Frente a la Crisis Actual

En los últimos años, la Iglesia en los Estados Unidos ha estado profundamente preocupada como consecuencia de los “escándalos de sacerdotes” que han salido a la luz. En respuesta a estos escándalos, se han ofrecido muchas propuestas para ayudar a evitar su continuación. Se han implementado programas para la educación de los niños, juntas de revisión, comités de estudio y otras medidas similares. Nadie dudará de que el problema fue considerablemente exacerbado por malas decisiones administrativas, y ciertamente hay necesidad de revisar las políticas que tengan que ver con el manejo de acusaciones y peligros potenciales. La santa prudencia exige algunos de los programas propuestos para tratar adecuadamente estos problemas en el futuro.

Confiando en Cristo

Sin embargo, nuestra fe nos dice que, por sí solas, ninguna de estas medidas será lo suficientemente adecuada, para resolver el problema desde su raíz. Estas propuestas pueden responder a los efectos del problema, sin embargo diez mil de los mejores programas diseñados, no resolverán la crisis a la que se enfrenta ahora el sacerdocio, si no se combinan con los medios de salvación y santificación instituidos por Jesucristo en su iglesia. Jesucristo es nuestro salvador, él es nuestro único Salvador. Debido a que la causa última de los “escándalos” es la fragilidad y la malicia humana, no podemos esperar que las iniciativas meramente humanas, por si solas, resuelvan el problema. Todos nuestros esfuerzos deben basarse principalmente en la gracia de Cristo. En la medida en que dependamos más de la iniciativa humana y menos de la asistencia divina que nos brinda Cristo, más nos abandonamos a una situación desesperada. Como él mismo nos aseguró: “Sin Mí nada puedes hacer”. (Juan 15, 5)

El cardenal Joseph Ratzinger escribió una vez con respecto a la reforma de la Iglesia: “La [reforma de la Iglesia], que es necesaria en todas las épocas, no consiste en poder siempre modelar” nuestra “Iglesia como nos gusta, en nuestro poder para inventarla, sino en el hecho de que seguimos limpiando lo que hemos construido, para dar paso a la más pura luz que viene de arriba y que al mismo tiempo, es una explosión de la más genuina libertad”. El cardenal señala que si bien la Iglesia necesita ciertas “estructuras de apoyo humano”, estas son útiles solo en la medida en que sirven para dar a los fieles un acceso más fácil al Evangelio. Cuando tales programas no fluyen del Evangelio y conducen al Evangelio, son de espíritu pelagiano. Es decir, son un intento de redención personal. En resumen, responder al “escándalo del sacerdote”, como con cualquier otra crisis en la Iglesia, debería llevarnos a una dedicación más ferviente al mensaje del Evangelio, la fuente de la cual recibimos la “luz más pura” y la “libertad más pura”.

El perdón encontrado en Cristo

A través de la gracia de la venida de Cristo, tenemos acceso a una fuente infalible e inagotable de fortaleza y salvación. En Jesús se encuentra el cumplimiento completo de la promesa de Isaías, “…aunque vuestros pecados fuesen rojos como la grana, como la nieve serán blanqueados; y si fuesen rojos como el carmesí, quedarán como blanca lana (Isa 1,18). Porque, como nos asegura San Juan: “Hijos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo, el justo. Y él es víctima propiciatoria por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Jn 2, 1-2). Debemos apreciar con la más profunda gratitud que no importa cuán mal puedan ponerse las cosas, siempre hay esperanza, ahora que tenemos a Jesús como nuestro abogado. Debemos ver la verdad de lo que el profeta Isaías dijo una vez: “Sin embargo, el Señor espera ser propicio contigo; y por eso se levantará para apiadarse de ti. Porque el Señor es Dios justo. ¡Bienaventurados los que esperan en Él!” (Isaías 30,18)

La gracia que Cristo ofrece a través de su Iglesia

Desafortunadamente, es muy fácil quedar atrapado en los caminos del mundo cuando se trata de los problemas que enfrenta la Iglesia. Nunca debemos dejar de recurrir ante todo a los medios de gracia y salvación que Cristo nos ha ofrecido a través de su Iglesia. Los momentos en que Dios ha tenido que castigar a su pueblo a lo largo de la historia de la salvación, son precisamente aquellos en los que su pueblo ha tratado de resolver sus problemas por su cuenta. Esto es lo que se expresa en las palabras del profeta Jeremías: “Porque dos males ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a Mí, fuente de agua viva, para excavarse cisternas, cisternas rotas que no pueden retener el agua” (Jer 2,13). Es precisamente al recurrir a Dios, la fuente del agua viva, que podemos convertirnos en canales de Su gracia y Su misericordia para la Iglesia y el mundo. Debemos trabajar para mantener el “sistema circulatorio” que fluye dentro de la Iglesia.

Aceptar esta gracia para nosotros y para otros

Para que la sobrenatural sangre vital de la gracia, fluya a través de las venas del Cuerpo Místico de Cristo, estamos llamados a “orar y trabajar”, “toma tu cruz de cada día y sígueme”, etc. La raíz de los males del “escándalo de los sacerdotes”, debe abordarse con oración y arrepentimiento, en unión con los méritos de Jesús. En la Cruzada por los sacerdotes, los jueves ofrecemos oraciones para unirnos especialmente con Cristo, en Su agonía en el Huerto de los Olivos, expresadas en las dos primeras oraciones que se encuentran en el libro del Cáliz del Fortalecimiento. En la Letanía de la Preciosa Sangre, ofrecemos la Preciosa Sangre de Jesús, que “habla más elocuentemente que la sangre de Abel”. En agradecimiento por el Don de la Eucaristía y el Sacerdocio, instituido el Jueves Santo, alentamos la participación en la Santa Misa, la Adoración Eucarística y las Horas Santas, especialmente el jueves para interceder por los sacerdotes.

También se recomienda encarecidamente que los miembros de la Cruzada por los Sacerdotes hagan uso frecuente del sacramento de la confesión. Obviamente solo podemos confesar nuestros propios pecados. Pero nuestra recepción de cualquier sacramento no es solo para nuestro propio beneficio. Ayuda a todos los demás miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Pues cuando un miembro es honrado, se regocijan con él todos los miembros (cf. 1 Cor 12,26). El primer lugar, la renovación de la Iglesia siempre debe comenzar, de manera particular, en sus miembros, a través de la experiencia de la misericordia de Dios en la conversión personal. Debemos orar por una mayor contrición por nuestros propios pecados, así como por un gran dolor por los pecados de la Iglesia. Cristo expresa su propia actitud hacia el pecado en el huerto de los Olivos: “Mi alma está triste hasta la muerte”. Esta misma actitud se transmite bellamente en el profeta Jeremías: “Derramen mis ojos lágrimas noche y día, sin cesar; porque la virgen, hija de mi pueblo, ha sido quebrantada con extremo quebranto, herida de gravísima plaga.” (Jer 14,17). Sigamos esforzándonos por santificar nuestra tristeza por la “gran herida” con la cual la Iglesia ha sido afectada, por nuestras oraciones de confianza a Jesucristo y nuestro uso fiel de todos los medios de salvación que él ofrece.

El Don del Sacerdocio

“El Sacrificio Eucarístico… es la fuente y la cumbre de la vida cristiana (Vaticano II, Lumen Gentium –de aquí en adelante, LG –11). Esta verdad es la experiencia común y conocida de tantos católicos que encuentran la fuerza para llevar a cabo su vida. Los deberes cristianos, así como su alegría y lugar de descanso en la participación semanal e inclusive diaria, en el Santo Sacrificio de la Misa. Cristo en la Sagrada Eucaristía es nuestra vida y la vida de la Iglesia. Este es el sentido de la primera línea y título de la última encíclica de nuestro Santo Padre Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia: “La Iglesia extrae su vida de la Eucaristía” (EE, 1). 

El ataque a la necesidad del Sacerdocio Ministerial

En los días de la Reforma Protestante, e incluso antes, la presencia real de Cristo en la eucaristía, una enseñanza que la Iglesia había sostenido y definido gradualmente desde los tiempos de los apóstoles, se convirtió en un punto clave de disputa. Mientras que Calvino y muchos de sus seguidores negaron por completo la presencia real de Jesucristo, (para ellos Cristo se hacía presente solo figurativa y espiritualmente en los corazones de los que tenían fe), Lutero fue más sutil, atacó la eucaristía en su origen, el sacerdocio ministerial.

Pues Lutero no negó la presencia real (al menos no mientras dura la “asamblea eucarística”); más bien, negó el poder único del sacerdocio ministerial para llevar a cabo la eucaristía. Afirmó que la eucaristía se podía producir por el poder de toda la asamblea, lo que en la Iglesia llamaríamos el sacerdocio común de los fieles. Esta pérdida del sacerdocio ministerial y del sacramento del orden, sigue siendo hoy el principal punto de separación de la Iglesia católica de sus hermanos protestantes (cf. Vat. II, Decreto sobre el ecumenismo, 22).   

Pero incluso dentro de la Iglesia misma, hay una tendencia creciente a estar satisfechos con los “servicios eucarísticos” sin la presencia de un sacerdote. Como advierte nuestro Santo Padre en Ecclesia de Eucharistia, “cuando, debido a la escasez de sacerdotes, a los miembros no ordenados, a los fieles, se les confía una parte en el cuidado pastoral de una parroquia, deben tener en cuenta que, como El Concilio Vaticano II enseña: “no se puede construir una comunidad cristiana a menos que tenga su base y centro en la celebración de la Santísima Eucaristía” (Presbyterorum Ordinis, 6). Por lo tanto, tienen la responsabilidad de mantener viva en la comunidad, una verdadera  ‘hambre’  de la eucaristía, para que nunca se pierda ninguna oportunidad de celebrar la misa, aprovechando también la presencia ocasional de un sacerdote a quien la ley de la Iglesia no le impide celebrar la misa” (E, 33). 

De hecho, uno de los puntos principales de Juan Pablo II, en su encíclica sobre la eucaristía, es vincular el Santo Sacrificio con el sacerdocio ministerial. “El ministerio de los sacerdotes que han recibido el Sacramento del Orden Sagrado, en la economía de salvación elegida por Cristo, deja en claro que la eucaristía que celebran, es un don que trasciende radicalmente el poder de la asamblea y que, en cualquier caso, es esencial para su validez, que en la consagración eucarística el sacrificio de la cruz y la última cena estén vinculados” (EE, 29). La celebración de la eucaristía, además, no es solo un deber entre muchos de los sacerdotes. Más bien, como la presentación del sacrificio en el Calvario, la Eucaristía “es el principio y la razón de ser central del sacramento del sacerdocio, que efectivamente surgió en el momento de la institución de la Eucaristía” (John Paul, II, Dominicae Cenae, 2; citado en EE, 31).        

Si entonces, la Sagrada Eucaristía como la “Fuente y Cumbre de la Vida Cristiana”, es el mayor regalo de Cristo a su Esposa, la Iglesia, es el Don de Sí mismo, Su presencia siempre entre nosotros hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20). Es solo gracias a su don previo del Sacerdocio y a la sucesión apostólica, que tenemos la Eucaristía en la Iglesia hoy. Nuestro amor entonces por Cristo en la Eucaristía, estará vinculado a un amor profundo y santo por el sacerdocio, por los sacerdotes, por aquellos hombres que han sacrificado sus propias ambiciones para seguir el llamado de Cristo y servir a su Iglesia.

La dignidad del Sacerdocio

Consideremos por un momento la dignidad de este llamado. Al igual que en la Encarnación, la PALABRA divina pasó sobre los coros de los ángeles para convertirse en hombre, así también, pasando sobre los ángeles nuevamente, Cristo se identifica una vez más con el hombre. Para el sacerdote, actuar en persona Christi, como nuestro Santo Padre señala repetidamente, “significa más que ofrecer en nombre de” o “en lugar de Cristo”. En persona significa una identificación sacramental específica con el Sumo Sacerdote eterno que es el autor y el sujeto principal de este sacrificio Suyo, un sacrificio en el que, en verdad, nadie puede tomar su lugar” (Dominicae Cenae, 8; citado en EE, 29). De esta forma, el sacerdote en el altar, en cierto sentido, se convierte en Cristo.      

Gracia y responsabilidad

Sin embargo, esta gran dignidad y don de Dios para el Sacerdote, conlleva también la carga de la responsabilidad. ¿Por cuántas almas se hará responsable a cada sacerdote el día del juicio? Sin embargo, como se vio, el don del sacerdocio no es un regalo para un individuo o individuos, sino para toda la Iglesia. Porque a través del Sacerdote recibimos la Eucaristía, la Palabra de Dios y todos los demás Sacramentos. Pero a medida que compartimos la gracia, también compartimos la responsabilidad. Nosotros también debemos cargar con nuestros Sacerdotes.

Como señala el Concilio Vaticano II, el sacerdocio común de los laicos y el sacerdocio ministerial del ministro ordenado, se sirven mutuamente y se ordenan mutuamente. “Los pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Señor, deberían ministrarse unos a otros y a los demás fieles. Estos a su vez deberían prestar con entusiasmo su ayuda de manera conjunta a sus pastores y maestros” (LG, 32). Por lo tanto, mientras toda la autoridad y el poder ministerial del sacerdote se ordena al servicio y la santificación de los fieles, a su vez, los fieles sirven y apoyan al sacerdote mediante su sumisión y cooperación, directa e indirecta, material y espiritualmente, en su ministerio. “Esta diversidad de gracias, ministerios y obras reúne a los hijos de Dios en uno, porque ‘todas estas cosas son obra del mismo Espíritu’ (1Cor 12,11)” (ibid.).

Lo que podemos hacer

A través de nuestra participación en la Cruzada por los Sacerdotes, nos unimos a esta hermosa y armónica cooperación entre el sacerdocio y los laicos. Nuestras oraciones y sacrificios brindan apoyo y fortaleza a los sacerdotes que, por así decirlo, están en primera línea en la batalla entre los ángeles y los demonios. Porque el maligno sabe que al derribar a un sacerdote derriba un tren completo de almas con él. Unámonos, entonces, con los Santos Ángeles que luchan en la clandestinidad y la humildad por la salvación de las almas y por los sacerdotes. Ofrezcamos nuestros sacrificios ocultos y oraciones fervientes por los  obispos, sacerdotes y seminaristas, a través de las manos de María, Reina del Santísimo Rosario y Madre de los Sacerdotes, para sostener y apoyar este gran regalo de Dios a Su Iglesia: el sacerdocio.