"Un hombre vestido de lino, su cuerpo era como crisólito..."

(Dan 10, 7)

¡Queridos hermanos en el sacerdocio!

El libro de Tobit se considera el libro del Antiguo Testamento sobre los ángeles. Sin embargo, Daniel, el “hombre muy amado”, también da testimonio de una gran familiaridad con los ángeles, aún más concretamente, podemos decir que: Como conocemos a San Rafael a través del libro de Tobit (cf. Tob 12, 15), así también conocemos a San Gabriel en el Antiguo Testamento, a través de Daniel (cf. Dan 8,16, 9,21) y a San Miguel (cf. Dan 10,13, 21; 12, 1), a través del mismo libro de este gran  profeta.

En las últimas meditaciones, consideramos las características de las comunicaciones angélicas, las disposiciones que mostró Daniel y la forma en que el ángel se manifestó a este profeta. Los siguientes versículos nos ofrecen algunas características más generales de los encuentros entre el ángel y el hombre.

1. Comunicación con los ángeles

Daniel registra el siguiente detalle acerca de los hombres que estaban con él: “Sólo yo, Daniel, veía la aparición; los hombres que estaban conmigo no la vieron, sino que los invadió un gran temor y huyeron a esconderse”. (Dan 10, 7)

Con respecto a sí mismo recuerda: “Así quedé yo solo contemplando esta gran aparición, y me sentí desfallecer; mi semblante se demudó hasta desfigurarse, y no pude sobreponerme” (Dan 10, 8). Ese fue el efecto de la visión. Aún mayor fue el efecto cuando escuchó al ángel hablar: “Yo oí el sonido de sus palabras y, al oírlo, caí sin sentido con el rostro en tierra” (Dan 10, 9).

a) Este efecto de una aparición celestial no es nuevo. Incluso podemos hacer esta afirmación general según los informes bíblicos: La aparición de un ángel en una forma que refleja su dignidad y grandeza, siempre arroja al hombre al suelo y lo deja impotente. Esto lo vimos con Moisés (cf. Ex 3) y Josué (Jos 5, 13s) y al final con Juan Evangelista (cf. Ap 19,10; 22,10), y aquí con Daniel: el hombre cae o incluso es arrojado al suelo, experimenta su nada; qué conciencia debe tener al adorar a Dios.

Cuando “el Ángel del Señor” se le apareció a Moisés “en una llama de fuego que salía de en medio de la zarza”, Dios le dijo: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa” (Éx 3, 2, 5). Josué, el sucesor de Moisés, vio a “un hombre” que “estaba de pie frente a él con la espada desenvainada en su mano… y dijo: “… yo soy el jefe del ejército del Señor y ahora he venido”. Con estas palabras “Josué cayó con el rostro en tierra, se postró y adoró” (Josué 5, 13-14). Similar fue la reacción de Juan el Evangelista: “Me postré a los pies del Ángel que me había mostrado todo eso, para adorarlo; pero él me dijo: «¡Cuidado! No lo hagas, porque yo soy tu compañero de servicio, el de tus hermanos los profetas, y el de todos aquellos que conservan fielmente las palabras de este Libro. ¡Es a Dios a quien debes adorar!» (Apocalipsis 22, 8-9).

b) La humildad, como amor a la verdad y temor del Señor, como reconocimiento de su majestad, son la base de toda verdadera vida espiritual, como nos dice la palabra de Dios:

El temor del Señor es gloria y motivo de orgullo, es gozo y corona de alegría. El temor del Señor deleita el corazón, da gozo, alegría y larga vida. Todo terminará bien para el que teme al Señor, él será bendecido en el día de su muerte. El principio de la sabiduría es el temor del Señor: ella es creada junto con los fieles en el seno materno. Hizo entre los hombres un fundamento eterno, y permanecerá fielmente con su descendencia. La plenitud de la sabiduría es el temor del Señor y ella satisface a los hombres con sus frutos;… La corona de la sabiduría es el temor del Señor, que hace florecer la paz y la salud perfecta. (Eclesiástico 1, 11-16, 18)

David también nos aseguró: “El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen y los libra. ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!, ¡Feliz el hombre que se refugia en él! ¡Temed al Señor, todos sus santos, porque nada faltará a los que lo temen! (Salmo 34, 7-9)

2. Los efectos de las visitas celestiales

La percepción de la presencia de Dios “como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso” (Catecismo de la Iglesia Católica 2096), pero también la presencia de sus ángeles provoca en los hombres, la percepción de la `nada de la criatura´ que sólo existe por Dios (CIC 2097). Esto aplasta todo el orgullo del hombre, pero también lo enaltece, como Daniel describe continuando su relato: 

“De pronto, una mano me tocó y me hizo poner, temblando, sobre mis rodillas y sobre las palmas de mis manos. Luego me dijo: Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que voy a decirte, y ponte en pie; porque ahora yo he sido enviado a ti. Mientras me decía estas palabras, me puse de pie temblando. Él me dijo: No temas, Daniel, porque desde el primer día en que dispusiste tu corazón a entender y en humillarte delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras, y yo he venido a causa de ellas” (Dan 10, 10-12).

a) La mera palabra “cielo” no hace justicia a la realidad. El cielo es vida, paz, fuerza y alegría. Por eso, después de ser sacudido hasta las raíces de su ser, el hombre es tocado por los poderes celestiales y termina más fuerte que antes.

Esto es lo que aprendemos a través de la Sagrada Escritura. “Miren bien que Yo, sólo Yo Soy, y no hay otro dios junto a mí. Yo doy la muerte y la vida, Yo hiero, y Yo sano, y no hay nadie que libre de mi mano” (Dt 32,39). O: “Venid, volvamos al Señor, Él nos ha desgarrado, pero nos sanará; Él nos ha herido, pero vendará nuestras heridas. Después de dos días nos hará revivir; al tercer día nos resucitará para que vivamos en su presencia” (Oseas 6, 1-2). Por tanto, aplicando la regla de discernimiento del Señor: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16 y 20), vemos claramente: mientras que el diablo primero nos eleva y luego nos arroja al abismo, Dios y sus ángeles primero nos inclinan, pero solo para transformarnos en una nueva criatura y elevarnos, en última instancia, al cielo.

b) Del cielo podemos entender concretamente las personas de los santos ángeles (cf. CIC 326). Dios les confió todo el mundo por debajo de ellos, toda la creación material, así como todo el mundo espiritual-humano. Su influencia en la vida humana debería elevarnos y guiarnos a una vida virtuosa. Una vida en pecado se manifiesta en las cualidades de los siete pecados capitales (cf. CIC 1866). Analógicamente, podemos decir, la vida en gracia o unión con los santos ángeles se caracteriza por las virtudes cardinales y teologales, así como por los dones del Espíritu Santo (de hecho, por los doce frutos, enumerados por San Pablo, en la medida en que representan el más alto grado de virtud [cf. Gálatas 5,22 y CIC 1832]). Cuando elegimos la vida de pecado, continuamos en este mundo de odio, egoísmo y fea perversión para siempre; si elegimos la vida de oración y gracia con Dios, viviremos para siempre en este clima, el clima de alegría y gratitud, de compartir y de amar.   

3. Vida con los santos ángeles

Daniel nos da un ejemplo, este es un “hombre muy amado” por Dios.

a) Dios ama a todos los que vienen a este mundo. Sin embargo, él quiere la libre respuesta del hombre, la libre elección de Su amor. Daniel no solo eligió a Dios. En las circunstancias más difíciles, demostró que le había dado a Dios su preferencia absoluta. Con firme decisión puso su confianza en Dios, desdeñando las más crueles amenazas y todo respeto humano. Con su confianza en Dios, se enfrentó al Rey y a los leones, y terminó siempre como vencedor.

b) Del mismo modo, nuestra vida con los santos ángeles requiere también la opción clara, la preferencia por Dios. El Santo Padre Benedicto XVI hizo una observación que vale la pena citar aquí: Hablando a representantes de la Escuela de Música Litúrgica Católica de Ratisbona, ¡explicó una influencia recíproca entre ángeles y hombres! Él dijo:

Coram Angelis —cantamos en presencia de los ángeles. Benedicto ciertamente quería decirles a los monjes, que deben ser conscientes de que los ángeles están presentes silenciosamente en su coro, que escuchan y que la canción tiene que ser para que los ángeles puedan escucharla. Aún más: no es solo el hecho de que los ángeles están presentes y escuchan, sino que cantamos con ellos. (Ratisbona, 28 de septiembre de 2007)

El Santo Padre explica lo que quiere señalar con esto. “Debemos abrir el ‘oído del corazón’ tanto, que entendamos su canto interiormente y nos unamos a él para poder cantar con ellos”. Por supuesto, concluye el Santo Padre, “se entiende que no solo los ángeles deben ser incluidos en este canto, sino toda la Comunión de los Santos de todos los lugares y tiempos”.

c) Cuando escuchamos la descripción del Santo Padre del canto litúrgico y orante, aprendemos la verdadera forma de la oración, el hablar respetuoso con Dios con la conciencia de su presencia y santidad, y nuestra necesidad de escuchar más que hablar. Por tanto, nuestra oración debe estar marcada por el silencio interior y la apertura atenta hacia quien habla. Incluso si recitamos salmos u otras oraciones litúrgicas en nombre de la Iglesia, debemos hacerlo de manera contemplativa, escuchando por así decirlo; ¡como si Dios quisiera hablarnos a través de estas palabras en lugar de nosotros a Él! El Santo Padre nos dice que debe haber una apertura y un entendimiento recíprocos que conduzcan a la unión real y la alabanza común de Dios, dimensión a la que estamos llamados según otra orientación reciente de la Iglesia.

En el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia se dice: “La devoción a los santos ángeles da lugar a una cierta forma de vida cristiana” (Congregación del Culto Divino, DPPL: Principios y directrices, diciembre de 2001, n. 216).  

Si reflexionamos más sobre el ejemplo de Daniel y su contacto con los santos ángeles, y tomamos en serio estas instrucciones de la Iglesia, bien podemos esperar un cambio en nuestra vida,  “una cierta forma de” nuestra “vida” sacerdotal; por una vida, marcada por la conciencia de la presencia del cielo en ella: en la disposición silenciosa un hombre interior atento a la guía de los ángeles, o nuevamente, un hombre no inmerso en los bienes materiales, o atrapado en ocupaciones y amistades mundanas, sino más bien centrado en ser mediador de las cosas de Dios. Esta disposición traerá orden angelical a nuestras vidas: nos encontraremos mirando primero a la meta, la meta final, y luego eligiendo los medios apropiados, porque la meta determina la elección de los medios.

4. ¡Queridos hermanos en el sacerdocio!
No podemos entender el testimonio de Daniel sin advertir sobre la presencia de los santos ángeles en su vida. Abrámonos también a su presencia en nuestras vidas para que seamos cada vez más los sacerdotes que estén a la altura de las expectativas de nuestro Señor. Especialmente en esta cuaresma, luchemos por esta renovación espiritual y crecimiento en la caridad, que nos permitirán vivir constantemente en la presencia de Dios.