OA02 Humildad

OA02 Humildad

II. La Humildad: una Virtud para toda Circunstancia

I. La Humildad, servidora de la perfección

La segunda de las siete cualidades características en la Obra de los Santos Ángeles es la humildad. Pocas virtudes vienen precedidas por una recomendación tan elevada: “¡Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón!” (Mt 11,29). Por el ejemplo del Rey, que dijo: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27) y por amor a la verdad, la humildad halla alegría en el acto de servir. En términos generales la humildad es la sierva de la gracia en el alma. Un alma humilde se humilla como María, la sierva del Señor, por lo cual Dios la exalta y le concede una mayor participación en la santidad. “Es impensable imaginarse la santidad en una creatura de Dios sin la presencia de la humildad y la pureza. Pues así como la castidad es la pureza del cuerpo, de igual manera la humildad es la pureza del alma, y la pureza es la primera condición para la santidad” (Arzobispo Ullathorne, Little Book on Humility and Patience, I, cap. 6, 1).

La humildad también sirve con gusto a las otras virtudes. Se dedica a la más baja de las tareas: apartar todos los obstáculos para la gracia y las virtudes. Pero Dios mira la humildad de Sus siervos y siervas, y al final, la humildad portará una de las mayores coronas en la gloria del cielo.
El valor o la grandeza de una virtud se mide de acuerdo con su meta final. Las virtudes más nobles y preciosas son aquellas que nos unen directamente a Dios, el Supremo Bien, y que mejor nos ayudan a glorificarlo. Ellas son: la caridad, la esperanza, la fe y la religión. Servidora de la caridad

La reina de las virtudes es la caridad. No sólo por cuanto nos une directamente a Dios: ella nos hace semejantes a Él en bondad y belleza y nos hace capaces de amar como Él ama. La humildad sirve a la caridad “disponiéndonos a esta unión con Dios mediante nuestra entrega total a Él en todas las cosas” (Santo Tomás, Comentario a las sentencias 4 d. 12u. 3ª. 2qc ad 1).

La humildad es también una llave para ejercitarse y crecer en el amor fraterno. “La verdadera humildad no ha podido, no puede, ni podrá existir sin caridad. Ella es el ingrediente de sacrificio en cada amor sincero. Y puesto que el amor es la transferencia, a otra persona, del afecto que nos tenemos a nosotros mismos, ello significa abandonar ese amor propio, y este abandono es la humildad”. Además, “nada nos hace más semejantes a Dios, que cuando perdonamos a aquellos que nos hieren y nos ofenden” (Ullathorne, ob. cit., I, 16, 3). Así pues, quien carece de humildad, tampoco se inclina a perdonar. Servidora de la esperanza

Por la esperanza sobrenatural deseamos audaz y ardientemente -con la ayuda de Su gracia- poseer a Dios mismo, como nuestra recompensa eterna y dichosa, y gozar para siempre en el cielo del abrazo de Su amor en el perfecto conocimiento del Amado.

Al pensar en una recompensa tan desbordante, el humilde tiende a expresarse como David, cuando hubo de desposar a la hija del rey: “¿Os parece sencillo ser yerno del rey? Yo soy un hombre pobre y ruin” (1 S 18, 23). La humildad une en el alma el temor de Dios y la confianza, de tal manera que el alma, pese a la abierta confesión de su bajeza (mediante la cual supera la soberbia) pone confiadamente toda su esperanza en la bondad y el poder de Dios (con lo cual supera la pusilanimidad). Un alma soberbia fue a la fiesta de bodas sin el vestido de la gracia divina, por lo que fue arrojada a las tinieblas (Mt 22, 11-13). ¡La esperanza es el traje de bodas y la humildad nos ayuda a vestirlo! “Los que temen al Señor buscan Su agrado, los que le aman quedan llenos de Su Ley” (Si 2, 16). Servidora de la fe

“Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11, 6). “La fe es, por su naturaleza, una sumisión del entendimiento y de la voluntad a Dios, puesto que Él es la soberana verdad; es una sujeción a Su divina autoridad, puesto que Él es el iluminador y el maestro del alma; y es una sumisión a la verdad enseñada por Él a través de la Revelación. Además, a Dios le agrada que esta sumisión de la fe sea realizada y manifestada de manera abierta y delante de todos los hombres, sometiéndonos públicamente a la Iglesia, establecida por Dios como representante de Su autoridad, y a la voz de su Magisterio y su ministerio de gracia, tal como es ejercido en Su nombre y por Su poder. No se trata aquí solamente de fe, sino de la humildad de la fe, pues es la sumisión del entendimiento y del corazón a la autoridad de Dios y a Su verdad, en la manera como Él lo prescribe y establece. Así pues, la humildad es el fundamento de la fe, y la fe es el fundamento de todas las demás virtudes cristianas, ejercidas todas a la luz de la fe. La humildad libera al alma del orgullo y del error, la fe la colma de luz y verdad; la humildad abre el alma a fin de que la fe pueda entrar; la humildad nos conduce al conocimiento de nosotros mismos y la fe al conocimiento de Dios” (Ullathorne, ob. cit. I, 14, 3-4). Servidora de las virtudes morales

Las virtudes morales transforman y embellecen las potencias del alma, subordinándolas a la luz del entendimiento, y, más precisamente, a la luz de la fe. La humildad vela sobre este sagrado orden en el alma. Entre las partes potenciales de la templanza encontramos la humildad, porque también como la templanza, la humildad refrena los desordenados impulsos de las pasiones. En el ámbito de la modestia contribuye a dominar los apetitos del corazón, y a contener la vanagloria. Dado que el hombre puede adorar y se vanagloriar de todo lo imaginable (riqueza, poder, belleza, saber, talentos, etc.), es sensato que la humildad posea la llave para el tesoro del corazón. Ella mantiene libre nuestro espíritu para adorar a Dios en espíritu y en verdad (virtud de la religión). “El camino seguro y verdadero hacia el cielo pasa por la humildad, la cual dirige el corazón hacia Dios y no en contra de Él” (San Agustín, Ciudad de Dios, Libro XVI, cap. 4).

La humildad sirve de muchas maneras a la prudencia. Primero que todo, ayudándonos a mantener nuestra mirada fija en la meta y a rechazar todas las metas falsas (ídolos). De ahí que Josué exhortara a Israel diciendo: “Pero si no os parece bien servir a Dios, elegid hoy a quién habéis de servir: o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora. Yo y mi familia serviremos a Dios (Jos 24, 15). Al ayudarnos a tener una idea modesta de nosotros mismos, de nuestras capacidades y conocimientos, la humildad nos dispone a buscar o aceptar consejo de otros y a ser cuidadosos con nuestros pensamientos y nuestros juicios. Ella nos libra de la adulación y la lisonja, que nos podrían hacer caer víctimas de la sabiduría del mundo y del temor humano.

Finalmente, la humildad tiene propiamente su asiento en el apetito irascible. De ahí que es semejante a la fortaleza. Por esta razón, en la Obra de los Santos Ángeles se dice: “¡La humildad es ánimo para servir!”. Es una fuente de fuerza escondida. Como explica santo Tomás, la humildad cumple una tarea ardua y difícil: “Cristo nos recomendó de manera especial la humildad, pues esta virtud aparta ante todo los obstáculos que impiden el bien espiritual del hombre, el cual consiste en desear los bienes celestiales” (Suma de Teología II-II161, 5, 4m). Mediante esta fuerza allanadora, la humildad ayuda a la prudencia a vencer todos los obstáculos (como por ejemplo el temor humano) que nos impiden prontamente llevar a cabo una decisión acertada. Y precisamente en esta firme voluntad de la resolución se despliega plenamente la prudencia.II. Una anécdota sobre la humildad heroica

Luego de un largo día de viaje y en medio de un clima frío y tormentoso, San Francisco de Borja, Superior General de los jesuitas, y su compañero de camino, llegaron a un apartado hostal. El hostelero les comunicó que no había ninguna habitación vacía. Sin embargo, el lamentable estado de los viajeros y sus humildes ruegos conmovieron al hombre, hasta el punto de que dispuso unos camastros en el estrecho y helado desván. El acompañante de San Francisco, que estaba terriblemente resfriado, pasó la noche tosiendo y escupiendo. Las flemas que arrojaba las dirigía contra la pared.

Al otro día, cuando el enfermo despertó, pudo comprobar, con gran desconcierto, que en la oscuridad había perdido la dirección y se había pasado la noche escupiendo a la cara de San Francisco. Lleno de vergüenza y pena le pidió que lo perdonara. San Francisco lo tranquilizó y consoló diciéndole: “No te preocupes. No había mejor lugar aquí arriba, para que pudieras escupir”. Con ello, el asunto estaba cancelado. Y no se volvió a hablar de ello.III. Los grados de la humildad

Por razón de su belleza, la humildad ha sido amada y alabada por los santos. La más famosa descripción sobre ella se encuentra en la regla de San Benito. Su punto de partida es pedagógico y comienza con los grados exteriores. Aquí nos atendremos al orden propuesto por Santo Tomás, que parte de sus aspectos internos y más esenciales.

La humildad pone rienda a nuestro deseo, con frecuencia impetuoso, de excelencia. El parámetro no es el deseo, sino la justa razón, mediante la cual aceptamos la realidad de lo que somos ante Dios y ante los hombres. Así pues, el núcleo de la humildad consiste en caminar respetuosamente en la presencia de Dios y en la observación celosa de Sus mandamientos. Este es el primer grado.

Luego debemos hacer tres cosas a fin de contener nuestras pasiones: (2) Si reconocemos realmente que Dios está por encima de nosotros, no podemos seguir nuestra voluntad, como si ella fuese el último parámetro para nuestros actos. (3) Nuestro proceder más bien, debería estar guiado y dirigido por quienes están por encima de nosotros (en la familia, en la comunidad, en el trabajo o en cualquier otro lugar). (4) Deberíamos tener el carácter para no abandonar nuestras obligaciones o nobles empresas a causa de las dificultades que se nos puedan presentar.

Aún más, la humildad pone freno a nuestra exagerada autoestima: (5) en espíritu de verdad deberíamos reconocer y confesar nuestras deficiencias. (6) No deberíamos creernos capaces de hacer cosas grandiosas (aunque con la gracia de Dios podemos realizar cosas grandes). (7) Así pues, deberíamos darle prioridad a otros. Y aunque uno pueda estar dotado de talentos importantes, hay siempre determinados aspectos en los que otros nos superan.

Puesto que la humildad es una virtud relacionada con el servicio, la discreción y la veracidad, tanto aquella como su contraparte se manifestarán a través de ciertas señales externas: (8) Respecto a su conducta, la persona humilde no se diferencia del resto en cuanto a su manera de proceder, de vestirse, etc.; (9) respecto a su manera de hablar, no es apresurada, tampoco alaba sus propias opiniones ni se las impone a los otros; no le corta las palabras a los demás, sino que los deja hablar. (10) Su conversación, más bien, es mesurada en cuanto al tono, el tema y la escogencia de sus palabras.

Hay, además, otras dos señales externas relacionadas con la manera de comportarse y de gesticular: (11) la persona humilde evita miradas y gestos altivos. (12) No se muestra retozona en una hilaridad desmesurada, es decir, no se entrega a carcajadas. Pues, en esto se manifiesta una sensualidad excesiva, una forma de amor egoísta.IV. Dios, el artífice de la perfección

¡Cuán celoso y atento es Dios en relación con nuestra perfección! A este respecto, Él actúa más bien como un escultor o un tallador que va quitando el exceso de material, como un pintor que cubre con color las imperfecciones. Uno de sus mejores cinceles son las humillaciones. El padre Walter Ciszek, jesuita norteamericano, describe en su autobiografía, titulada He Leadeth Me (Él me condujo), cómo la mano del Maestro trabajó en él durante los largos a ños que pasó detrás de la cortina de hierro, muchos de los cuales en prisión. 1. Prueba en el campo maderero de Teplaya-Gora

El padre Walter anhelaba ardientemente anunciar el Evangelio a todos los sometidos detrás de la cortina de hierro. Su oportunidad llegó cuando los rusos en la segunda guerra mundial invadieron Polonia donde estaba trabajando como sacerdote. El padre comenzó a trabajar entre los leñadores de los montes Urales. Su sueño, sin embargo, se desvaneció rápidamente. La vigilancia era tan estricta, que era prácticamente imposible hablar abiertamente de Dios. Peor aún, los trabajadores no tenían ningún interés en oír hablar de Dios. La propaganda, el miedo y la lucha por sobrevivir habían borrado cualquier sentido de lo sobrenatural. Al darse cuenta de la realidad de las cosas, habría preferido marcharse de ahí. Le parecía que todo había funcionado mal. Nada era como se lo había imaginado.

“Un día, cuando nos encontrábamos reunidos, Dios nos dio la gracia de conocer la solución a nuestro dilema, la respuesta a nuestra tentación. Fue la gracia de ver nuestra situación simple y llanamente desde Su perspectiva, y no desde la nuestra, de no medir nuestros esfuerzos con parámetros humanos o según nuestros propios deseos y pensamientos, sino de valorarlos de acuerdo con las intenciones de Dios. Fue la gracia de comprender que nuestro dilema y nuestra tentación eran obra nuestra, que existían sólo en nuestra cabeza y no coincidían con el mundo real, que había sido dispuesto y gobernado por Su voluntad.

Nuestro dilema en Teplaya-Gora provenía de nuestra frustración de no poder hacer lo que nos parecía que debía ser la voluntad de Dios en esa situación, de nuestra incapacidad de trabajar tal como pensábamos que era lo que Dios seguramente quería, en lugar de aceptar la situación misma como voluntad Suya…

El alma humilde, que cada mañana ofrece todas sus oraciones, trabajos, alegrías y sufrimientos del día y actúa según esta intención, aceptando y respondiendo incondicionalmente y con amor a todas las situaciones diarias como enviadas por Dios, ha comprendido, con una fe de niño, por así decirlo, la profunda verdad sobre la voluntad de Dios. Predecir lo que será la voluntad de Dios, especular cuál tiene que ser Su voluntad, es, por demás, un acto de humana insensatez y la más sutil de todas las tentaciones.

La simple verdad es esta: que Su voluntad es lo que Él nos quiera enviar cada día en forma de situaciones, lugares, personas, problemas… La tentación consiste en no reconocer que esas cosas son voluntad de Dios y en no ponerles atención, precisamente porque las consideramos cotidianas, insignificantes, monótonas y rutinarias, y en su lugar buscamos descubrir abstractamente alguna otra y más noble ‘voluntad de Dios’, que corresponda mejor a nuestro concepto de lo que debería ser Su voluntad. Esta fue nuestra tentación en Teplaya-Gora. La solución está en comprender que son precisamente esas cosas, aquí y ahora, las que constituyen la voluntad de Dios. De nosotros depende aceptar con humildad esta verdad y vivirla en cada instante de cada día” (He Leadeth Me, extractos págs. 42-45). 2. Prueba en la prisión

Muy pronto el padre Walter fue descubierto y hecho prisionero. Él mismo describe esta prueba con las siguientes palabras: “Desvalimiento es la palabra correcta. En Teplaya-Gora me había sentido frustrado, puesto que no había podido trabajar entre la gente tal como yo lo esperaba; pero ese sentimiento de frustración no era nada frente a la abismal sensación de impotencia y desvalimiento… Tanto para los funcionarios de la prisión como para los otros presos, yo era un objeto inútil, una nada. Así, no sólo sufría por causa de mi desvalimiento e impotencia, sino además por la repugnante y deprimente sensación de ser un inútil.

Como en el caso de otras situaciones críticas, busqué refugio en Dios a través de la oración. Busqué Su auxilio, Su compasión, Su consuelo. Puesto que sufría por causa de Él y era, además, escarnecido por ser sacerdote, no podría negarme Su consuelo, sobre todo si la descripción del profeta Isaías correspondía a Su vida terrena: ‘un hombre hondamente despreciado, desechado…’. También Él había buscado consuelo y no lo halló. Seguramente tendría misericordia de mí, me fortalecería y me levantaría, al ver el miserable estado en que me encontraba.

Pero como muchas veces había acontecido en mi vida, la forma en que Él me consolaba consistía en aumentar el conocimiento de mí mismo, y mi comprensión de Su providencia y del misterio de la salvación. Cuando desde el fondo de mi humillación busque refugió en Él a través de la oración, cuando me encontraba tirado y destruido en el suelo y corrí hacia Él, pues me consideraba inútil y despreciado, recibí, entonces, como respuesta, la gracia y la luz del conocimiento de cuánto mi propio yo se había deslizado furtivamente en la escena. Había sido humillado y yo mismo me compadecía. Nadie me estimaba como sacerdote, razón por la cual me abandoné a la autocompasión. Fui tratado injustamente por prejuicio; y nadie escuchó mi triste historia ni me mostró compasión, razón por la cual sentía lástima de mí mismo. Esta era en realidad la dimensión de mi ‘humillación’…

¿De cuántas otras maneras había dejado que mi estúpido yo, ese lujo de la autocompasión enturbiara mi mirada y la entorpeciese, de tal manera que no podía ver con los ojos de Dios la situación en que me encontraba? Ningún ser humano -no importa la situación en que se encuentre- es inútil o nulo ante los ojos de Dios. Ninguna situación es insignificante o sin valor en la providencia de Dios.

Muchas personas se frustran o hasta se desmoralizan cuando se sienten desvalidas frente a una situación o un mal, respecto de los cuales no pueden hacer mucho. Pobreza, alcoholismo, drogas, injusticia social, discriminación racial, odio, amargura, guerras, etc., todo esto puede constituirse en una fuente de amarga frustración y desespero. Pese a esto, Dios no espera que una sola persona cambie el mundo, acabe con las injusticias, o cure todas las enfermedades. Ciertamente espera que todos los seres humanos actúen como Él lo quisiera, en las circunstancias por Él dispuestas. Si así fuera, nunca les faltaría Su gracia. …

Lo que toda persona puede inicialmente cambiar, es a sí misma. Todas las personas ejercen también una cierta influencia sobre otras, que Dios le pone diariamente en su vida. De un cristiano se espera que influya en ellas para bien” (He Leadeth Me, extractos págs. 49-54).

3. Prueba durante el interrogatorio decisivo

Más tarde, el padre Walter fue trasladado a la cárcel Lubianka de Moscú, acusado de espionaje a favor del Vaticano. La KGB se enorgullecía de cumplir allí ‘su mejor trabajo’, al arrancar las confesiones mediante torturas. Durante doce meses, el padre Walter resistió al terror, a las intimidaciones, a los golpes y a los interminables interrogatorios, hasta que llegó al final de sus fuerzas. Aún seguía esperando la intervención del Espíritu Santo, pues sabía que Él debía intervenir…

Finalmente, llegó la prueba de fuerza, en la que poniéndole una pistola en la cabeza, le ordenaron que firmara la confesión, pues de lo contrario lo matarían. El Espíritu Santo seguía callando. En medio de ese terrible silencio se dio por vencido y estampó su firma en la confesión, que desde ese momento se convertía en un arma política en contra de la Iglesia Católica.

Una vez de regreso en su celda, se dio cuenta de que todo su cuerpo temblaba. ¿Por qué al menos Dios no lo dejó morirse de un infarto antes de haber firmado los papeles? “Yo confiaba en Él y en Su Espíritu, pues esperaba que me concediera las palabras y la sabiduría necesarias para enfrentar a todos mis adversarios. Yo no había avergonzado a ninguno de mis adversarios, pero me encontraba, a mí mismo, totalmente quebrantado y avergonzado. …

Poco a poco, y con la ayuda de Su gracia, comencé a enfrentarme conmigo mismo y con mi manera de orar. ¿Por qué me sentía así? La sensación de abatimiento y fracaso que me invadieron luego de lo acontecido, era fácil de explicar, pero por qué me sentía tan culpable y avergonzado? Había actuado en medio del pánico y había cedido bajo amenaza de muerte. ¿Por qué habría de sentirme tan culpable y tan responsable de mis actos, por causa de acciones que había ejecutado sin plena intención ni consentimiento de la voluntad? …

Con lentitud y de manera vacilante me puse, bajo el suave impulso de la gracia, frente a la verdad, que era la más profunda causa de mi miseria y vergüenza. La respuesta estaba en una pequeña palabra: ‘Yo’. Yo me sentía avergonzado, pues sabía en mi corazón, que había intentado hacer muchas cosas por cuenta propia y había fracasado deplorablemente. Me sentía culpable, porque al fin reconocía que si bien había pedido ayuda a Dios, en el fondo creía en mis propias capacidades para evitar el mal y enfrentar cualquier reto. Yo había orado mucho durante todos estos años y había aprendido a estimar y agradecer la providencia y solicitud de Dios, … pero nunca me había entregado realmente. … En una palabra: Me sentía culpable y avergonzado, pues, en últimas, lo que había hecho durante esa prueba de fuego era confiar casi totalmente en mí mismo y había fracasado deplorablemente.

¿No había puesto yo incluso las condiciones en que el Espíritu Santo debía intervenir por mí? ¿Acaso no había esperado que Él me inspirase precisamente la respuesta que yo ya tenía dispuesta? …En realidad, yo no había tenido una actitud de apertura al Espíritu Santo. De hecho, hacía tiempo que yo ya había decidido escuchar lo que yo esperaba de Él, y cuando no escuché exactamente aquello que quería, me sentí traicionado. Y para otras cosas que el Espíritu Santo me hubiera querido decir en esos momentos, no tenía yo oídos dispuestos. …

La virtud de la humildad tiene que ver con experimentar la plena verdad de nuestra dependencia de Dios y de nuestra relación con Su voluntad, pues humildad es la verdad que abarca nuestra relación con Dios, el Creador, y por Él, nuestra relación con el mundo, que Él ha creado, y con nuestro prójimo.

Lo que nosotros solemos llamar como humillaciones, son las pruebas mediante las cuales se acrisola en nosotros la perfecta comprensión de esta verdad. Es el propio Yo el que debe ser humillado; y no habría ‘humillaciones’, si hubiésemos aprendido a poner nuestro Yo en su lugar y a vernos en la justa actitud que debemos tener ante Dios y el prójimo. Cuanta mayor sea la fuerza con que nuestro Yo se despliegue en nuestra vida, tanto más duras habrán de ser las humillaciones que nos ayuden a purificarnos.

Este fue el terrible conocimiento que obtuve en la celda de la cárcel de Lubianka, cuando, tembloroso y deprimido, oré luego de mi experiencia con el funcionario de la KGB. El Espíritu Santo no me había abandonado, pues todo el suceso había sido obra Suya. Mis sentimientos de culpa y de vergüenza residían en mi falta de no anteponer la gracia a la naturaleza y de no confiar primero que todo en Dios antes que en mis propias fuerzas. Yo había fallado y estaba estremecido hasta la médula, pero fue un estremecimiento curativo…

No fue a la Iglesia a la que se le siguió un juicio en la cárcel de Lubianka; no se trataba del régimen soviético o la KGB contra Walter Ciszek. Era Dios contra Walter Ciszek. Dios me había probado a través de esas experiencias tal como se prueba el oro en el fuego. ¡Gracias sean dadas a Dios! …Yo aprendí cuán absoluta era mi dependencia de Él, incluso en mi supervivencia, y cuán insensato era construir sobre mí mismo.

La gracia más grande que Dios puede concederle a una persona, es cuando le envía una prueba que no puede superar con sus propias fuerzas, y cuando lo sostiene, entonces, a fin de que persevere hasta el fin y sea salvado” (He Leadeth Me, extractos págs. 78-82). El proceso de beatificación del padre Walter Ciszek fue introducido hace algunos años en Roma.V. Falsa humildad

“Esta es una humildad falsa que el demonio inventaba para desasosegarme y probar si puede traer el alma a desesperación. Tengo ya tanta experiencia que es cosa de demonio, que, como ya ve que le entiendo, no me atormenta en esto tantas veces como solía. Vese claro en la inquietud y desasosiego con que comienza, y el alboroto que da en el alma todo lo que dura, y la oscuridad y aflicción que en ella pone, la sequedad y mala disposición para oración ni para ningún bien. Parece que ahoga el alma y ata el cuerpo para que de nada aproveche. Porque la humildad verdadera, aunque se conoce el alma por ruin, y da pena ver lo que somos, y pensamos grandes encarecimientos de nuestra maldad, tan grandes como los dichos, y se sienten con verdad, no viene con alboroto ni desasosiega el alma ni la oscurece ni da sequedad; antes la regala, y es todo al revés: con quietud, con suavidad, con luz. Pena que, por otra parte conforta de ver cuán gran merced la hace Dios en que tenga aquella pena y cuán bien empleada es. Duélele lo que ofendió a Dios. Por otra parte, la ensancha su misericordia. Tiene luz para confundirse a sí y alaba a Su majestad porque tanto la sufrió.

En estotra humildad que pone el demonio, no hay luz para ningún bien, todo parece lo pone Dios a fuego y sangre. Represéntale la justicia, y aunque tiene fe que hay misericordia, porque no puede tanto el demonio que la haga perder, es de manera que no me consuela, antes cuando mira tanta misericordia, le ayuda a mayor tormento, porque me parece estaba obligada a más. Es una invención del demonio de las más penosas y sutiles y disimuladas que yo he entendido de él” (Santa Teresa de Jesús, El Libro de la Vida, cap. 30, 9-10). Se cuenta en la vida de San Antonio Abad que Dios le hizo ver el mundo sembrado
de los lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los hombres.
El santo, después de esta visión, quedó lleno de espanto, y preguntó:
“Señor, ¿Quién podrá escapar de tantos lazos?”
Y oyó una voz que le contestaba: “Antonio, el que sea humilde”.