“Un hombre vestido de lino, su cuerpo era como crisólito…” (Dan 10, 5-6)

¡Queridos hermanos en el sacerdocio!

El libro de Daniel ya nos ha brindado la oportunidad de reflexionar sobre los santos ángeles como mensajeros y sobre los requisitos previos que se demandan de los hombres para recibirlos. El siguiente capítulo nos lleva un paso más allá en angelología: Recibimos una descripción de la apariencia física de un ángel: “En el tercer año de Ciro rey de Persia… Yo, Daniel, estuve de luto durante tres semanas. … El día veinticuatro del primer mes, estando yo a orillas del gran río, es decir, el Tigris, alcé mis ojos y vi a un hombre vestido de lino y ceñido con un cinturón de oro fino de Ufaz. Su cuerpo brillaba como el crisólito, su rostro tenía el aspecto del relámpago, sus ojos eran como antorchas de fuego, sus brazos y sus piernas como el fulgor del bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud. Sólo yo, Daniel, veía la aparición; los hombres que estaban conmigo no la vieron, sino que los invadió un gran temor y huyeron a esconderse”. (Dan 10, 1-7)

1. La apariencia física de un ángel
Después de siglos de reflexión filosófica y teológica, hoy nos ha quedado claro que los ángeles no tienen cuerpo, son espíritus puros. En el Catecismo leemos: “La existencia de los seres espirituales, incorpóreos, que la Sagrada Escritura suele llamar ángeles, es una verdad de fe” (CIC 328). “Como criaturas puramente espirituales, los ángeles tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales, superando en perfección a todas las criaturas visibles” (CIC 330).  En cierto sentido, San Rafael ya se lo había explicado a Tobit y Tobías. Él dijo: “Aunque ustedes me veían comer, eso no era más que una apariencia” (cf. Tob 12, 19).

Sin embargo, no podemos simplemente rechazar cualquier manifestación visible o materializada de un ángel. Primero, porque el testimonio en la Sagrada Escritura es demasiado frecuente, así como también, en la historia de la Iglesia y en la vida de los santos, ya sea en forma humana (como San Rafael en el libro de Tobías) o en la forma casi inimaginable de los seres vivos (como en Ezequiel). Podemos recordar uno dado por San Juan Evangelista en el libro de Apocalipsis, que es muy similar al que Daniel describe aquí en nuestro texto:
“Vi descender del cielo a otro Ángel poderoso, envuelto en una nube, con un arco iris sobre su cabeza, y su rostro era como el sol, y sus piernas parecían columnas de fuego… Y puso su pie derecho sobre el mar, y su pie izquierdo sobre la tierra, y gritó con voz potente, semejante al rugido del león. Entonces, los siete truenos hicieron resonar sus voces” (Apocalipsis 10, 1-3).

Una segunda razón, por la que no podemos negar la apariencia física de un ángel, radica en nuestra naturaleza humana específica: ¿Cómo debe un ángel comunicar un mensaje de Dios al hombre, sin hacerse perceptible para el hombre? ¡Todas las percepciones del hombre comienzan en sus sentidos! Así que los ángeles tienen que comunicarse con el hombre de una manera palpable o perceptible. Por supuesto, normalmente, cuando aparece un ángel, el hombre debe darse cuenta de que está frente a una criatura celestial, una persona que es más alta y más perfecta que él, alguien que es más poderoso, que tiene mayor autoridad, y no otro ser humano. Hay muchos testimonios al respecto (cf. por ejemplo, Jueces 13, 16,19-23; Jos 5, 13-15; Lc 1,19; Ap 19,10).

2. La expresión simbólica del “mundo” de un ángel

Por lo tanto, vale la pena mirar más de cerca la apariencia del ángel y preguntarnos qué nos está diciendo a los hombres sobre este ángel o sobre cualquier otra cosa, ya que, como seres superiores, los ángeles tienen un conocimiento más elevado que los hombres en todas las cosas.

—Daniel comienza diciendo que al mirar hacia arriba, vio “un hombre vestido de lino”. Este hombre es nuevamente Gabriel, según San Gregorio y San Juan Casiano (cf. Cornelius a Lapide, Comentario sobre Daniel). Su vestidura de lino expresa la pureza e inocencia del ángel, así como es el servicio de los sacerdotes. Lapide no pierde la oportunidad de señalar que tal vestimenta no solo cubre un cuerpo; también dirige la atención a la persona y a su interioridad. Cuanto menos se muestra el cuerpo, más se dirige nuestra atención al espíritu. Por lo tanto, las siguientes observaciones sugieren inmediatamente un significado espiritual. 

—Él ve que “está ceñido con un cinturón de oro fino de Ufaz”. El cinturón de “oro de Ufaz” subraya un significado más profundo. Simboliza el amor, la intención de este hombre, su voluntad de cuidar lo mejor posible a los demás. Estar ceñido significa estar listo y dispuesto para cualquier cosa, especialmente para la defensa del amado. Eso significa, que el ángel está dispuesto y listo para luchar por el pueblo de Dios. Lapide llega aún más lejos, a un significado místico. En este sentido, el cinto simboliza la caridad que une y perfecciona las demás virtudes bajo su corona; ceñirse la cintura indica el poder del amor divino que junta toda concupiscencia, deleites y amores y se los ofrece a Dios. Y como tercera interpretación, Lapide ve en este cinto a aquellos hombres unidos que controlan su amor a la carne, al mundo y a la concupiscencia, por el amor que le tienen a Dios, y con ello, ¡se hacen dignos de la compañía, el diálogo y el consuelo de los ángeles!

Este simple signo o indicación de disciplina y fuerza de voluntad, conduce nuestra comprensión de un ángel en otra dirección que la que había indicado el arte barroco. Los ángeles no son débiles, dulces o sensuales, sino espíritus puros, que saben lo que quieren y que lo quieren con todo lo que tienen y son. Las siguientes indicaciones subrayan este punto:
 – “Su cuerpo era como crisólito”, observó Daniel. El crisólito es una piedra preciosa de color verde oliva dorado y de alguna manera transparente. Por un lado, esto apunta a Dios, como todo aquello que parte de los santos ángeles. Por otro lado, muestra el carácter instrumental de los ángeles, su disposición a ser enviados y a dar testimonio únicamente de Dios. Esta actitud muestra, en lo más profundo, su total entrega a Dios y su perfecto olvido de sí mismos. Y, finalmente, muestra la dignidad del ángel de estar presente ante Dios y servirle. (¡Este es en realidad el punto esencial!) De nuevo, lo que dijimos con respecto a la vestimenta de lino y la atención a la parte espiritual, se vuelve aún más clara aquí (cf. Benedicto XVI, Homilía del 29 de septiembre de 2007).

—Después de esta descripción del cuerpo, el profeta habla del resplandor del rostro: “Su rostro como la apariencia de un relámpago” refleja la intensidad del esplendor y la gloria de Dios, como el de Moisés, después de bajar del encuentro con Dios. También es un símbolo de la gloria de los ángeles que proviene del conocimiento divino. Además, este dinamismo ardiente habla también del celo de los espíritus puros, su ira contra los pecadores y enemigos de la fe. Lapide cree que este relámpago también expresa el brillo de la Resurrección, como se dice en San Mateo: “Un ángel del Señor descendió del cielo y vino, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su apariencia era como un relámpago, y su ropa blanca como la nieve” (Mt 28, 2-3).

—Esta cercanía a Dios y la transformación en ella explican “sus ojos como antorchas encendidas”. Nos hablan de la claridad del intelecto angélico, según la naturaleza, así como de la gracia e incluso de la gloria divina, que es el objeto de su amor y su fruto en Dios. Pero en estos ojos se puede ver también la prudencia, el celo, la vigilancia, que se necesitan en la guerra.

—Debido a tanto poder en la voluntad, el profeta encontró que los brazos y piernas del ángel eran “como el resplandor del bronce bruñido”, fuertes para la acción y rápidos en el movimiento.

– Finalmente, “el sonido de sus palabras [era] como el ruido de una multitud”. La voz de una multitud es fuerte pero confusa; es como el rugido de muchas aguas, que a menudo se usa como descripción de la voz de Dios y de los ángeles (cf. p. ej. Ez 1, 24; Ap 1, 15). En la medida en que la voz es una cierta expresión del intelecto y la voluntad, la poderosa voz del ángel expresa su poder. Otra interpretación se refiere a la plenitud de la ciencia que tienen, su poder para enseñar e iluminar a otros.

3. La importancia de conocer a los ángeles

Por la aparición de los ángeles, no solo sabemos algo sobre el ángel y su ministerio, también sabemos algo sobre Dios y su plan divino, ya que reflejan Sus perfecciones y actúan de acuerdo con Su voluntad.

El contacto familiar del ángel con el profeta muestra que Dios quiere formar la comunión de “santos” entre sus fieles criaturas. En esto se prepara el misterio de la Iglesia, incluso la comunión entre la Iglesia celestial triunfante con la Iglesia militante y sufriente. Y a esta sagrada asamblea pertenecen también los ángeles, porque “ya aquí en la tierra la vida cristiana participa por fe en la compañía bendita de ángeles y hombres unidos en Dios” (CIC 336). La vida litúrgica es la primera actividad en la que compartimos su compañerismo, como acaba de mencionar el Santo Padre en la noche de Navidad: “Según los Padres de la Iglesia, parte del canto navideño de los ángeles es el hecho de que ahora ángeles y hombres pueden cantar juntos y de esta manera la belleza del universo se expresa en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico —todavía según los Padres de la Iglesia — posee su propia dignidad peculiar por el hecho de que se canta junto con los coros celestiales. Es el encuentro con Jesucristo lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles” (Benedicto XVI, Homilía, Misa de Medianoche 25 de diciembre de 2007).

Nuestra comunión con los santos ángeles, aumentará y se hará más íntima, cuando lleguemos a conocerlos mejor. Por esta razón, la descripción del ángel, dada aquí a través de Daniel, es importante para nosotros. Cuanto mejor conozcamos a los ángeles, más intensamente los amaremos y trataremos de imitarlos. Los reconocemos claramente como ministros de Dios que son más fuertes, más sabios y más fervientes que nosotros, en el amor de Dios. En consecuencia, mayor debe ser nuestro deseo de acercarnos a ellos, asociarnos con ellos y recibir su ayuda. El conocimiento de su grandeza refuerza nuestra esperanza y confianza, del mismo modo que el papa Benedicto XVI quiere guiarnos a través de su última encíclica, Spe salvi.

4. ¡Queridos hermanos en el sacerdocio!

Esta visión del ángel dirige nuestra atención a lo que está arriba, en lugar de lo que está abajo; a lo que es bueno, en lugar de lo que ha fallado; a la luz en lugar de la oscuridad. Reflexionar sobre los ángeles en la gloria nos recuerda que Cristo ya logró la victoria final. Nos vuelve optimistas en medio de la realidad diaria. Demos este testimonio ante las almas que se nos han confiado y que hoy están tan a menudo perdidas y desanimadas.

NB: Le recomendamos encarecidamente que consulte la página web de la Congregación del Clero (www.clerus.org) como un impulso extraordinario dado a la Iglesia universal. Juan Pablo II pidió a la Iglesia: “¡Que nunca cese nuestra adoración!” (CIC 1380). Benedicto XVI pidió en la Carta Post-apostólica Sacramentum Caritatis, la Adoración Eucarística. Ahora la Congregación pide formar un movimiento espiritual de Adoración Perpetua “para que una oración de adoración… se eleve a Dios incesantemente y desde todos los rincones de la tierra” para la reparación y santificación de los sacerdotes y su adopción por maternidad espiritual a la que ella anima: “¡Que todos se involucren”! ¡Por favor, denle toda su atención y dedicación! Para sus parroquias, es posible que les interese conocer nuestros programas Cruzada por los sacerdotes y adopción espiritual de sacerdotes.