barron, por lo tanto, pidió un esfuerzo renovado de catequesis y apologética. También nos instó a atraer a otros a la fe a través de la atracción de la belleza, que está profundamente arraigada en nuestra tradición católica: “Parte del genio del catolicismo es que lo que hemos abrazado como cierto y consistente lo convertimos en canción hermosa, en poesía, en arquitectura, en pintura, en escultura y liturgia. Todo esto proporciona una matriz poderosa para la evangelización. … La belleza más fascinante de todas es la de los Santos. He encontrado una gran atracción evangélica en la presentación de las vidas de estos grandes amigos de Dios, así como un entrenador de béisbol que atrae a jóvenes adeptos al juego al mostrarles el juego de algunos de sus mejores jugadores”. No todos podemos enseñar o catequizar, escribir artículos o influir directamente en otros, ¡pero todos podemos y debemos manifestar la belleza de la santidad por nuestro modo de vida!

La batalla interior: la transformación del corazón

Esto nos lleva al segundo nivel de compromiso en la batalla por el Reino de Dios, que es lo más importante y accesible para todos: La batalla espiritual. No podemos cambiar a quienes nos rodean, solo Dios puede hacerlo. Pero podemos cambiarnos a nosotros mismos; podemos purificar y abrir nuestros corazones cada vez más para Dios, de modo que Su gracia pueda fluir en nosotros y por medio de nosotros a los demás. De esta manera, empezando por nosotros mismos, alma por alma, corazón por corazón serán conquistados y transformados para Dios, alcanzando así la “transformación misericordiosa y redentora del mundo por medio de la transformación del corazón humano” (San Juan Pablo II, Dominicae Cenae 7).

San Pablo nos exhorta: “Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que disciernan cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto” (Rom 12, 2). Somos llamados a ser hijos de Dios, a “convertirnos en Dios “, como dice San Atanasio, “porque el Hijo de Dios Se hizo Hombre para que podamos llegar a ser Dios” (De Incarn. 54, 3). El sacramento del Bautismo es la base para esta transformación. Dios pronuncia Su “Effatha”, “ábrete”, a los ojos y oídos, al corazón y a la mente para que puedan estar dispuestos a la gracia y la acción del Espíritu, que actúa en nuestro interior. A través de la fe, el hombre puede ver a Dios y entender Su voluntad y Su llamado. Sin embargo, todos los días nos colocan ante una decisión: “¡Tú debes …, no harás…!”. Podemos elegir caminar hacia Dios o alejarnos de Él. Debemos, por lo tanto, armarnos con las armas espirituales en el seguimiento de Cristo, dejándonos transformar por Él en portadores de Su luz. A nuestro lado andan los santos Ángeles.

El Ángel como luz y guía en el combate espiritual

Cada santo Ángel ya pasó por la gran prueba en el principio de los tiempos, cuando, con su voluntad natural, creada y libre, eligió la voluntad de Dios, de tal manera que ahora existe totalmente unido a Dios y a Su voluntad. “Cada Ángel fiel es una imagen de luz… se encuentra inmerso en la luz de Dios, contemplando Su rostro, de modo que todo su ser es luz. Con la voluntad ha entrado en la voluntad de Dios, así como la voluntad de cada Santo, incluida María, ha entrado en la voluntad de DIOS” (MG, ibid.). De tal manera que, siendo uno con la voluntad de Dios, cada Ángel es perfectamente libre, siempre libre para elegir y hacer el bien que viene de Dios. De ahí en adelante, los Ángeles son enviados a velar por la libertad de los hijos de Dios en la tierra.

Entre los hombres, podemos observar una transformación hacia el mal, como vemos en Caín o en Judas. Pero también existe una transformación hacia el bien, como la vemos en la vida de San Pablo, San Agustín, San Ignacio o Santa María Magdalena. Tenemos libre albedrío y, por lo tanto, somos capaces de ser transformados para obtener la verdadera libertad de los hijos de Dios y de unirnos a Su voluntad o, de manera negativa, para volvernos esclavos del pecado y del diablo.

A través del Bautismo, “En Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8,2). Sin embargo, mientras caminamos sobre esta tierra, nuestra transformación aún no es definitiva. Estamos en el tiempo de prueba.

Transformándose a semejanza de Jesús

CRISTO va delante de nosotros; Él es nuestro gran modelo y Redentor. ¿Cómo comenzó su acto de Redención? Con una ‘transformación’, un vaciamiento de sí mismo, una renuncia. Él se vació a Sí mismo y… partiendo del abrazo más íntimo de Su Padre, Se sumergió en la transformación profunda y voluntaria de la Encarnación, en esta transformación incomparable tomó Carne y “Se hizo semejante al hombre”. Sin embargo, esto no fue suficiente. Él Se transformó a Sí mismo, mil veces más profundamente cuando Se hizo alimento. Él transformó el pan y el vino en Su Carne y Sangre, para poder entregarse a los últimos, a los más miserables de todos los tiempos.

JESÚS nos llama a Su imitación. Cuando dice: “Hagan esto en memoria Mía…”, instituye el sacerdocio y la Santísima Eucaristía. Pero Él quiere más: también nos pide que nos dejemos transformar, que renunciemos a nosotros mismos para convertirnos en pan para los demás.

Como el hombre es cuerpo y alma, ambos deben ser transformados. El cuerpo debe estar sujeto al alma, y el alma a Dios. San Pablo escribe:

Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz. La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la Ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios (Rom 8,5-8).

El cuerpo se hace sujeto al alma a través de la disciplina y a través de todos los sufrimientos físicos y pruebas que soportamos por amor a Dios. Este amor divino es el transformador; introduce nuestros cuerpos con todos sus anhelos naturales, en un anhelo puro de Dios, en el que todas nuestras facultades del cuerpo y del alma, sirven a Dios y al crecimiento de Su Reino.

El alma  debe reinar y transformar al cuerpo y no al revés. El mundo material “gime y sufre hasta ahora dolores de parto” (Rom 8,22), es decir, debe transformarse a través del dolor. Así también, el cuerpo humano debe ser transformado una y otra vez por la gentil mano del Señor a través del gemido del dolor y la angustia, el hambre y la sed, la cruz y la enfermedad, en un instrumento dócil del alma, que es la esclava del Señor. Porque de hecho, no deberíamos alcanzar la puerta del cielo por la pesadez de nuestro cuerpo, sino más bien con un cuerpo transformado por la disciplina de la voluntad y abierto a la gracia (MG, ibid.).

Es por esta razón que tradicionalmente, en el período de Cuaresma, nos imponemos una penitencia corporal para liberar el espíritu, a través del amor, para las cosas de Dios.

Vaciamiento de la propia voluntad: la condición para la transformación a través de la Palabra, la Cruz y el Amor.

Pero más que solo la disciplina del cuerpo, el Señor quiere de nosotros una transformación espiritual, un vaciamiento y una renuncia a nosotros mismos por amor a Dios a través de la Palabra, la Cruz y el Amor. “De la Palabra, significa la transformación de todas nuestras palabras en la palabra de Dios, hasta tal punto que hablemos, – de hecho, solo podemos hablar, – como Jesús habló y como María hablaría en nuestro lugar” (MG, ibid.). A menudo, esta puede ser la disciplina penitencial más exigente. Tal vez hemos oído hablar de dar las tres T en Cuaresma: nuestro tiempo, nuestro talento y nuestro tesoro. Ahora podemos aplicar esto más profundamente, podemos “dar la palabra” quizás al cederla, cuando queremos tener la última palabra en una discusión. ¡Todos sabemos qué gran pobreza de espíritu nos exige esto! También podemos ceder la palabra al dar, al hacer la paz, tanto pidiendo como concediendo el perdón. ¡Humildad, humildad, humildad! Entonces también, ¿Cuánto valor hay en una palabra de consuelo, de ánimo, de alegría? Todo esto requiere un salir de nosotros mismos, una muerte y transformación de nuestros pensamientos egocéntricos y palabras en un desinteresado “estar ahí” para los demás por amor a Dios.

“La cruz significa hacer, ayudar, dar ejemplo, esforzarse y obedecer, servir y liderar, sufrir y expiar” (ibid.). Para llevar la Cruz con coraje y resolución, debemos depositar nuestra confianza no en los hombres, no en nosotros mismos, sino únicamente en Jesús.

Fijemos nuestros ojos en Él bajo el peso de la Cruz, y es Él quien nos llevará. Jesús nos dice: “Sin mí, no pueden hacer nada” (Jn 15,5), mientras que San Pablo dice: “Todo lo puedo en Él que me fortalece” (Fl 4,13). En Eclesiástico leemos: “¿Alguien ha confiado en el Señor y ha sido decepcionado? ¿O alguien ha perseverado en el temor del Señor y ha sido abandonado? ¿O alguien lo ha llamado y ha sido descuidado? Porque el Señor es compasivo y misericordioso; Él perdona los pecados y nos salva en tiempos de angustia” (Sir 2,10-11). San Bernardo aplica esta misma confianza a Nuestra Señora: “¿Alguien ha depositado su confianza en María y ha sido abandonado?” (Cf. Memorare). Si perseveramos en la confianza bajo el peso de la Cruz, el Señor nos transformará rápidamente en instrumentos de la misericordia y de Su amor.

Viviendo el amor del Corazón de Jesús

El amor es la meta, el don supremo de sí mismo a Dios y a los demás por Dios. El amor de Dios se nos manifiesta en el Corazón de Jesús. Normalmente, el papel del corazón es sostener la vida del cuerpo; luchar por la autoconservación. El Corazón de Jesús, sin embargo, nos lleva mucho más allá de esta función natural.

El Corazón traspasado de Jesús también se “conmueve” de verdad (véase Os 11,8) esta definición. Este Corazón no se ocupa de la autoconservación sino de Su entrega personal. Salva al mundo abriéndose. El colapso del Corazón abierto es el contenido del misterio de la Pascua. El Corazón salva, en efecto, pero salva al darse a sí mismo. Así, en el Corazón de Jesús, el centro del cristianismo se pone delante de nosotros. Lo expresa todo, todo lo que es genuinamente nuevo y revolucionario en el Nuevo Pacto. Este corazón habla a nuestro corazón “Cor ad cor loquitur” (Beato John Henry Newman). Nos invita a salir del inútil intento de autoconservación y, al unirnos a la tarea del amor, entregándonos a Él y con Él, nos invita a descubrir la plenitud del amor que es la eternidad y que sostiene el mundo (Papa Benedicto XVI, Mirarán al que traspasaron, p. 69).

Al igual que Jesús en la Cruz, estamos llamados a dejar que nuestros corazones se abran para que otros puedan encontrar su camino hacia Dios. Este es el camino de María: “Y una espada traspasará tu corazón, para que los pensamientos de muchos corazones puedan ser revelados” (Lc 2,35). Ella se mantuvo debajo de la Cruz, ofreciendo a su Hijo al Padre por nuestro bien. Y así, ella pudo “aplastar la cabeza de la serpiente” (Gn 3,15). Nosotros también queremos llevar la guerra por medio del amor, el sacrificio y la entrega, por la expiación de los grandes pecados de nuestro tiempo, por las necesidades de la Iglesia, por sus sacerdotes y obispos. Pero no podemos hacerlo por nosotros mismos. Jesús y Su amor deben sustentarnos y transformarnos, para que queramos darlo, con la libertad de los hijos de Dios.

Amor significa s e r, ser luz para los demás. Y amando, en esta máxima dedicación, en esta entrega a Dios de los que han de ser redimidos, de los que han de reunirse en Dios, vamos por el camino de Nuestro Señor y Salvador como un niño que Él conduce de la mano. Él nos lleva, nos colma de regalos, hace de nosotros la semilla, una hostia, reducida a cenizas. Él nos transforma en Sí mismo, eliminando toda esclavitud (MG, ibid.).

El amor desinteresado del Ángel de la guarda

Así, los Ángeles caminan con nosotros. Después de haber alcanzado la perfecta unión con Dios, los Ángeles también se vaciaron a sí mismos del esplendor de la visión beatífica, con el fin de entrar en este mundo de oscuridad como guías y guardianes, como simples siervos y hermanos del hombre.

Cada santo Ángel ha recibido en la visión beatifica de Dios el único denario, tal como lo recibe todo Santo en el cielo. El Ángel, sin embargo, desciende con el Redentor Jesucristo a las profundidades y ayuda a los hombres a tener una idea de Dios, a comprenderlo mejor, a buscarlo, encontrarlo y entrar en el gran ejército de Cristo, que el Señor trae a casa de Su Padre como presa. A pesar de que “continuamente contempla el rostro de nuestro Padre en el cielo” (cf. Mt 18,10), el mismo Ángel lleva a cabo su tarea, no sin una especie de sufrimiento espiritual en ver la pérdida de una virtud, la pérdida de almas. 

Él sigue al Señor, para nosotros invisiblemente, en silencio y en obediencia, es el dedo brillante ante nuestros ojos espirituales, que siempre apunta hacia Dios. Él es la llamada de atención de la conciencia en nuestro corazón, pero también es aquel que está ligado espiritualmente, el flagelado por nuestros pecados, nuestra infidelidad, nuestra vergonzosa traición. Él debe observar como traicionamos al Señor, como Lo clavamos a la cruz. ¿Podemos captar tales profundidades, que este ser poderoso permanece en silencio?

Dios a menudo permite que seamos vencidos en la batalla a través de nuestra negligencia y tibieza, ya que debemos saber que nuestra vida y este mundo es un campo de batalla del amor por el Ángel y el hombre. Pero cuando caemos, el Ángel nos lleva a Jesús que está en el confesionario, únicamente Él puede restaurar nuestros corazones si nos arrepentimos y queremos hacer reparación. Él quita el polvo, y cuando la caída es grave, transforma de nuevo nuestro corazón en un recipiente de luz. ¡Qué importante es para nosotros la práctica de la confesión frecuente! Porque sólo con la pureza del corazón y la luz del Ángel, seremos capaces de ver claramente a través de estos tiempos de confusión y ceguera espiritual.

La Sagrada Eucaristía, nuestra fuente de amor

Para amar, primero debemos ser amados. Nunca estamos solos en la batalla. Jesús está aquí con nosotros, aunque, a veces, Él puede esconderse, porque Él quiere que Lo busquemos más seriamente en la oración. A lo largo del día, especialmente cuando las cosas son difíciles, podemos recurrir interiormente a Jesús y encontrar Su amor. ¿Cómo sería nuestro día si, a primera hora de la mañana al despertar, le dijéramos a Jesús: “¡Señor, te amo! ¡Hoy quiero hacer de todo, un regalo de amor para ti! Cada alegría, cada prueba, cada renuncia, ¡todo para Ti! ¡Quiero ayudarte a salvar almas, ayudar a los sacerdotes!”. No con fórmulas, pero de una manera muy personal, podemos hablar con Jesús, con el Padre y el Espíritu durante todo el día. María y el Ángel también nos cuidan y nos brindan la luz y la fuerza que necesitamos para mantenernos firmes en la fe, para ofrecer este regalo con amor.

Nuestro amor se intensifica especialmente en el Santo Sacrificio, donde Jesús nos lleva a Su propio sacrificio de amor. Si queremos seguir a Jesús más de cerca, más generosamente, para que toda nuestra vida se convierta en un santo sacrificio de amor por la salvación de las almas, entonces necesitaremos más amor, más fuerza de parte de Jesús, pero particularmente, de la Santa Comunión diaria, si es posible.

Somos los afortunados que [pueden] recibir todos los días en la Sagrada Comunión el Único denario, como prenda, y el Señor nos lleva también a las profundidades de Su camino Redentor, en su longitud, amplitud y profundidad. Cada día exige de nosotros una transformación, cada día es una demanda desgarradora y sangrienta de nuestra propia transformación. Si no estamos dispuestos a dejarnos transformar y a cambiar, entonces no podemos hacer justicia a la voluntad de Dios, no podemos beber el cáliz, no podemos llevar la Cruz, no podemos elevarnos con el Señor. Jesucristo quiere que: donde está el Señor, su siervo también debe estar, donde está Él, también nosotros debemos estar.

En última instancia, es una batalla del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte, de la luz sobre la oscuridad. San Pablo nos exhorta: “Estén alerta, manténganse firmes en su fe, sean valientes, sean fuertes. ¡Que todo lo que hagan se haga con amor!” (1 Cor 16,13-14). Solo el amor del Corazón de Jesús puede vencer al mundo. Si somos generosos con Dios, Dios nunca se dejará vencer en generosidad. Sabemos que “en la batalla contra el diablo, siempre se trata de ser más perseverante que él. La cruz y el amor vencen al mundo y todas las pruebas”. 

Por lo tanto, no tengamos miedo: cada vacío se convierte con Dios en plenitud, cada renuncia se convierte en un regalo, cada dar se convierte en un recibir, cada sufrimiento se convierte en una alegría, cada muerte se convierte en una elevación. ¡La cruz y solamente la cruz abre el Cielo y entonces hay alegría pascual! (Madre Gabriela).