Cruzada por los Sacerdotes

En su papel de Madre, el cual reflejó una verdadera maternidad en todos los sentidos, María estuvo particularmente preocupada por la “formación moral” de Jesús: “En virtud de su maternidad, ella fue responsable de criar al niño Jesús apropiadamente para su misión sacerdotal” (ibid.). Del mismo modo, María se preocupa por las vocaciones, por el camino de cada seminarista y el crecimiento espiritual de cada sacerdote. “Todos los aspectos de la formación sacerdotal pueden referirse a María, el ser humano que ha respondido mejor que ningún otro al llamado de Dios… María fue llamada a educar al único Sacerdote Eterno, que fue dócil y estuvo sujeto a su autoridad maternal. Con su ejemplo e intercesión, la Santísima Virgen se mantiene alerta y vigilante al crecimiento de las vocaciones y la vida sacerdotal en la Iglesia “(JPII, Pastores dabo vobis, 82).

Bajo la cruz de Cristo, María participó más plenamente que cualquier otra persona en el sacrificio redentor de su Hijo. Pues con él, ella dijo “sí” a la voluntad del Padre, a la muerte de Jesús para la salvación de todos los hombres. Por esta razón, debajo de la cruz también se convirtió en la Madre espiritual de cada discípulo de Cristo, de cada miembro del cuerpo de su Hijo, así como cuando Jesús le dijo a San Juan: “Mujer, he aquí a tu Hijo” (Jn 19,26) (cf Juan Pablo II, Madre del Redentor, 44). De una manera particular, San Juan como apóstol, obispo y sacerdote representa a todos los sacerdotes de Cristo. Jesús, el Sumo Sacerdote, quien después de haber completado su ofrenda de sacrificio, retornó al Padre, pero dejó a su Madre y en ella a la Iglesia, a San Juan y a todos los sacerdotes, quienes harían presente su ministerio y su sacrificio para cada generación. Por lo tanto, debajo de la Cruz, María se convirtió, de una manera particular,  en la Madre de los sacerdotes.

Adicionalmente, así como en cada Eucaristía el sacerdote hace presente el sacrificio del Calvario, así también en cada eucaristía, los aspectos de este misterio, incluido el misterio de la maternidad espiritual de María, se hacen presentes. Porque así como en cada eucaristía el sacrificio del Calvario se vuelve a presentar de manera no sangrienta, así también en cada Eucaristía Jesús nos dice: “He aquí a tu Madre”. “Experimentar el memorial de la muerte de Cristo en la eucaristía también significa recibir continuamente este regalo. Significa aceptar, como Juan, a quien se nos da de nuevo como nuestra Madre… María está presente en la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones de la Eucaristía” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 57). Y así como el sacerdote actúa in persona Christi, compartiendo más profundamente su sacrificio, así también se hace más cercano a este misterio de la maternidad de María.

Por esta razón, en cada eucaristía queremos ser conscientes de la presencia materna de María, en el sacrificio que ella hizo libre y amorosamente, para que podamos estar unidos con su Hijo. Queremos confiadamente depositarnos  nosotros mismos y nuestras necesidades espirituales a ella, como a nuestra Madre amorosa. Pero también, y esto es muy importante, queremos confiar en cada Santa Misa a nuestros sacerdotes, a su cuidado materno: al celebrante, a nuestro pastor, a nuestro obispo, a los sacerdotes caídos, a los sacerdotes santos, a los sacerdotes sobrecargados, a los sacerdotes desesperados, a todos los sacerdotes. Oramos para que María los tome bajo su cuidado amoroso y los forme a imagen de Jesús.

La obligación del Sacerdote hacia María

Oremos para que cada sacerdote encuentre en María su fuerza y ​​consuelo. Pues la vida y la espiritualidad de un sacerdote no pueden considerarse completas si no toma en consideración seriamente este testamento de Cristo crucificado: “He aquí a tu Madre”. Jesús quería confiar a su amado discípulo y, a través de él, a todos los sacerdotes, la obra de la redención. Juan Pablo II dirigió las siguientes palabras a un grupo de sacerdotes:

La devoción perfecta a María, es decir, el verdadero conocimiento de ella y la entrega segura a ella, crece con nuestro conocimiento de Cristo y nuestra entrega segura a su persona. Además, esta perfecta devoción [a María] es indispensable para cualquiera que tenga la intención de entregarse sin reservas a Cristo y a la obra de la redención. …Cuanto más se ha centrado mi vida interior en el misterio de la redención, más me he entregado a María… me ha parecido el mejor medio para participar fructífera y eficazmente en esta realidad, a fin de aprovechar y compartir con otros sus riquezas inexpresables.

Los sacerdotes que se encuentran entre los discípulos más queridos de Jesús deben acoger a María como su Madre en sus vidas: ella debe ser el objeto de su atención y oración continuas.

La Santísima Virgen es para cada sacerdote la Madre que lo conduce a Cristo. Al igual que Nuestro Señor, el sacerdote debe ingresar a la escuela de María. Al igual que ella, que “contemplaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 5,19), él aprende de ella a contemplar cada vez más profundamente, en el fondo de su corazón, el misterio de Cristo, el misterio en el cual mediante su ordenación sacerdotal, ha sido incorporado ontológicamente. (Por su ordenación, el ser mismo del sacerdote es conformado con Cristo. El sacerdote permanece y actúa en la persona de Cristo, literal y realmente. Es por eso que el sacerdote dice en la Misa: “Este es mi cuerpo… esto es mi sangre”. Al igual que María, que “Se esforzaba por penetrar, con su inteligencia y su corazón, el plan divino, para colaborar con él de modo consciente y eficaz.” (general Aud., 30 de junio de 1993), el sacerdote formado por ella, pondrá todos sus dones de gracia naturales y sobrenaturales, al servicio de la misión sacerdotal de Cristo: la salvación de las almas.

De la “Mujer fuerte” que pronunció su “fiat” todos los días, en cada prueba, en cada ocasión cuando los hombres levantaron piedras o trataron de matar a su Hijo, hasta el sacrificio definitivo en la cruz, de esta mujer los sacerdotes, sus devotos, obtienen de ella el coraje y la fuerza para ser víctimas con la Víctima Divina. Los sacerdotes, “como participantes en el sacerdocio único de Cristo,… también deben compartir su misión de redención, es decir, ser víctimas con él, totalmente consagrados y en ofrecimiento al servicio y salvación de los hombres” (Papa Pablo VI a Cuaresma) predicadores, 20 de febrero de 1971). El sacerdote debe renunciar a tener una familia propia, una carrera, a tener sus propios planes de vida, para seguir al Cordero sacrificial, muy a menudo en medio de la persecución, la ingratitud, la calumnia o la humillación. En todo esto el sacerdote está sostenido por la fe y la confianza en nuestra Santísima Madre, la que siempre nos precede en la peregrinación de la fe (cf. Lumen Gentium, 61). En virtud de su propia vida de sacrificio continuo, aceptado con una fe ciega y una confianza inquebrantable, María ha ganado para los sacerdotes la gracia “de responder cada vez más a las demandas de oblación espiritual que el sacerdocio requiere, en particular: la gracia de la fe, la esperanza y la perseverancia en las pruebas reconocidas como un desafío para compartir más generosamente en el sacrificio redentor” (Gen. Aud., 30 de junio de 1993).

“¿Qué deberíamos pedirle a María como Madre de los Sacerdotes?” pregunta el papa Juan Pablo II. 

Para ellos nosotros… debemos pedirle a María especialmente la gracia de saber cómo aceptar el regalo de Dios con amor agradecido, apreciándolo plenamente como lo hizo en el Magnificat: la gracia de la generosidad en la entrega, para imitar su ejemplo como una “Madre generosa”; la gracia de la pureza y la fidelidad en la obligación del celibato, siguiendo su ejemplo como la “Virgen fiel”; la gracia del amor ardiente y misericordioso, a la luz de su testimonio como la “Madre de la misericordia”. (Gen. Aud., 30 de junio de 1993)

De estas reflexiones podemos entender por qué el pontificado de Juan Pablo II fue tan fructífero. Él dedicó todo su pontificado a María, Madre de los Sacerdotes: ¡Totus tuus! Por lo tanto, nosotros también queremos dedicar y confiar a todos los sacerdotes a su cuidado maternal, y rogarle la gracia de muchas y santas vocaciones al servicio de Cristo y su Iglesia. Oremos por aquellos que no están dedicados a María para que puedan recibir la gracia de comprender que la fecundidad en el ministerio sacerdotal depende esencialmente de la relación amorosa del sacerdote con la Madre de Cristo. Oremos por esos sacerdotes que ya están dedicados a María para que su relación amorosa continúe creciendo cada día más en su vida sacerdotal. Encomendemos diariamente a todos los sacerdotes a María, cuando rezamos el Rosario y especialmente en el Santo Sacrificio de la Misa, donde su amor maternal se hace tan claramente presente.      

Que Dios los bendiga y recompense por su generoso apoyo a nuestro seminario con sus oraciones y sacrificios. Por favor continúe apoyando nuestros futuros sacerdotes, también financieramente. Tenga en cuenta que casi todos los sacerdotes de la Orden, que sirven en los Estados Unidos en el Opus Angelorum, se forman en nuestro seminario.