Los Fundamentos del Nuevo Testamento para el Sacerdocio

Al celebrar este año de San Pablo, queremos entender el sacerdocio en términos del Nuevo Testamento y de los escritos del apóstol. ¿Qué es ser sacerdote? ¿Cómo se relaciona el sacerdocio con Cristo en el mensaje del Evangelio y la enseñanza de San Pablo? ¿Dónde encontramos en la Biblia la comprensión católica del sacerdocio hoy?

En el sínodo de los obispos sobre la formación sacerdotal en 1990, el cardenal Ratzinger explica brevemente los fundamentos bíblicos de la enseñanza católica sobre el sacerdocio, en el Nuevo Testamento. En primer lugar, es necesario ver que la palabra de Dios es una; tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento están inspirados por el Espíritu Santo. Mientras que algunos círculos protestantes sostienen que el Nuevo Testamento ha reemplazado y por lo tanto, ha abolido el Antiguo Testamento, incluidos los sacrificios sacerdotales y rituales, la enseñanza católica siempre ha sostenido que Cristo vino a cumplir, no a abolir, el Antiguo Testamento. Sin embargo, sin negar la unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento en la historia de la salvación, debemos decir que el mensaje del Nuevo Testamento es verdaderamente nuevo. No es nuevo en el sentido de contradecir el Antiguo Testamento; “si buscamos la verdadera novedad del Nuevo Testamento, Cristo mismo está ante nosotros. Esta novedad no consiste en nuevas ideas o concepciones: la novedad es en sí misma una Persona: Dios que se hace hombre y atrae a los seres humanos hacia Sí” (Card. Ratzinger, Discurso al Sínodo de los Obispos, 29 de octubre de 1990). Cualquier pregunta con respecto a la enseñanza del Nuevo Testamento sobre el sacerdocio, por lo tanto, debe comenzar primero con la Persona de Cristo.

En el Nuevo Testamento, brilla la relación única de Cristo con el Padre. Además de su unidad en la Deidad, San Juan presenta claramente la relación de Jesús con el Padre como alguien que es “enviado”. Jesús dice: “Mi enseñanza no es mía, sino de aquel que me envió” (Jn 7, 16). Pero, ¿cómo puede ser esto, ya que Jesús también es Dios? San Agustín explica que la doctrina de Jesús “no es suya” porque en el misterio de la Trinidad, como Hijo, él es enteramente del Padre (recibe todo lo que es y tiene del Padre) y está totalmente orientado a regresar al Padre (dándose él en retorno completamente al Padre). El origen de su mensaje es, por lo tanto, del Padre. Como Jesús no tiene nada propio, y él podría afirmar, “Mi Padre y Yo somos uno” (Jn 10,30), todo lo que el Padre tiene es suyo también. En todo lo que dice y hace, Jesús refleja este misterio de la Trinidad: su procedencia eterna del Padre y su retorno total al Padre. “La devolución de toda su existencia y actividad al Padre, un acto a través del cual no buscó su propia voluntad (Jn 5,30) lo hizo creíble, porque la palabra del Padre brilló a través de él como la luz” (Cardenal Ratzinger ibid.). 

En este sentido, cada cristiano también está llamado a esforzarse por reflejar este misterio trinitario, recibiendo la palabra y la voluntad de Dios con fe y apertura, y devolviendo todo lo que es y tiene a Dios al tratar de cumplir su voluntad en cada situación. En consecuencia, nosotros también seremos “transparentes” para Dios ante quienes nos rodean; así es como participamos a través del bautismo en el sacerdocio de Cristo, expresado hoy en el rito de este sacramento. Esto es lo que se conoce como el “sacerdocio común” de los fieles.

La Misión de los Apóstoles

Así como Jesús recibe su misión del Padre, a su vez elige a doce apóstoles (literalmente, los enviados), quienes, renunciando a su propia voluntad, planes y familia (cf. Lc 18, 29), reciben su misión de Jesús. “Como el Padre me ha enviado, Yo también los envío” (Jn 20, 21). Y como Jesús no hace nada excepto por el Padre y con el Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su propia voluntad” (Jn 5,19), los apóstoles también dependen totalmente de Jesús para sus obras y poderes apostólicos: “Sin Mí, nada pueden hacer” (Jn 15, 5). Es decir, esta misión va más allá de sus capacidades naturales como hombres, y como simples pescadores. “¿Cómo podrían decir por sí mismos, ‘Te perdono tus pecados’? ¿Cómo podrían decir, ‘Este es mi cuerpo’? ¿Cómo podrían realizar la imposición de manos y decir: ‘Recibe el Espíritu Santo’?” (Cardenal Ratzinger, ibid.) Su propia incapacidad para cumplir esta misión requiere de ellos una dependencia y comunión más cercanas con Jesús. Todo lo que son y tienen, lo son y tienen de él, y una vez que lo han recibido de él, lo pueden dar  a su vez a otros. Esta misión de dar, requiere un don y un poder especiales, más que la pura transparencia y la intercesión de todos los bautizados. “Tal ministerio en el que un hombre hace y da a través de una comunicación divina, la cual nunca podría hacer y dar por sí mismo, es llamado por la tradición de la Iglesia  ‘Sacramento'” (Cardenal Ratzinger, ibid.). En este caso, estamos hablando del Sacramento del Orden Sagrado.

Por este sacramento, los apóstoles son apartados del sacerdocio común de todos los fieles y se les da el privilegio y la responsabilidad de compartir y continuar la misión de Jesús. San Pablo resume diciendo: “Así es como se nos debería considerar, como servidores de Cristo y mayordomos de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1). Actuando en el nombre de Jesús y con su poder, entran y permanecen en comunión íntima con él, y a través de él, también con el Padre. Jesús afirma su autoridad diciendo: “El que los escucha a ustedes, me escucha a Mi y el que los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí y el que me rechaza, rechaza a aquel que me envió” (Lc 10, 16). No fueron los apóstoles quienes eligieron a Jesús, es Jesús quien eligió y llamó a cada uno de ellos por su nombre. “La misión solo puede recibirse de Aquel que envía, de Cristo en su sacramento, a través del cual una persona se convierte en la voz y las manos de Cristo en el mundo” (C. Ratzinger, ibid.).

El Nuevo Testamento, por lo tanto, expresa claramente la autoridad de los apóstoles como ministros y representantes de Cristo en el mundo, como aquellos que asumen y continúan su misión. Ellos desempeñan un papel único y esencial en la vida de la Iglesia, habiendo recibido directamente de Cristo su autoridad y misión para perdonar pecados, ofrecer el Sacrificio Eucarístico y unir a los hombres con Dios. Pero, ¿continúa este ministerio después de su muerte? ¿De dónde obtienen hoy los obispos y sacerdotes su autoridad?

El Sacerdocio hoy

San Pablo y San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, dejan muy en claro que los “ancianos” (presbíteros o sacerdotes) y los “supervisores” (obispos) llevan a cabo la misión de los apóstoles con la misma autoridad dada por Cristo. Esto significa que no solo los apóstoles recibieron su misión y autoridad de Cristo, sino que también tenían la autoridad de transmitir esta misión a sus sucesores. San Pablo le dice a Timoteo, quien fue puesto a cargo de la Iglesia de Éfeso: “Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos [ordenación episcopal]. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino un espíritu de fortaleza, amor y de sobriedad… Comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado por la fortaleza de Dios. Él nos salvó y nos eligió con su santo llamado, no por nuestras obras sino por su propia iniciativa y por la gracia: esa gracia que nos concedió en Cristo Jesús desde toda la eternidad”(2 Tim. 1, 6-9). San Pablo deja en claro a Tito,  que los obispos que él ordena también tienen la autoridad de ordenar a otros: “Te he dejado en Creta, para que arregles las cosas que faltan y para que establecieras presbíteros en cada ciudad como te indiqué”(Tito 1, 5). Dirigiéndose a los presbíteros, San Pablo declara además: “Velen por ustedes y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituído guardianes [obispos], para apacentar a la Iglesia de Dios que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hechos 20, 28). Este texto muestra que es por el poder del Espíritu Santo que los obispos y presbíteros (sacerdotes), reciben el poder de ejercer su ministerio; es un regalo de Dios, no la libre elección del hombre, y por lo tanto, no solo una tarea sino un sacramento. San Pedro escribe:

Exhorto a los presbíteros que están entre ustedes, siendo yo presbítero como ellos y testigo de los padecimientos de Cristo, y copartícipe de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que les ha sido confiada, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que le han sido encomendados, sino siendo de corazón, ejemplo para su rebaño. Y cuando se manifieste el Príncipe de los pastores, recibirán la corona imperecedera de la gloria. (1 Pedro 5, 1-4)

Llamándose a sí mismo “compañero anciano” o “co-presbítero”, San Pedro indica que su misión y autoridad habían sido transmitidas a otros, que no solo los apóstoles sino también los obispos y presbíteros recibieron de Dios la misión de  Cristo. Adicionalmente, hablando de Cristo como el “Pastor principal” en este texto, y anteriormente en la misma carta, como Cristo, el “Pastor y Obispo de sus almas” (2,25), San Pedro indica que la autoridad de Cristo también se transmite a los sucesores de los apóstoles, es decir, a los obispos y sacerdotes. Por esta razón, él dice que deben “atender al rebaño de Dios que está a su cargo”.

Nuestra relación con los obispos y sacerdotes

Vemos, entonces, que el sacerdocio tal como lo entiende hoy la Iglesia, ciertamente tiene una base en los escritos del Nuevo Testamento y en la tradición de la Iglesia primitiva. Nuestra reverencia por los obispos y los sacerdotes no se basa en sus atributos personales, talentos naturales o dones, sino en su dignidad como representantes de Cristo. Por esta razón, no tratamos a nuestros sacerdotes como “uno de los muchachos”, sino como “siervos de Cristo” y “padres espirituales en Cristo” (cf. 1 Cor 4, 1, 15), que viven entre los hombres y nos traen la palabra y la gracia de Dios. 

Sin embargo, para permanecer fiel a su dignidad y vocación, el sacerdote debe fomentar y cultivar continuamente su unión con Cristo. San Gregorio Magno declara acerca de  los santos sacerdotes: “Si no van de nuevo al interior del corazón, y se unen en el amor con su Creador, en  lazos de  santos deseos, la lengua se seca. Pero siempre retornan hacia el interior por amor, y lo que derramen en público, al trabajar y al hablar, lo extraerán en secreto de la fuente del amor. Aprenden a través del amor lo que proclaman a través de la enseñanza “(Homilía sobre Ezechiel , Bk I, hom . 5).

Queremos orar por nuestros sacerdotes, para que puedan cumplir con este llamado sagrado, siempre conscientes de su dignidad, pero al mismo tiempo, de su fragilidad humana. Debemos orar para que siempre permanezcan íntimamente unidos a Cristo, ya que solo a través de una unión íntima con él reciben la fuerza, la inspiración y el poder para servir al pueblo de Dios desinteresadamente.

¡Con qué reverencia y gratitud debemos rezar por nuestros sacerdotes, que entregan sus vidas por nuestro bien, “Cristo entre nosotros”! ¡Cuánto queremos apoyar a nuestros sacerdotes que llevan la carga de Cristo, la carga de la Iglesia y las almas! Por lo tanto, recordémoslos siempre en nuestras oraciones y sacrificios. Es una vocación sagrada y cuando se vive fielmente, una de las más felices y bendecidas. Como el papa Pablo VI explicó a los sacerdotes recién ordenados:

El sacerdote ya no es para sí mismo; él es para el ministerio del Cuerpo Místico de Cristo. Es el sirviente, un instrumento de la palabra y de la gracia. La proclamación del Evangelio, la celebración de la eucaristía, la remisión de los pecados, el ejercicio de la actividad pastoral, la vida de fe y culto, y la irradiación de la caridad y la santidad, son su deber, un deber que llega al punto de sacrificarse a sí mismo en la cruz, como lo hizo Jesús. Es una carga muy pesada. Pero Jesús lo soporta con su elegido y lo hace sentir la verdad de sus palabras: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30).  (Papa Pablo VI, Mensaje a los recién ordenados, 28 de noviembre de 1970)

¡Que Dios bendiga a todos y cada uno de los sacerdotes y les brinde consuelo y alegría en su servicio a las almas!